Vistas de página en total

jueves, 21 de agosto de 2014

La improbabilidad del consenso entre los pensadores filosóficos

Acabo de terminar la lectura de una serie de ensayos escritos por Giovanni Papini entre 1905 y 1911 y reunidos en un pequeño libro que dio en llamarse Pragmatismo. La colección es bastante desdeñable según mi criterio, pero existen, aquí y allá, algunas perlas del talento y la clarividencia que años más tarde sabrían adornar el estilo y las ideas del italiano. En una de estas perlas --que es la que rescataré para este momento-- se critica la postura del cientificista que desechando de su área de incumbencia los problemas irresolubles a través del método empírico, endilgándoselos a la filosofía, se queja luego de que los pensadores filosóficos divagan, cada uno en su mundo, y no se ponen nunca de acuerdo entre sí:


Cada ciencia o serie de ciencias, investigando los principios o las explicaciones más generales, hace surgir problemas abstractos, subordinados, más que cualquiera de los otros, a la multiplicidad de las soluciones en razón de su misma generalidad y por la enorme dificultad en aplicar a ellos el control de las experiencias particulares. Mientras las ciencias formaban un todo indiscriminado junto con la filosofía, estos problemas eran padecidos tanto por científicos como por filósofos, pero con el correr del tiempo cada ciencia ha elaborado una parte de sí misma y ha buscado eliminar los denominados problemas últimos, incluso aquellos que surgían de lo que constituía su propia materia, para desarrollar y asegurar la parte más particular y positiva que mejor se prestaba al trabajo asociado y a las aplicaciones prácticas. De esta manera ocurrió que los problemas generales desechados por las ciencias [...] fueron llamados filosóficos por antonomasia y abandonados casi exclusivamente a la reflexión de los filósofos. Ocurrió entonces en torno a la filosofía la concentración de todos aquellos problemas por naturaleza sujetos a la duda y a la opinión personal, dado que son más difícilmente discernibles por el resultado que cada uno ve. Sería lo mismo que si deportaran a una única ciudad a todos los borrachines de un pueblo y luego se la despreciara y burlase de ella por su alto alcoholismo. Cuando una cuestión parecía oscura e interminable por el cálculo o la experiencia se decía: ¡es una cuestión filosófica! Después de esto lamentar la discordia de los filósofos, chivos expiatorios de las dificultades de todos los hombres, es la más perversa ingratitud que haya nacido del más vicioso de los círculos (Giovanni Papini, Pragmatismo, capítulo XI, "Las verdades por la Verdad").

miércoles, 6 de agosto de 2014

Luces y sombras en Spinoza

Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: “Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascrito por él." 
Texto de la excomunión sufrida por Spinoza, publicado por la comunidad judía el 27 de julio de 1656, citado por Carl Gebhardt en Spinoza, pp. 38-9

Así como la Iglesia Católica, después de más de tres siglos, "absolvió" a Galileo de su "herejía", así también deberían reconocer los judíos que con Spinoza le pifiaron fiero[1].

[Spinoza] dio a su doctrina la forma demostrativa de la matemática, porque esta es la que expresa con más perfección el carácter impersonal de la verdad. Que Spinoza era un gran escritor que podía expresar su pensamiento con todo el poder del lenguaje lo demuestran las notas y los apéndices de su Ética, lo mismo que muchas de sus cartas y, sobre todo, su Tratado teológico-político. Pero él no quería actuar por la forma, sino solamente por la verdad.
Gebhardt, ibíd., p. 104

La verdad no tiene por qué ser aburrida: la estética es una de las partes fundamentales de la filosofía. Si nos concentramos sólo en el contenido y despreciamos la forma, obtendremos verdades del tipo "uno más uno es dos", pero no más de ahí pasaremos. Tal vez en el futuro las verdades más trascendentes puedan ser comprendidas mediante fórmulas matemáticas, pero en el presente necesitamos del lenguaje para descubrirlas y para transmitirlas, y cuanto más rico sea ese lenguaje, mejor percibidas serán esas verdades. Los pensadores suelen desdeñar la retórica, pero creo que lo hacen más por impotencia que por convicción, como si los ciegos impulsasen una campaña en contra del abuso televisivo. Si la misión del escritor pensante pasa por masificar sus verdades, deberá darle tanta prioridad al envoltorio como a las verdades mismas, ya que la verdad desnuda es hoy invisible a nuestros sentidos.

Una apariencia sucia y descuidada no nos transforma en Sabios.
Ibíd., de. 107

No todos los que descuidan su apariencia son sabios, pero todos los sabios descuidan su apariencia.

Nuestra capacidad cognoscitiva está en la misma relación con la plenitud de Dios, que la cifra 2 con el infinito.
Ibíd., p. 130

Eso es porque aún no salimos del segundo milenio. En el tercero, habrá un avance significativo: llegaremos a la cifra 3.

El hombre no puede ser concebido como Estado dentro del Estado, sino como ser natural entre otros seres naturales. Lo que rige para unos rige también para los otros. Por eso el reino de la moralidad no puede separarse del reino de la naturaleza, ni someterse a leyes propias y de otra especie. La unidad de la naturaleza fundada en Dios exige que todo sea regido por las mismas leyes. [...] Esto muestra hasta la evidencia que la esencia de la filosofía de Spinoza es el dinamismo. Sería interpretar equivocadamente la peculiaridad de su sistema considerarlo como un voluntarismo, pues para Spinoza voluntad y entendimiento forman una unidad indivisible. Pero voluntad y entendimiento son expresión de esa fuerza que aparece en el hombre y en todas las cosas como impulso de auto-afirmación y que lleva a la teoría de que los deseos del hombre son la esencialidad misma. Este impulso de realizar su ser que yace en lo más profundo del hombre, no es negado sino afirmado por la ética de la inmanencia. Según Spinoza virtud y poder son idénticos. Pero entonces la misión de la ética sólo puede consistir en señalar el recto camino que permite al hombre realizar su esencia.
Ibíd., pp. 142-3

Señalar el camino y persuadir a los hombres de que lo sigan, pero nunca obligándolos a caminar mediante decretos o mandamientos.

Ver en Spinoza sólo al consecuente partidario del determinismo científico, indispensable para el conocimiento moderno de la naturaleza, es olvidar que Spinoza es también el creador del concepto ético moderno de la libertad, de la libertad inmanente. Ya en la teoría de la divinidad queda señalado que la libertad no consiste en el libre albedrío de obrar a capricho, porque todo albedrío dispara el mecanismo natural de la motivación; en realidad, libertad y necesidad son coincidentes. No hay oposición entre libertad y necesidad, sino entre libertad y coerción. Esclavo es el que obra determinado por causas externas, libre el que sólo obra según su propia ley.
Ibíd., p. 144

Tengo motivos para ser determinista, y son esos motivos los que precisamente me determinan a ser determinista. Los albedristas que tienen motivos para serlo, sólo por tener motivos ya los abandona la lógica: su albedrismo está predeterminado. Un albedrista coherente no puede jactarse de tener motivos que apoyen su idea. Podrá decir que la idea del libre albedrío no le nació racionalmente sino intuitivamente, pero es lo mismo: está determinada por un presentimiento. Sostener esta idea, según intuyo, es algo así como hablar de la blancura del color negro.

Spinoza rechaza todos los expedientes morales ajenos a la pura actividad del hombre, no sólo la esperanza y el miedo, que crean una moral de esclavos, sino también la compasión y el arrepentimiento; el sentimentalismo no es un afecto activo, sino pasivo y, por tanto, inmoral de suyo.
Ibíd., p. 147

Pero Spinoza, ¿estaba completamente seguro de que sus ideas eran verdaderas? Si lo estaba, era un dogmático, con lo que me admiración por él decrecería significativamente. Y si no lo estaba, entonces decía lo que decía porque se tenía fe, porque tenía la esperanza de que sus pensamientos coincidiesen en algún grado con la verdad inmutable. El espíritu del hombre sólo puede manifestar tres estados: desesperanza, esperanza y seguridad. La desesperanza es incompatible con la vida: quien vive desesperanzado, a la larga se aniquila. La esperanza es compatible con la vida y con el deseo de felicidad, que es lo que más se aproxima, de todo lo que conocemos, a lo que es la felicidad en sí misma. Por último, el estado de seguridad es compatible con la vida, pero sólo dos clases de seres están seguros de lo que piensan: los seres perfectos y los orates. Y como estoy persuadido de que Spinoza no era ni lo uno ni lo otro, tomaré su rechazo a la esperanza sólo en el sentido de una esperanza celestial como la que pregona la Iglesia, pero no en el sentido completo del término, que para mí significa el creer en algo que no está plenamente demostrado como verdad, o el creer, al menos mínimamente, que nuestro futuro, por uno u otro motivo, está sembrado de placeres. Yo estoy seguro de que el teorema de Pitágoras es verdadero, pero si me preguntan si el alma humana tiende a la felicidad, sólo pudo contestar que tengo la esperanza de que así sea, esperanza futura sin la cual es imposible la felicidad presente.
Respecto de los sentimientos de compasión y arrepentimiento, tratemos de no meterlos en la misma bolsa. El arrepentimiento es hijo de la ignorancia, del total desconocimiento o negación de la hipótesis determinista, que incluso si no fuese cierta en forma radical, inexorablemente se comunica con la herencia y la educación y por lo tanto nos hace ver que, si somos culpables de algo, lo somos en grado mínimo. Este sentimiento, por estar ligado a la ignorancia, es por supuesto inmoral; pero el sentimiento de compasión no está ligado a ninguna ignorancia: aparece y ya. Es cierto que aparece debido a causas externas, a saber, el percibir el dolor ajeno, y que por eso podría merecer el calificativo de "afecto pasivo"; pero digo yo, ¿no era que en la filosofía de Spinoza todos los seres compartían la misma sustancia? Si es así, yo siento el dolor ajeno como algo inherente a mi misma esencia, y entonces esta sensación es tan interna como la que más: es un afecto activo. Y después está la prueba del amor: pongo a dos hombres frente un pequeño gatito y comienzo a cuerearlo vivo valiéndome de una yilet. El primero, un estoico, corre a salvarlo "por obligación moral", sin experimentar emoción alguna. El segundo, en cambio, se me acerca sudoroso, temblando y con los ojos bañados en lágrimas, aunque sin cólera. El primero lo salva por precepto, porque su código de conducta, previamente delineado, así lo establece. El segundo lo salva porque su corazón se lo implora, no por sentirse obligado a ello. Ahora quiero que alguien me aclare cuál de los dos fue arrebatado por un afecto activo y cual por un afecto pasivo, porque se me hace muy difícil creer que no inmutarse ante la tortura de otro es algo activo y algo moral. Más bien parece todo lo contrario[2].



[1] (Nota añadida el 8/11/3.) Trascendieron algunos detalles --que cada quien puede creer o no-- de lo que aconteció en esa histórica ceremonia: "Por fin había llegado el día de la excomunión, reuniéndose enorme gentío para asistir al lúgubre acto. Éste empezó encendiéndose [...] una serie de velas negras, y abriéndose el arca sagrada que guarda los libros de la ley mosaica. De esta forma se incitó la fantasía de los creyentes para todo el horror de la escena. El gran rabino, antiguamente amigo y preceptor, ahora el enemigo más mortal del reo, tuvo que ejecutar la sentencia. Quedó de pie, conmovido por el dolor, pero inflexible. El pueblo le observó consuma expectación. Desde lo alto canturreó en melancólicas voces el cantor las palabras de la execración, mientras que desde el otro lado se mezclaban con estas maldiciones los sonidos penetrantes de una trompeta. Ahora se inclinaban las velas negras cayendo la cera derretida gota por gota en un gran recipiente lleno de sangre (Lewes, Historia biográfica de la filosofía, citado por Henry Ford en El judío internacional, de. 142). Según Ford, antes de excomulgarlo "se le ofreció al joven Spinoza la suma de mil florines al año, si se callaba con sus convicciones, asistiendo de vez en cuando al culto en la sinagoga. Spinoza la rehusó indignado, resolviendo a ganarse el sostén de su vida pulimentando lentes para instrumentos ópticos". Por último, una paradoja: el nombre de pila del maldito Spinoza era Baruch, que significa bendito...
[2] (nota añadida el 31/5/3.) Spinoza, como buen estoico, rechazaba el sentimiento de compasión por considerarlo inmoral y afeminador del carácter del hombre virtuoso. Sin embargo, ¿qué es un estoico? Un estoico es un cínico socializado, o más bien un cínico que ha claudicado y ha perdido buena parte de su autarquía. Es --digámoslo con toda las letras-- un cínico degenerado. Pues bien: ¿alguien podría juzgar a Diógenes, Antístenes o Crates como seres afeminados? No lo creo; y es el caso que estos monumentales señores, si hemos de darle la razón al filólogo austríaco Theodor Gomperz, profesaban "una calurosa compasión hacia los desventurados y oprimidos" (Pensadores griegos, libro 4º, cap. VII, parág. 7). Si así era, si los cínicos eran compasivos en el sentido propio del término, no limitándose a ir en auxilio de los desvalidos por puro deber, sin emocionarse durante el proceso..., si así era, digo, ya tenemos un nuevo motivo para gritarle a Spinoza y a todos los estoicos --y que me perdone Epicteto--, para gritarles este merecido insulto: ¡Degenerados!

domingo, 27 de julio de 2014

La verdadera grandeza de León Tolstoi

No puedo compartir la ilusión temporal de algunos amigos míos que parecen estar seguros de que mis obras deberán ocupar un lugar en la literatura rusa.
León Tolstoi, Correspondencia, carta a William Ralston del 27 de octubre de 1878

Se lo conoce a Tolstoi, fundamentalmente, por dos de sus obras: Guerra y paz y Ana Karenina. Según la Wikipedia, Guerra y paz "es una de las obras cumbres de la literatura rusa y sin lugar a dudas de la literatura universal", pero Tolstoi no compartía esta opinión. En una carta fechada el 6/1/1871 dirigida a su amigo Afanasi Fet, se lee:

Ya no estoy escribiendo y nunca más volveré a escribir prolijas paparruchas del tipo Guerra y paz. Acepto mi culpa, y juro que no volveré a hacerlo nunca más (Correspondencia, p. 312).

Más tarde confirma este juicio --o mejor dicho lo potencia-- desde una carta dirigida a Alexandra Tolstaia que data de finales de enero o principios de febrero de 1873:

No piense que no fui sincero cuando le dije que en este momento Guerra y paz me resulta repugnante. Hace unos días tuve que echarle una mirada para decidir si debo hacer o no correcciones para la nueva edición, y soy incapaz de transmitirle el arrepentimiento y la vergüenza que sentí al revisar muchos de los pasajes. Era un sentimiento semejante al que experimenta una persona cuando ve las huellas de una orgía en la que participó (ibíd., p. 336).

Y sobre el final de su vida, cuando lo único que le interesaba era la propagación de la ética cristiana, asienta en su diario:

Personas que deberían odiarme porque destruyo sus puntos de vista cuasi religiosos, me aman por tonterías como Guerra y paz, etcétera, que consideran muy importantes (6/12/1908).

Con Ana Karenina sucedió algo parecido, o peor, porque no había culminado de concebirla cuando ya comenzó a detestarla:

... Ahora me voy a poner a la aburrida y trivial Ana Karenina y le ruego a Dios que me conceda la fuerza que necesito para sacármela de encima lo más rápidamente posible para liberar el espacio: me hace mucha falta el tiempo libre, no para dedicarme a mis tareas pedagógicas, sino a otras, por las que me siento todavía más atraído. [...] ¡Dios mío, si alguien pudiera terminar Ana Karenina por mí! Me resulta insoportablemente repulsiva (cartas a Nikolái Strájov del 25/8 y 8/11/1875; Correspondencia, pp. 362 y 365).


Las otras tareas, para las cuales requería Tolstoi mayor tiempo libre, eran sus escritos religiosos. Su tarea evangélica comenzaría en noviembre de 1875 con un ensayo sobre el significado de la religión y terminaría 35 años después, junto con su vida. Por eso despreció y renegó de estas dos novelas, porque no había en ellas moraleja ni mensaje religioso, ni mucho menos cristianismo primitivo. Todo lo que no fuese difundir el mensaje de Jesús, de Jesús y de tantos otros que lo precedieron y lo sucedieron, el mensaje de la no violencia y de la irresistencia al mal, le fue pareciendo Tolstoi, con el correr de los años, cosa sin importancia, paparrucha. Muchos otros, sin dudas la mayoría en este momento, opinan lo contrario. Alejandro Dolina por ejemplo, entiende que Tolstoi ha sido grande, uno de los más grandes escritores que jamás hayan existido, por haber escrito fundamentalmente Guerra y paz y Ana Karenina. Dice que como escritor ha sido un gigante, pero lo tiene en poca estima en cuanto a su rol de pensador filosófico y divulgador religioso. Yo no soy capaz de criticar a Tolstoi en tanto escritor porque no he leído ninguna de estas dos obras que, se supone, constituyen la cima de su genio y su talento; pero sí soy capaz de criticar al otro Tolstoi, al que no se detenía en paparruchas, y lo juzgo genial y talentoso, no por la forma, que es excelente desde luego, sino por el fondo, por el poso de verdad que mora debajo de su prístino licor, bebida vieja elaborada en un nuevo alambique ruso y no apta para paladares groseros. Los paladares groseros, frente a una banana, siempre se comportarán desechando el fruto y comiéndose la cáscara. No digo que leer Guerra y paz o Ana Karenina constituya una experiencia similar a deglutir una cáscara de banana; digo que dedicarles tiempo a estas obras en lugar de dedicárselo a los ensayos y los artículos posteriores de Tolstoi es algo parecido a despreciar una fruta madura, la más dulce y nutritiva fruta, con la excusa de que la cáscara es más colorida y aromática. ¡Que les aproveche, ordinarios comensales! Y cuidado con las consecuencias, con la metabolización del producto, porque tal vez no sea una cáscara de banana, sino de nuez o de almendra, lo que ingieren para matar el hambre. Desechen el fruto y riéguenlo a su paso, así quedará más para nosotros, para los que no nos deslumbramos con el exterior sino con el más interior de los alimentos.

sábado, 26 de julio de 2014

Tolstoi misógino

 Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho.
Pilar Primo de Rivera

Zoe. --Solo quiero preguntarle una cosa: ¿cómo hace para escribir tan bien sobre las mujeres? 
Melvin. -- Pienso en un hombre y le quito la razón y la responsabilidad.

 Jack Nicholson como Melvin Udall en Mejor... imposible

La misoginia de Tolstoi era proverbial. He aquí un muestreo que lo certifica:

... Y de pronto me quedó claro cómo y por qué las mujeres son fuertes. Por su frialdad y por su capacidad de mentira, de astucia, de adulación de las que, debido a la debilidad de su pensamiento, no son responsables (Diarios, 31/8/1884).

El reino de las mujeres es una desgracia. Nadie es capaz como las mujeres [...] de hacer tonterías y suciedades de una manera pulcra y hasta gentil y sentirse plenamente satisfechas (3/3/1889).

Una buena vida conyugal solo es posible si la mujer tiene la convicción consciente [...] de someterse siempre a su marido (5/8/1895).

Desde hace setenta años mi opinión sobre las mujeres no hace sino bajar, y es necesario que baje más y más todavía. ¡La cuestión femenina! ¡Por supuesto que hay una cuestión femenina! Solo que no es para que las mujeres se pongan a dirigir la vida, sino para que dejen de arruinarla (20/11/1899).

Las mujeres tienen dos únicos sentimientos: el amor por los hombres y el amor por los hijos; lo demás son sentimientos que se derivan de estos, como el amor a la ropa fina pensando en los hombres y el amor al dinero pensando en los hijos. Todo el resto es cerebral, es imitación de los hombres, son medios para atraerlos, fingimiento, moda (19/3/1901).

La compañía de las mujeres es útil porque puedes ver que no debes ser como ellas (2/8/1909).


Una persona con una visión cristiana del mundo no puede aceptar, se sobrentiende, que solo se le adjudiquen derechos a los hombres o que no se respete o se ame a una mujer como un ser humano cualquiera, pero afirmar que la mujer tiene las mismas fuerzas espirituales que el hombre, afirmar sobre todo que la mujer puede guiarse por la razón como el hombre, que puede confiar en la razón tanto como él, es exigir de la mujer aquello que no puede dar. No hablo de las excepciones, estoy hablando de la mujer media y del hombre medio. Inútil exasperarse con ella ante la suposición de que no quiere hacer aquello de lo que es incapaz, para lo que su razón no tiene el imperativo categórico (Correspondencia, carta a Alexandr Dunáiev, junio de 1891).

En esta cuestión --en la misoginia--, Tolstoi ha superado a todos, a Schopenhauer inclusive. Lo que hay que responder ahora es si tienen o no visos de certeza todas estas declamaciones. Y sí, creo que algunas lo tienen, pero Tolstoi exagera hasta el infinito algunos de los defectos del sexo débil, al punto de que pareciera que lo culpara de casi todos los males que en la tierra existen. ¿Y por qué habrá sido que les tomó a las mujeres, en su conjunto, tanta ojeriza? Una mujer, la mujer a la que más odió y a la que más amó, cree tener la respuesta:

Me quedé de piedra con lo que me dijo ayer L. N. sobre la cuestión de la mujer. Proclamó, como siempre, que estaba en contra de la emancipación femenina y de la llamada "igualdad de derechos", pero fue más allá y afirmó que, al margen del trabajo al que la mujer pueda dedicarse --la enseñanza, la medicina, el arte--, ellas solo servían realmente para una cosa, y esa cosa era el sexo. [...] Esto me produjo una enorme indignación, y le recriminé esa actitud de perpetuo cinismo ante la mujer, que tanto me ha hecho sufrir. Le dije que la razón de que viera así a las mujeres era que no había tratado con una sola mujer decente antes de los treinta y cuatro años (Sofía Tolstoi, Diarios (1862-1919), 18/2/1898).


O, más plausiblemente, podría decirse que creció sin el calor de una madre amorosa y esa falta de amor en sus primeros instantes de conciencia plena puede que haya redundado en un resentimiento hacia todas las mujeres. He aquí otro de los puntos flojos de Tolstoi, un prejuicio psicológico que obstruye su capacidad de análisis crítico, prejuicio que, pese a que no pocos me tacharán también a mí de misógino, yo no poseo, seguramente porque tuve la suerte de crecer hasta los 32 años bajo el cuidado y el amor de mi querida madre.

viernes, 25 de julio de 2014

León Tolstoi y su esposa: ¿quién era el bueno y quién el malo?

Su carácter empeora día con día, [...] su injusticia y su sereno egoísmo me asustan y me atormentan.
León Tolstoi, Diarios, 5/8/1863

En la procelosa relación entre Sofía Tolstoi y su marido, ¿quién era el bueno y quién el malo? Yo estoy decididamente del lado de León, pero démosle algo de crédito a su esposa, prestémosles atención a sus palabras, a su alegato:

Todo me resulta muy difícil. Como la abrumadora indiferencia que hace mucho me muestra mi marido, que carga todo sobre mis espaldas, absolutamente todo sin excepción: los hijos, la hacienda, las relaciones con la gente y los negocios, la casa, los libros; y que por todo me desprecia con una indiferencia egoísta y crítica. ¿Y qué es de su vida? Pasea, monta a caballo, escribe un poco, vive donde y como quiere y no hace absolutamente nada por su familia, sin dejar de beneficiarse de todo: de los servicios de sus hijas, de una vida confortable, de la adulación de la gente y de mi sumisión y mi trabajo. Y luego está la fama, la insaciable fama, por la cual ha hecho siempre todo lo que ha podido, y sigue haciéndolo. Solo las personas sin corazón son capaces de llevar semejante vida (Sofía Tolstoi, Diarios (1862-1919), 4/8/1894).

Lo acusa de no tener corazón, o peor aún, de ser una persona dominada por el diablo:

Los malos espíritus se han adueñado del hombre al que amo, pero él no se da cuenta. Su influencia es perniciosa: destruye al hijo, destruye también a las hijas y destruye a todos los que entran en contacto con él (ibíd., 5/11/1893).

Sin dudas habrá sido Tolstoi un hombre difícil de llevar, hipócrita en grado sumo y para nada santo; pero de ahí a ser diabólico...[1] Me quedo con la idea de que fue un hombre bueno, aunque no tan bueno como cabría esperarse de alguien con semejantes ideales, y que su esposa jamás supo ver lo verdaderamente bueno que había en él, que no era tanto su corazón, sino su cabeza. Sí, se puede ser bueno de cabeza y no tanto de corazón; se puede hacer el bien pensando que se hace el bien, pero sin sentirlo como bien, que no por eso dejará de llamarse bien. Lo acusa en innumerables ocasiones de no trabajar por convicción, sino por vanidad[2]. Sea de esto lo que fuere, el hecho es que hacía cosas, y cosas para el bien de la humanidad, y eso ya es mucho más de lo que hizo ella, que tampoco, es menester aclararlo, era una bruja como a veces Tolstoi la pinta, pero que se esforzó para no comprender y para despreciar los ideales de su marido, es decir, los ideales cristianos. En definitiva, no creo que haya un bueno absoluto y un malo absoluto en esta historia, pero me parece que Tolstoi, pese a todos sus defectos, merecía una compañera menos egoísta que la que le tocó en suerte.




[1] Años después, en su autobiografía, la condesa Tolstoi se arrepintió de haber escrito esas palabras en su diario. Fue algo "demente", dijo.
[2] En esto el propio Tolstoi concuerda con el dictamen de su esposa: "Me aflige no encontrar en mi vida la oportunidad para realizar una actividad que me dé la certeza absoluta de que no estoy siendo manejado por el deseo de la gloria humana" (Diarios, 29/12/1906).

jueves, 24 de julio de 2014

Publicar solo posmorten

"La abundancia de escritos es una calamidad", dice Tolstoi. Coincido. Y prosigue: "Para escapar a ella, hay que establecer la costumbre de avergonzarse de publicar en vida: solo después de la muerte. ¡Cuánto sedimento se asentaría y qué agua tan pura correría!" (Diarios, 28/2/1889). Esta regla --que, para variar, Tolstoi nunca siguió-- me parece inteligente y ética en grado sumo: echa por tierra todos y cada uno de los móviles vanidosos y pecuniarios que incitan al 99% de los escritores a llevar sus trabajos a la imprenta. El inconveniente radica en que si no dejamos preparado el camino, y de repente nos morimos, lo más probable es que nuestros trabajos se pierdan en el éter y que nadie jamás los lea, y bien dice Tolstoi que "adquirir conocimientos y no transmitirlos es verdadero onanismo" (ibíd., 28/7/1884). Adquirir conocimientos y transmitirlos, transmitirlos de puño y letra justo después de que uno ya esté bien podrido en el cajón; he ahí el ideal. Pero para que tal ideal se concrete, es menester allanar el camino, lo cual puede hacerse de dos maneras: 1) procurándose un confiable y solvente albacea literario, o 2) cuando uno sienta que la muerte se aproxima, comenzar a conspirar para que sus trabajos no caigan en el anonimato, dándolos convenientemente a publicidad pese a no estar muerto todavía. De estas dos opciones, la más recomendable, sin dudas, es la primera, porque nos habilita para seguir escribiendo libre de vanidades hasta el final de nuestros días. Pero el hecho es que yo, por ahora, no he podido encontrar algo parecido a un albacea, y mientras este albacea no aparezca seguiré conspirando para publicar mis libros un poco antes de morir. El año establecido es el 2043; tendré para ese entonces 74 años. Podría suponer que viviré muchos años y publicarlos aun más tarde, a los 80 o a los 90, pero no. El año establecido es el 2043 y así se quedará. Si después resulta que vivo algunos años más, y si debido a la publicación de mis libros cobro fama, tal vez me vea reducido --como le sucedió a Schopenhauer y un poco también a Tolstoi-- a la categoría de viejo vanidoso y engreído, pero creo que podré soportarlo.

miércoles, 23 de julio de 2014

El trabajo físico como auyentador de los vicios

Escribe Tolstoi:

He estado releyendo mi diario de la época en la que buscaba la causa de las tentaciones. Todo es absurdo, la única [causa] es la ausencia de trabajo físico intenso. No aprecio suficiente la felicidad de estar libre de las tentaciones después del trabajo. Es una libertad que uno compra a buen precio con el cansancio y el dolor muscular (Diarios, 24/6/1884).


Pues te diré, hermano León: hace ya tres años que vengo trabajando en continuado, duro y parejo, de sol a sol, cortando lonas, acarreando lonas, soldando lonas, y el cansancio y la fatiga muscular que me producen tales tareas raramente impiden que después de la faena diaria emerjan las mismas tentaciones de siempre. Tu receta, a mí, no me funciona.

martes, 22 de julio de 2014

Tolstoi, escritor invernal

"Ha salido de caza --comenta la esposa de Tolstoi--. En verano no se siente inspirado para escribir" (Sofía Tolstoi, Diarios (1862-1919), 31/7/1868). Tolstoi corrobora: "En verano con frecuencia se apodera de mí una imposibilidad física de escribir" (carta a Strájov del 23/4/1876, en Correspondencia, p. 375). Yo también prefiero el invierno para escribir. El verano, lo prefiero para vivir.

lunes, 21 de julio de 2014

Tolstoi, ¿adicto al sexo solitario?

   – ¿Sabías que Tolstoi se masturbaba como un mono?
   – ¡No!
   – Sí, se masturbaba todo el tiempo, el muy cabrón. Paseaba por los jardines de su finca de Yasnaia Poliana acompañado de su perro fiel y silencioso, y de vez en cuando paraba junto a un árbol y se metía la mano en el pantalón. [...] la sangre del inmortal cayendo sobre la blanca nieve del duro invierno, su valiosa semilla desperdiciada en la vasta llanura de la gran Rusia… 
Alicia Giménez Bartlett, Días de amor y engaños

Por la mañana --comenta Tolstoi--

tuve una erección muy fuerte, y cuando llegué solo a casa encontré a mi joven posadera en la cocina y le dije algunas palabras. Sin duda alguna está coqueteando conmigo [...]. Le doy gracias a Dios por la timidez que me dio: me está salvando de la corrupción (Diarios, 31/5/1852).

La timidez lo salvaba de la corrupción del amancebamiento, pero lo llevaba a otro tipo de corruptela venérea. Pasadas 48 horas, anota: "Después de la comida incurrí en mi antigua debilidad" (2/6/1852). ¿A qué antigua debilidad se refiere? Primero se levanta excitado y agarrotado, luego se entusiasma con una criada, que lo coquetea, pero no concreta nada con ella, y al poco rato incurre en esa misteriosa y antigua debilidad. Doy por sentado aquí que tal perífrasis no es más que un eufemismo para la palabra masturbación. Y es que el priapismo no doloroso, ese que se acompaña con apetito venéreo, cuando se presenta en el espíritu de un tímido suele desembocar en una cruda manuela. Yo lo sé, porque padezco de tal priapismo y de tal retraimiento, y creo que Tolstoi también lo sabía.

¡Como dos gotas de agua!

viernes, 18 de julio de 2014

Tolstoi vegetariano

Y en la cuestión del vegetarianismo, fundamental en una persona que se declara simpatizante de la no violencia, también he sido bastante más resuelto que mi gran antecesor. Recién el 2 de junio de 1884, a la edad de 55 años, escribe en su diario: "Hace dos días que comencé a no comer carne". Yo comencé a no comer carne en 1995, cuando tenía 26 años, y la dejé definitivamente en 1997, a los 28. Tardó Tolstoi el doble de años que yo en tomar esta lógica decisión[1]. Pero queda disculpada esta demora por dos atenuantes: el frío ruso, que dificulta la supervivencia en base a frutas y verduras, y sobre todo la carencia de información nutricional fidedigna en aquella época y aquellas latitudes. En la Rusia del siglo XIX no era tan sencillo convertirse al vegetarianismo como lo es ahora.



[1] Y un poco más también. En los Diarios (1862-1919) de Sofía Tolstoi, entrada del 9/3/1887, se lee: "Hace una semana que ha vuelto a ser vegetariano". Pareciera ser entonces que en 1884 intentó dejar de consumir alimentos cárnicos, pero no lo consiguió, convirtiéndose al vegetarianismo estricto recién en 1887.