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lunes, 1 de mayo de 2017

La clave del misticismo

El astrolabio de los misterios de Dios es el amor.
Jalal-uddin Rumí

Si no nos sirven las drogas, si no nos sirve el ascetismo extremo para llegar a la visión mística, ¿cuál será la llave que nos abra de par en par las puertas del salón en donde reposan los tesoros celestiales? La respuesta la tiene el propio Aldous Huxley:

Es un hecho, confirmado y reconfirmado durante dos o tres mil años de historia religiosa, que la Realidad última no es clara e inmediatamente aprehendida sino por aquellos que se hicieron amantes, puros de corazón y pobres de espíritu (La filosofía perenne, p. 12).

El asceta podrá, si se lo propone, aprehender la Realidad última, pero no debido a su condición de asceta, sino a su condición de hombre bueno. Y lo mismo, por qué no, podría sucederle a quien ingiere mescalina. La sabiduría se alimenta del comportamiento ético, pero a su vez el comportamiento ético se alimenta de la sabiduría:

La vida de bondad, santidad y beatitud es una condición necesaria de la inspiración perpetua. Las relaciones entre acción y contemplación, ética y espiritualidad, son circulares y recíprocas. Cada una es a la vez causa y efecto (ibíd., pp. 240-1).

Y para quienes, sin llegar a ser buenos, deseamos igual conocer estos misterios, la alternativa es conocerlos de segunda mano:

Si uno mismo no es sabio ni santo, lo mejor que puede hacer, en el campo de la metafísica, es estudiar las obras de los que lo fueron y que, por haber modificado su modo de ser meramente humano, fueron capaces de una clase y una cuantía de conocimiento más que meramente humanas (ibíd., p. 13).

O ser santo uno mismo, o estudiar la vida y la obra de los que lo fueron: no hay otro secreto que nos permita descubrir los Grandes Secretos. Lo demás es fuego fatuo, pirotecnia espiritual, misticismo mal digerido y mal dirigido.

La receta es simple: ser buenos… y dormir a pata ancha.

domingo, 9 de abril de 2017

La concupiscencia del espíritu

Eso en cuanto a la mortificación del cuerpo, pero también enseña el ascetismo la mortificación del alma. Si acallar la concupiscencia de la carne no es ocupación sencilla, más complejo aún es evitar la soberbia, que es la concupiscencia del espíritu y que es mucho más dañina que la primera[1]. Para intentarlo tenemos la receta de San Juan de la Cruz:

Lo primero, procurar obrar en su desprecio y desear que todos lo hagan. Lo segundo, procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan. Lo tercero, procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todos lo hagan (Subida del monte Carmelo 1.13.9).

Pero estas reglas no parecen del todo acertadas. Sí me parece acertado desear que todos nos desprecien con sus acciones, sus palabras y sus pensamientos, pero este deseo de ningún modo debe incluirnos a nosotros mismos. La cosa es sencilla: si el objetivo es que nos creamos personas despreciables, los más bajos seres humanos que existen sobre la tierra, el camino perfecto para cumplimentar este anhelo, si somos personas decentes, es el comportamiento indecente. Yo solamente me siento un ser despreciable cuando actúo, hablo o pienso como un ser despreciable, de modo que la fórmula de San Juan de la Cruz, tomada al pie de la letra por quienes anhelan perfeccionarse espiritualmente, redundaría en un fenomenal acrecentamiento de la hijoputez. Gran ejercicio de humildad es agachar la cabeza y recibir el desprecio de los otros, de nuestra familia incluso, con mansedumbre y alegría; pero si nosotros mismos, luego de realizar las más abnegadas acciones, nos creemos indignos, es porque sospechamos que nuestras acciones no fueron en absoluto abnegadas. Si lo fueron, tenemos que sentirnos orgullosos de nosotros mismos, que este orgullo propio no es en absoluto incompatible con la humildad que debemos manifestar ante el prójimo. Si yo salvo una vida poniendo en riesgo la mía y, no obstante, al hacerlo me siento un hombre mezquino, no soy un santo, soy un orate. Desde ya que no iré por ahí narrando este suceso para que todos me feliciten, sino todo lo contrario; pero felicitarme yo mismo por lo acaecido es espiritualmente enaltecedor. Para llamarse uno mismo, como santa Teresa de Jesús, “el peor de los pecadores”, hay que pecar, pecar y no cansarse de pecar. O si no hay que ser un gran hipócrita. Ninguna de estas dos opciones me satisface[2].




[1] "Toda la filosofía y teología cristianas consideran que el orgullo es la raíz más fundamental y profunda del mal moral" (Dietrich von Hildebrand, Ética, cap. 35).  “Si bien todos los vicios nos alejan de Dios, solo la soberbia se opone a Él; (a ello se debe) la resistencia que Dios ofrece a los soberbios” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 162, a. 6).
[2] Para evitar el ensoberbecimiento de creerse uno mismo bueno, o más bueno que el resto, lo adecuado no es el autodesprecio sino la convicción de que nuestra virtud es generada por la Providencia que actúa a través de nosotros. “La soberbia es el menosprecio de Dios. Cuando alguno se atribuye las buenas acciones que ejecuta y no a Dios, ¿qué otra cosa hace más que negar a Dios?” (Teófilo, Catena Aurea). Es, pues, la creencia en el libre albedrío muy perjudicial a la hora de mantener a raya a la soberbia.

sábado, 8 de abril de 2017

El ascetismo en el mundo contemporáneo

Ya no sirve vivir para sufrir. /
Te das cuenta, sacate el mocasín. 
Charly García, No me dejan salir

Una característica insoslayable de la santidad es el ascetismo. Según la Real Academia Española, el asceta es aquella persona que, “en busca de la perfección espiritual, vive en la renuncia de lo mundano y enla disciplina de las exigencias del cuerpo”. También dice, en su segunda acepción, que un asceta es una persona que vive voluntariamente de forma austera. Acepto y apruebo estas dos definiciones y las tomo como parámetro para sugerir que ciertas conductas que describe William James en su libro, si son ascéticas, son deformaciones y exageraciones de lo que la ascesis religiosa en realidad prescribe.
Hablemos, por ejemplo, del ascetismo tal como lo entendía el teólogo y místico alemán Enrique Suso. Suso, nos cuenta James,

poseía un temperamento lleno de fuego y vida, y cuando comenzó a darse cuenta fue muy penoso para él y buscó mediante todo lo que pudo sujetar su cuerpo. Durante mucho tiempo llevó una camisa de piel rugosa y una cadena de hierro hasta que sangró y tuvo que quitársela; en secreto se hizo confeccionar ropa interior donde había tiras de piel con ciento cincuenta agujas de latón, puntiagudas y afiladas, dirigidas hacia la carne. [...] después todavía inventó algo nuevo: dos guantes de piel donde hacía adaptar un dedal lleno de tachuelas de latón muy afiladas. Se los ponía por la noche de forma que si intentaba quitarse la ropa interior durmiendo [...], las tachuelas se le clavaban en el cuerpo. Y así vivía. [...] Cuando las heridas se le curaban, al cabo de algunas semanas, se desgarraba de nuevo haciéndose nuevas heridas. Siguió con este ejercicio terrible durante siete años. [...] Suso [en su biografía] explica cómo, para emular las penas del Señor crucificado, se hizo una cruz con treinta agujas y clavos de hierro puntiagudos, la llevó sobre la espalda desnuda día y noche: La primera vez que se puso la cruz en la espalda su cuerpo se estremeció de terror y despuntó los afilados clavos contra una piedra. Pero en cuanto se arrepintió de su cobardía femenina, los afiló de nuevo con una lima y se volvió a poner sobre la espalda la cruz, haciendo que ésta le sangrara y supurara. Cuando se sentaba o agachaba parecía que tuviese una piel de erizo encima y apenas alguien le tocaba sin querer o palpaba sus ropas se desgarraba. [...] Durante el mismo tiempo, el Servidor se procuró una puerta vieja, inservible, y por la noche se acostaba sin ropa de cama que la hiciese confortable; se quitaba los zapatos y se envolvía en un abrigo recio. Tenía una almohada miserable, ya que se ponía tallos de guisantes bajo la cabeza; la cruz con los clavos enganchada a la espalda, los brazos vendados, la ropa interior de pelo de caballo encima, el abrigo demasiado pesado y la puerta demasiado dura. Así dormía [...]. En el invierno sufría mucho con las heladas, si estiraba los pies tocaban el suelo desnudo y se helaban; si los encogía, la sangre se le encendía en las piernas y le hacía sufrir grandemente. Tenía los pies completamente llagados, las piernas hidrópicas, las rodillas sangraban y supuraban, la espalda cubierta de las cicatrices de la ropa interior, su cuerpo devastado, la boca reseca por la sed y sus manos temblorosas por la fiebre. Pasaba días y noches en medio de estos tormentos [...]. Al cabo de un tiempo abandonó la penitencia de la puerta y en su lugar ocupó una celda muy pequeña usando el banco, demasiado estrecho y corto, para acostarse como si fuera una cama. Así durmió, en este agujero o en la puerta descrita durante ocho años. [...] Nunca, durante estos años, se bañó; ni siquiera un solo baño de agua o de vapor, y lo hacía para mortificar el cuerpo, que buscaba comodidades. [...] Durante un tiempo considerable intentó conseguir un grado de pureza tan elevado que no se rascaba ni tocaba parte alguna de su cuerpo excepto las manos y los pies. Les ahorro el relato de las torturas que se autoinflingía el pobre Suso con la sed. Bueno es saber que después de mortificarse cuarenta años, el Señor le dio a entender, mediante una serie de visiones, que ya había estropeado bastante al hombre natural y que debía abandonar los ejercicios (William James, Las variedades de la experiencia religiosa, tomo II, cap. XI, pp. 345-348).

Tenemos también el caso de San Pedro de Alcántara, quien

había pasado casi cuarenta años sin dormir más de una hora y media al día. De todas sus mortificaciones, esta era la que más le costaba. Para conseguirlo, siempre permanecía arrodillado o de pie. El poco sueño que se permitía lo tomaba sentado, con la cabeza reclinada en un trozo de madera clavada en la pared. Si hubiese querido tumbarse le habría sido imposible, ya que su habitación medía cuatro pies y medio de largo. Durante todos estos años nunca se puso la capucha, sin importarle ni el ardor del sol ni la fuerza de la lluvia. Nunca se puso un zapato. Llevaba un vestido de basta arpillera, sin nada más sobre la piel. [...] Era frecuente que solo comiese una vez cada tres días [...]. Su pobreza era extrema y su mortificación, incluso de joven, era tal [...] que había pasado tres años en una de las casas de su orden sin conocer a ninguno de los otros monjes; solo los conocía por el sonido de sus voces, ya que nunca levantó los ojos, y encontraba su camino siguiendo a los otros (ibíd., cap.XIV, pp. 399-400).

Es evidente que estos santos especímenes tenían por único Dios no a Jesucristo, sino al sufrimiento. Con santa Margarita María de Alacoque, la fundadora de la orden del Sagrado Corazón, finalizo esta muestra y confirmo mi conclusión:

Su amor por el dolor y el sufrimiento era insaciable [...]. Decía que podía vivir alegremente hasta el día del juicio, siempre que tuviese materia para sufrir por Dios, pero que vivir un solo día sin sufrimiento sería intolerable. Decía también que se sentía devorada por dos fiebres que no se podían mitigar, una por la santa comunión y otra por el sufrimiento, la humillación y la aniquilación. “Nada, excepto el dolor —repetía siempre en sus cartas— hace mi vida soportable” (ibíd. cap. XI, p. 348).

Me parece incontestable la idea de que morigerando los placeres del cuerpo, el espíritu se aviva y purifica, pero una cosa es disminuir los placeres sensitivos hasta el mínimo posible y otra muy distinta es procurarse los más agudos y variados dolores con el fin de alcanzar la pureza o la unión con la divinidad. El ascetismo bien entendido, pues, procura la austeridad extrema en cuanto a placeres carnales, pero nunca busca el dolor. La renuncia de lo mundano, si es renuncia real y no fingida, no puede aprobar esas prácticas de mortificación, justamente porque el dolor corporal es cosa de lo más mundana, de modo que quien lo busca, busca lo mundano, sépalo el mortificado o no lo sepa. Quien renuncia a lo mundano en favor de lo espiritual renuncia, desde luego, al placer mundano, pero también renuncia al dolor. Y si vive en la pobreza debido a esta renuncia, y esa pobreza le provoca sufrimientos y privaciones, los acepta con alegría, pero nunca busca estos sufrimientos y estas privaciones por sí mismos, porque esa búsqueda es señal inequívoca de mundanidad.
Hoy en día, dice James, “un beato Suso o un san Pedro de Alcántara, se nos presentan más bien como trágicos saltimbanquis que como hombres sensatos que nos inspiren respeto”. Suponían estos individuos que sus dolores eran bien vistos por la divinidad, pero “la noción de que Dios se deleita en el espectáculo de los sufrimientos autoinflingidos en su honor es abominable”. Así como ya no tiramos gente dentro de los volcanes para apaciguar a los dioses, tampoco nos autoflagelamos para complacerlos. Y esto es un avance, me parece, respecto de los pretéritos ascetismos. Pero el ascetismo, lo repito una y otra vez, no es esto. Esto es una exacerbación del espíritu ascético. Debido a esta exacerbación que se dio en siglos anteriores, “probablemente estarán ustedes dispuestos [...] a tratar la tendencia general del ascetismo como patológica” (pp. 399 a 401). Sería este un grave yerro. Si hay algo que necesita el mundo actual, y el mundo religioso en particular, es comportarse de modo ascético. El ascetismo ha quedado mal parado por causa de aquellos desbordes y es preciso reivindicarlo. Esa disciplina de las exigencias del cuerpo, tan necesaria para llegar a Dios y tan despreciada por los bien alimentados clérigos modernos, muy poco propensos a la renuncia y a la pobreza, esa disciplina está escondida bajo el barniz de la búsqueda desesperada del placer momentáneo que es el signo de estos tiempos. De un extremo espantoso como lo era esa apología del sufrimiento, hemos caído en el otro extremo, y el uno es tan pernicioso como el otro. Entre la ropa interior de Enrique Suso y el Livin’ la vida loca de Ricky Martin existe un espacio intermedio en el que la persona que anhela religiosidad debe situarse. Si se bandea demasiado hacia uno u otro extremo, su espiritualidad se verá seriamente contaminada.

domingo, 2 de abril de 2017

William James y la santidad con cuentagotas

En su interesante análisis sobre Las variedades de la experiencia religiosa, William James admite que la conducta de los santos es benéfica para la sociedad… siempre y cuando se limite a una pequeña cantidad de seres. “La función general de su caridad en la evolución social es vital y esencial” (tomo II, cap. XIV, p. 397), pero solamente al modo de un remedio que tomado en su justa dosis vitaliza y en exceso envenena. Si los santos proliferasen en demasía, la sociedad colapsaría:

Toda la historia del gobierno constitucional es un apéndice sobre la excelencia de resistir al mal y cuando una mejilla es golpeada devolver el golpe y no poner también la otra mejilla. [...] a pesar del Evangelio, a pesar del cuaquerismo, a pesar de Tolstoi, aceptan ustedes combatir el fuego con el fuego, matar a los usurpadores, encerrar a los ladrones y eliminar a vagabundos y estafadores (ibíd., p. 395).


O sea que lo que hacen los gobiernos, esto es, devolver mal por mal y golpe por golpe, es lo conveniente para la buena salud social en la gran mayoría de los casos, siendo el precepto de poner la otra mejilla, típico del santo, solo conveniente en raras excepciones. Es esta una opinión que yo respetaría siempre que viniera de alguien que no hace del empirismo su leitmotiv como es el caso de James. Porque James no se cansa de decir que todos sus asertos (excepto los de orden puramente lógico o matemático) están basados en la experiencia, y ¿de qué experiencia se vale para concluir que los gobiernos punitivistas prohíjan sociedades más armónicas que los gobiernos no punitivistas, siendo que estos últimos jamás han existido? Ciertamente que hay gobiernos más punitivistas que otros, y es posible que, valiéndonos del método experimental, lleguemos a demostrar que los gobiernos que más duro castigan a las personas socialmente indeseables pertenezcan a los países en que más nos gustaría vivir. Esta afirmación, ya de por sí, es temeraria, puesto que en Cuba por ejemplo, o en los países musulmanes fundamentalistas, se suele castigar el delito de manera terminante, y no creo que a muchos occidentales les agrade la idea de vivir en aquellas regiones; pero además no estamos resolviendo el problema, porque la experiencia nos ofrece siempre gobiernos más o menos punitivistas, nunca un gobierno que no castigue en absoluto, de modo que no podemos comparar, solo podemos hacer conjeturas aventuradas. Yo estoy en mi derecho de hacerlas, porque soy un conjeturador serial, pero una persona como James, empirista radical como se autodenomina, si es lógico debería callar, porque la empiria no nos ha suministrado jamás, desde la historia de las civilizaciones, el ejemplo de un pueblo repleto de santos que no odie ni castigue a quienes trastornan sus códigos morales, sino que los ame y los perdone.

jueves, 10 de abril de 2014

La tragedia de Tolstoi: no haber nacido para la santidad

Me pesa mucho esta vida mala, vacía, urbana, lujosa.
León Tolstoi, Diarios, 6/4/1895

Lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias. Sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir.
Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo [p. 18]


Tolstoi admiraba a Schopenhauer. A tal punto lo admiraba que en su antedespacho, a la derecha del retrato de Dickens, aparecía el del gran pesimista alemán. ¿Y por qué lo admiraría tanto? No lo sé a ciencia cierta. Tal vez por su estilo, imposible de no admirar; tal vez por situar a la compasión en el más alto de los rangos dentro de su sistema ético. O tal vez --y aquí se engancha mi asunto-- por tratar temas relacionados con la vida práctica y exponerlos en una tan elevada idealidad que a posteriori, cuando uno tiene que mostrar consecuencia con esos postulados para evitar la hipocresía, la cuesta arriba se hace tan empinada que resulta imposible llegar a esa cima intelectual, en donde llegó la cabeza, con los propios pies y con la propia carne. En el caso de Tolstoi, esa cima intelectual estaba dada por sus pensamientos acerca de la irresistencia al mal; en el caso de Schopenhauer, por su ideal del anonadamiento de la voluntad. Ambas ideas son harto difíciles de practicar, y ambos pensadores fracasaron rotundamente al querer trasladarlas al terreno de la propia casuística. Pero se diferenciaron en una cosa: mientras que Tolstoi vivió profundamente amargado por esta inconsecuencia entre sus áureos ideales éticos y su vulgar comportamiento, Schopenhauer, sabiendo perfectamente que su vida no se correspondía con estos ideales, no se hizo mayor problema por eso. Ahora bien; ¿quién fue más astuto en este sentido? ¿Lo fue más quién luchó toda su vida por ser un santo sin tener "pasta" para serlo, arruinando su salud y su bonhomía en este desigual combate que de todos modos perdería, ganándose así la animadversión de casi todos sus seres queridos, o fue más astuto aquel que, comprendiendo sus limitaciones prácticas, pero perfectamente consciente de su potencial teorético, no pretendió ir más allá de sus fueros y se conformó con señalar el camino en lugar de, además de señalarlo, recorrerlo?
Leo a Tolstoi desde su diario, entrada del 28/5/1896:

Hace ya varios días que lucho con mi trabajo y no avanzo. Duermo. Quería terminarlo aunque fuera en borrador, pero sencillamente no puedo [se refiere al tratado La doctrina cristiana]. Mala disposición de ánimo, agravada por la ociosidad, la miseria, la arrogancia y la fría vaciedad de la vida que me rodea.

A Tolstoi se le complica escribir. ¿Y por qué se le complica? Porque la conciencia de su hipocresía no lo deja en paz, no lo deja realizar su trabajo, no lo deja progresar en el ámbito que mejor maneja y por el cual es y será conocido y reconocido durante siglos y siglos. Mucho escribió sobre la doctrina cristiana, pero seguramente habría escrito mucho más, y con mayor profundidad, gracia y sensatez, de haber estado un poco más en paz consigo mismo al momento de escribir sobre estos magnos temas. Y digo "un poco más" y no en paz completa consigo mismo porque concuerdo con lo que nos dice Unamuno desde el epígrafe previo a este ensayo; pero una cosa es una lucha pareja, cuerpo a cuerpo, contra un adversario de similares características a las nuestras, y otra muy distinta es la lucha contra un Goliat insuperable --y sabiendo de antemano que no somos David ni tenemos su coraje. ¿Luchar por ser una persona mejor? Totalmente de acuerdo, pero esa lucha tiene que ser natural, alegre y decidida, no forzada artificiosamente. No inducida desde afuera por nuestros pensamientos acerca de lo que se debe hacer, sino excitada desde nuestros mismos deseos de hacer el bien, deseos que no se presentan como arrastrando por la fuerza a la voluntad, sino arrebatándola e integrándola, no dando lugar a indecisiones, con un impulso que, lo repito, es de alegría y no de trabada contienda[1].
Rüdiger Safranski, sobre el final de su monumental ensayo sobre Schopenhauer, nos cuenta lo que todos ya sabemos, que el mayor sueño de este pensador, su más alto ideal, fue la negación de la voluntad de vivir:

Lo soñó a base de asociar la tradición occidental de la mística con las doctrinas de la sabiduría de Oriente. Y lo hizo de un modo como nadie lo había hecho antes de él. En su vida, hubo instantes de desvanecimiento del yo, lo que él llamaba su "conscien­cia mejor", instantes que le permitieron vivir aquello de lo que, por lo demás, sólo podía hablar y escribir (Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, p. 471).

Ese fue su sueño mayor, su ideal teorético. Pero era un hombre y no un ente incorpóreo, y un hombre --como la mayoría de los escritores-- mucho más vanidoso que el promedio del común de las gentes. De ahí que cuando, ya sobre el final de su vida, pudo ser reconocido como el genial pensador y estilista que en realidad era, en lugar de entristecerse por esta potenciación de su voluntad, la disfrutó al máximo, sin interesarse por esta inconsecuencia.

Pretendía romper el "velo de Maya" con su obra y al mismo tiempo --ironía máxima-- quedó atrapado por medio de esa obra en el principio de individuación. Él, que había penetrado en ámbitos en los que todo debe quedar sin decir y sin oír, pretendía a toda costa ser escuchado.

He ahí la gran diferencia: mientras que Tolstoi quiso imitar a su héroe, a Jesús, a como dé lugar (sin lograrlo, por supuesto), Schopenhauer nunca quiso imitar a Buda, a pesar de su admiración por él. "Soporta con dificultad --comenta Safranski-- el muro de silencio que le rodea. Exige respuesta y acecha los sig­nos de aplauso: cuando éstos se convierten en estruendo, puede morir ya". Y muere a pesar suyo; si por él fuera, habría vivido muchos años más en esas condiciones, arropado por la gloria, acariciado por la fama. Se murió en el momento en que más deseoso estaba de vivir. Muy pocas veces le pasó por la cabeza, en esos últimos tiempos menos pero en el resto de su vida no fue tan distinto, pocas veces le pasó por la cabeza seriamente la idea de anonadar su voluntad de vivir. Como dijo Ramón de Campoamor en una de sus humoradas:

Vive con la manía
de maldecir de su feliz estrella,
y cual buen pesimista en teoría,
le va en la vida bien y habla mal de ella.

Y le fue muy bien, cada vez mejor, lo cual contradecía su doctrina. Es decir, no refutaba su comportamiento su doctrina, la cual afirmaba que al ser la compasión dolorosa, y al ser los individuos compasivos los seres más elevados moralmente que puedan existir en este mundo, la calidad moral de una persona y el dolor espiritual experimentado correrían necesariamente parejos. Pero Schopenhauer no experimentaba grandes dolores espirituales; muy por el contrario. Esto indicaba no que su doctrina era falsa, sino que él no estaba a su altura, a la altura de su doctrina, que era una persona de mediocres miras morales en el sentido práctico del término. Esto era precisamente lo que le costaba admitir a Tolstoi y lo que lo llevó a la gran tragedia que fue su vida, sobre todo en sus últimos años; pero a Schopenhauer esta constatación nunca le produjo gran zozobra. Tenía bien claro cuál era su papel en el mundo, y gracias a eso pudo explotar al máximo su potencial como escritor y pensador. Pudo plasmar con continuidad y máxima dedicación lo que ahora nosotros, sus admiradores, disfrutamos y agradecemos.
Schopenhauer, se despacha Safranski,

no fue un Buda, y por suerte para él, no se forzó a querer serlo. Rehuyó juiciosamente la tragedia que consiste en tratar de vivir de acuerdo con las propias inspiraciones e intuicio­nes. Schopenhauer no se confundió consigo mismo. Intuiciones o inspiraciones de evidencia y fuerza determinadas son algo vivo que pasa a través de nosotros. Se trata de un acontecimiento anónimo que no puede ser apresado en el yo. Y cuando se pretende hacer esto, sólo sale de allí una escenificación, algo forzado; lo vivo se enmohece y uno, aunque no se dé cuenta, se hunde en el abismo. No, las cosas no salen bien cuando uno intenta a toda costa seguir la propia palabra inspirada, "realizarla", "establecerla", "apropiársela". Al propio yo hay que dejarlo ser. El secreto de la creatividad está en dejarlo suelto y no en apropiárselo.
[...]Él no se torturó tratando de hacer coincidir las dos vidas. Con ello, hizo probablemente un favor a ambas, a su "productividad" y a la "vida ordinaria".

Tolstoi quiso aplicar sus pensamientos a su propia vida, pero al ser estos pensamientos tan ajenos a su yo individual, el fracaso era inevitable. Ya lo dijo el propio Tolstoi: "A través de mí ha hablado la fuerza divina [...]. Tuve momentos en los que sentí que me convertía en el transmisor de la voluntad divina" (27/3/1895). La voluntad divina hablaba por él, y hablaba, como corresponde, divinamente. El problema era que la voluntad divina solo hablaba a través de él, pero se negaba a operar a través de él, tal como opera, y no puede dejar de operar, a través de los santos. Y así como sería necio exigirles a los santos que, además de hacer el bien, se dediquen a desarrollar un tratado acerca de lo que el bien significa, también parece necio exigirles a los pensadores que hayan llegado a las alturas a las que llegaron Tolstoi y Schopenhauer, exigirles que se comporten santamente; eso es a todas luces un exceso. Podrá exigírseles, en todo caso, una cierta correspondencia entre sus pensamientos y sus acciones, pero nunca una correspondencia total, porque entonces sucederá lo que casi siempre sucede con los eticistas de baja estopa: si el pensador no puede subir con sus acciones hasta su ideal teorético, y se le exige consecuencia absoluta, necesariamente bajará su ideal teorético hasta una altura conveniente, hasta donde sus manos puedan asirlo, y el ideal se desvanece como tal. Tolstoi fue demasiado grande como para cometer este delito de lesa conceptualidad, pero no fue a la vez lo suficientemente realista como para comprender que no estaba destinado a la santidad ni mucho menos. Porque es así: cada cual está destinado a ser algo en la vida, predestinado mejor dicho, y es inútil luchar contra esta predestinación. Seguramente Tolstoi suponía que con un poco de esfuerzo, o mejor aún, con un tremendo esfuerzo, cualquier hijo de vecino podría convertirse en santo. Craso error. Pintar el cuadro de la santidad, describirla pormenorizadamente, diferenciarla de otras falsas santidades, confirmar su existencia desde luego (puesto que hay gente que niega que la santidad exista o pueda perseguirse), son todos éstos méritos indiscutidos y de un valor inconmensurable que nos ha obsequiado este formidable león ruso a través de su pluma. Agregarle a eso, como si fuera poco, el obsequio de la santidad hecha y derecha, habría sido demasiado, y me parece ya ver un si es no es de soberbia en esa pretensión de serlo todo, de ser el hombre ideal, el escritor ideal, el padre ideal, el esposo ideal. Ni siquiera llegó a ser el pensador ideal. Estuvo, si a mí me lo preguntan, muy cerca de serlo, y de cierto os digo que no encuentro a nadie que haya interpretado a la ética perenne de un modo más acabado que como él la entendió; pero algo le faltó para ser el eticista ideal. Le faltó, tal vez, estar un poco más en paz consigo mismo. Es lo que a mí también me falta, y lo que trataré de solucionar de aquí en adelante para no caer en las garras de la desesperación tal como caía tan frecuentemente mi admirado y querido conde Tolstoi.





[1] En todo caso, la lucha interior entre lo que sentimos y lo que pensamos que debemos hacer difícilmente desaparece de la escena, pero los roles se invierten: la opción correcta sería la que nuestra voluntad nos muestra, lo que deseamos hacer, y no la que nuestra razón nos indica como "el deber" a cumplimentar, sintiendo nuestro espíritu desgano y repulsión ante tal idea que parece pura en la teoría (ver a este respecto la entrada del 8/6/7).

viernes, 14 de septiembre de 2012

La conversión de Oscar Wilde (parte I)


Oscar Wilde, respondiéndole a un amigo (André Gide) sobre el porqué de su viaje hacia Argelia:

¡Oh!, es que ahora huyo de la obra artística. No quiero adorar más que el sol... ¿Se ha fijado como el sol detesta el pensamiento, lo rechaza siempre, y hace que se refugié en la sombra? Vivía al principio en Egipto: el sol ha conquistado el Egipto. Mucho tiempo vivió en Grecia: el sol ha conquistado la Grecia, después la Italia, luego la Francia. Ahora el pensamiento se haya repelido a Noruega y Rusia, que no son tierras solares. El sol tiene celos de la obra de arte.

No es que tenga celos, es que el sol está más allá de toda ciencia y arte, y por eso es incompatible con ellas. Pero el verdadero científico y el verdadero artista necesitan, sin embargo, adorar al sol: él es el recreo del espíritu, y como buen recreo, es también su inspiración.
Sigue la conversación citada por Gide en De Profundis, pp. 25-6:

Los escritores rusos son extraordinarios. Lo que hace tan grandes sus libros, es la piedad que en ellos han puesto. [...] la piedad es el lado por donde una obra se halla abierta, por donde parece infinita... ¿no sabe, dear, que es la piedad la que me ha vedado matarme? ¡Oh! En los seis primeros meses [de presidio] fui terriblemente desgraciado; tan desgraciado que quería matarme; pero lo que me impidió hacerlo fue la vista de los otros, ver que eran tan desdichados como yo, y tener piedad. [...] la piedad es una cosa admirable; ¡y yo no la conocía! [...] ¿Acaso usted ha comprendido bien cuán admirable cosa es la piedad? En cuanto a mí, todas las noches le doy gracias a Dios --sí, de rodillas, le doy gracias a Dios por habérmela revelado. Pues yo entré a la cárcel con un corazón de piedra y sin pensar más que en el propio deleite, pero ahora mi corazón está destrozado enteramente; ha entrado la piedad en mi corazón; ahora he comprendido que la piedad es lo más grande, lo más hermoso que hay en el mundo... Y de ahí que puedo no malquerer a los que me han condenado, ni a nadie, pues, sin ellos, no habría conocido todo esto. --B... me escribe unas cartas terribles; me dice que no me comprende; que no se explica que yo no malquiera a todos; que todos no sean odiosos para mí... No, que no me comprende, no puede comprenderme. Pero yo le repito en todas las cartas: no podemos seguir por el mismo camino; él tiene el suyo muy brillante; yo, el mío. El suyo es el de Alcibíades; el mío ahora es el de San Francisco de Asís... ¿Conoce a San Francisco de Asís? ¡Aoh! ¡Admirable! ¡Admirable! ¿Quiere hacerme un gran servicio? Mándeme la mejor vida de San Francisco que conozca...

La vida prepresidiaria de Wilde fue un calco de la vida prepresidiaria de San Francisco. Y como el joven Francisco, Wilde comenzó a ver claro el mundo desde la soledad de su encierro. La diferencia está en que Wilde murió poco tiempo después de recobrar la libertad. ¡Triste reconocimiento el que se le tributa hoy! ¡Sólo se lo tiene por un escritor talentoso, cuando su destino era el de ser un santo!