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lunes, 20 de marzo de 2017

El solipsismo solapado de Berkeley

Otro que comenzó razonando rectamente para luego desbarrancar fue el obispo Berkeley. La argumentación de Berkeley contra el materialismo filosófico que ya, en aquellas épocas, comenzaba a ganar adeptos, era, a los ojos de Bertrand Russell, “capaz y válida”, pero ¿adónde conduce un idealismo filosófico absoluto como el que él sostenía? Conduce, si hemos de ser consecuentes, al solipsismo, y esta hipótesis es tan impropia para el sentido común de los lectores, y más impropia todavía para la Iglesia a la que Berkeley pertenecía, que no tuvo más remedio que anexarle una hipótesis auxiliar bastante curiosa:

Le parece ridículo suponer que árboles y casas, montañas y ríos, el sol y la luna y las estrellas, solo existen cuando los miramos, que es lo que sugiere su primera afirmación. Piensa que debe de existir alguna permanencia en los objetos físicos, y alguna independencia con respecto a los seres humanos. Esto lo demuestra suponiendo que el árbol es realmente una idea que existe en la mente de Dios, y que, por lo tanto, continúa existiendo cuando ningún ser humano lo mira. Las consecuencias de su propia paradoja, si las aceptara francamente, le habrían parecido espantosas; pero por medio de un repentino giro, rescata la ortodoxia y algunos trozos de buen sentido (Bertrand Russell, Ensayos impopulares, p. 68, “Los motivos ulteriores de la filosofía”).

Eso pasa cuando se razona dentro del marco de una filosofía ya prefabricada como lo es la de la Iglesia. Se puede dentro de ella estirar algunos dogmas para ensanchar el espacio, pero no se pueden traspasar. Y lo mismo cuando se filosofa teniendo la precaución de no herir el sentido común de los no filosofantes. He ahí la importancia de ser un librepensador para no caer en estas trampas argumentativas.
Yo soy un solipsista que no encuentra ilógica ni disparatada ni herética esta postura, y como no tengo que rendirle cuentas a ninguna institución por las consecuencias derivadas de mis argumentos, no necesito de hipótesis auxiliares que las mitiguen.

Cabe aclarar que mi solipsismo se circunscribe al universo de los fenómenos, quedando el nóumeno a salvo de toda subjetividad, como ya lo expliqué desde un apéndice al libro cuarto de mi diario, titulado “La revancha de Berkeley”.

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