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domingo, 8 de enero de 2017

El pragmatismo de William James

Acabo de terminar las pruebas de un pequeño libro llamado “Pragmatismo” [...]. No me sorprendería que dentro de diez años se lo evaluara como un libro “que hizo época”, pues no puedo abrigar duda alguna respecto del triunfo definitivo de ese modo general de pensar.
Carta de William James a su hermano, 4 de mayo de 1907

Sea lo que fuere la verdad, no es [para William James] nada estático. Ella cambia con las conveniencias de vuestra experiencia. Y, por consiguiente, aquellos que conciben el reino de la verdad como esencialmente eterno son objeto de la furia filosófica más encantadora de mi colega.
Josiah Royce, Filosofía de la fidelidad, VII, III

Habiendo glosado, el pasado año, varios textos de Rudolf Carnap, fiel representante del Círculo de Viena, me propongo glosar ahora a quien fuera su gran predecesor. Porque el pragmatismo fue eso, fue la antesala de aquel salvaje intento del positivismo lógico de descartar los problemas filosóficos más interesantes, más acuciantes y más desesperantes como si fueran trastos viejos que para nada sirven y a nada conducen. Y si hablamos de pragmatismo, hablamos, por antonomasia, de William James. Carnap, sin James y los pragmatistas, seguramente no habría sido el mismo pensador antimetafísico que ahora conocemos, por eso viene a cuento estudiar ahora el pragmatismo de James. ¿Que hubiese sido mejor glosar primero a James y luego a Carnap? Seguramente; pero como mis análisis se mueven al antojo de mis deseos y no con rigorismo cronológico, y como mis deseos, el año pasado, se dirigían hacia el pensamiento de Carnap y no al de James, comencé por el primero y desdeñé al último. En fin, siempre me mereció más respeto la figura de Carnap que la de James, y también por eso lo prioricé. El pragmatismo, filosóficamente hablando, era para mí algo indigno de ser refutado, algo que se refuta solo, sin necesidad de contraargumentos. Esta actitud, sin embargo, no es digna de un pensador que se precie de serlo, y es por eso que no puedo declarar culpable de charlatanería a tal o cual orientación filosófica sin un juicio previo que sustente mi postura. Pues bien, ¡que comience la sesión!
Para William James, las discusiones que se suscitan en torno a determinados postulados metafísicos (hay excepciones) son una pérdida de tiempo, puesto que cualquier postura que se adopte no influirá en lo más mínimo en los quehaceres diarios de la persona que la sostenga. El pragmatismo, dice, no es una filosofía,

es un método para apaciguar las disputas metafísicas que de otro modo serían interminables. ¿Es el mundo uno o múltiple? ¿Libre o determinado? ¿Material o espiritual? He aquí unas cuantas nociones, cada una de las cuales puede o no adaptarse al mundo, y las discusiones sobre estas nociones son interminables. El método pragmático en tales casos trata de interpretar cada noción, trazando sus respectivas consecuencias prácticas. ¿Qué diferencias de orden práctico supondría para cualquiera que fuera cierta tal noción en vez de su contraria? Si no puede trazarse cualquier diferencia práctica, entonces las alternativas significan prácticamente la misma cosa y toda disputa es vana. Cuando la discusión es seria, debemos ser capaces de mostrar la diferencia práctica que implica el que tenga razón una u otra parte (Pragmatismo, conferencia segunda, p. 46).

No empezamos bien, porque en este párrafo James parece dar a entender que el problema metafísico del libre albedrío y el determinismo no influye en la vida práctica de las personas, y esto no puede ser más errado. Si las gentes estuviesen completamente convencidas de que la hipótesis determinista es verdadera en esencia, desaparecería del planeta todo sistema penal punitivista; las cárceles, tal como las conocemos habitualmente, carecerían de sentido y serían demolidas. Nadie, hablando en general, culparía a nadie de nada, porque las culpabilidades se desplazarían desde el individuo hacia el sistema educativo que lo moldeó y hacia la herencia genética con la que fue dotado. Yo pienso que un convencimiento cabal de la veracidad del determinismo estricto modificaría la vida práctica de las personas de manera mucho más radical que cualquier otra idea o suceso o invención o desastre natural o lo que fuere. Todo el andamiaje mental del convencido daría una vuelta de campana y esto repercutiría inexorablemente sobre sus diarios movimientos y sus diarias decisiones.
Unas páginas más adelante, después de afirmar que la mayoría de las querellas metafísicas constituyen una pérdida de tiempo, no tiene reparos en ponerse del lado del cientificismo en la disputa causa eficiente-causa final: “El darwinismo desalojó de una vez para siempre de la mente de los hombres de ciencia la idea de una causa final” (ibíd., p. 58), como si este problema tuviese importancia solo en la ciencia y no en metafísica. La existencia o no de una teleología intrínseca en el universo es la cosa más metafísica que puede plantearse, y ni Darwin ni Laplace por un lado, ni Eduard von Hartmann y Teilhard de Chardin por el otro, han sido capaces de arrojar ni media prueba tan contundente o irrefutable como para que podamos decir que en el universo existen o no existen las causas finales. Han tirado ideas, han sugerido, pero probado, no han probado nada. A lo sumo, lo que puede decirse es que después de Darwin las explicaciones científicas han tendido a eliminar el factor teleológico, pero esta teleología, saliendo de la ciencia y entrando en la metafísica, permaneció inconmovible, y aun no pocos científicos la siguen utilizando, a no ser que les prohibamos llamarse científicos a los psicólogos, a los sociólogos y a los economistas, que razonan, en variadas ocasiones, de manera teleológica.
Pensar teleológicamente —ya lo he dicho—, es pensar religiosamente. La pregunta sobre el porqué de un suceso es una pregunta filosófica; la pregunta sobre el para qué, es una pregunta religiosa. ¿Por qué sucedió tal cosa?, pregunta alguien, y ese alguien es un aprendiz de filósofo; pero quien, ante el mismo suceso, pregunta ¿para qué sucedió eso, con qué finalidad?, este otro será seguramente un hombre de fe. La fe, la teología, Dios, ¿son para James cuestiones metafísicas? Sí, lo son; pero no es necesariamente inútil armarse con alguna de estas ideas y adoptarla en la vida cotidiana:

Si las ideas teológicas prueban poseer valor para la vida, serán verdaderas para el pragmatismo en la medida en que lo consigan (ibíd., p. 60).

Según los principios pragmatistas, si la hipótesis de Dios actúa satisfactoriamente, en el más amplio sentido de la palabra, es verdadera (p. 187).

¿Qué significa esto? Significa que si creemos en Dios, y esta nuestra creencia multiplica nuestra vitalidad, entonces esta creencia nos es útil y, por tanto, verdadera (lo que no se puede hacer es debatir sobre estas cuestiones, porque no son empíricas). Si esta creencia, por el contrario, nos trajese más conflictos que armonías, sería falsa. Te pido lector que no sonrías socarronamente y que continúes con el análisis del pensamiento pragmatista. El mismo James parece darse cuenta de que ha dicho una burrada e intenta recomponer la situación:

Comprendo bien la extrañeza que debe producir a algunos oírme decir que una idea es «verdadera» en tanto que creerla es beneficioso para nuestras vidas[1]. [...] Seguramente admitirán ustedes que si no fueran buenas para la vida las ideas verdaderas o si su conocimiento fuera positivamente desventajoso y las ideas falsas las únicamente útiles, entonces la noción de que la verdad es divina y preciosa, y su consecución un deber, nunca habría llegado a convertirse en dogma. En un mundo como este, nuestro deber sería evitar la verdad, más bien (ibíd., p. 61).

Yo estoy de acuerdo en que la verdad es divina y preciosa, pero no divina y preciosa para mí, ni para William James, sino divina y preciosa en sí, para quien sepa captar lo que de divino y precioso tienen las cosas de este mundo. Que la mierda tiene buen sabor es un aserto de lo más verdadero para una mosca, pero para mí no lo es, y para James creo que tampoco. Estamos en la senda del más rancio relativismo: lo que es verdadero para una mosca es falso para un ser humano, y lo que es verdadero para ciertas personas es igualmente falso para otras. ¿Es esto ilógico? De ninguna manera, siempre y cuando no se insista en que este relativismo epistemológico es verdadero, que es lo que hace James. En todo caso será verdadero para él, si es que tal idea lo vitaliza. Para mí es falso, y no en razón de que me desvitaliza sino porque me conduce hacia las más disparatadas consecuencias. Y aquí viene en mi apoyo Max Horkheimer:

El sentido de conceptos tales como Dios, causa, número, substancia o alma no consiste en otra cosa, según asevera James, que en la tendencia de la noción dada a inducirnos a actuar o a pensar. Si el mundo llegara a una etapa en la que no solo dejase de preocuparse por tales entidades metafísicas, sino también por los asesinatos que se cometieran tras de fronteras cerradas o simplemente bajo la protección de la oscuridad, habría de concluir que los conceptos acerca de tales asesinatos no significan nada, que no representan “ideas definidas” o verdades, puesto que “no modifican sensiblemente” nada para nadie. ¿Cómo habría de reaccionar alguien notoriamente contra tales conceptos si diera por establecido que su único significado consistiría en esa reacción suya? (Crítica de la razón instrumental, I, p. 46).

Un hombre viola a un inocente niño. ¿Realmente lo violó? Si esta violación a mí no me interesa, o no me conduce hacia ninguna inclinación práctica, o me desvitaliza, la tal violación es falsa, nunca existió. Esto es lo que se deduce de la filosofía de James. La risa socarrona, pues, estaba bastante justificada[2]. El problema —problema para James, si es que quiere pasar a la historia como un pensador que respetaba las leyes de la lógica— es que unas páginas más adelante, este crudo relativismo muta en clásico y cordial objetivismo al referirse a las verdades matemáticas y a los juicios analíticos a priori en general, afirmando que aquí se habla de verdades que tratan no con objetos sensoriales sino con objetos mentales, y que este tipo de verdades posee un carácter “eterno” (VI, p. 135). Estas verdades no son determinadas por la experiencia sino

por la propia estructura de nuestro pensar. Y así como no podemos jugar con las experiencias sensibles, mucho menos podemos hacerlo con las relaciones abstractas. Nos obligan y debemos tratarlas en forma consecuente, nos gusten o no los resultados (p. 136).

¿Nos gusten o no los resultados? ¿No habíamos quedado en que los juicios que no nos sirven para nada o que nos estorban son redondamente falsos? Acá dice James que no, que uno más uno sigue siendo dos para los pragmatistas, por más que alguno de ellos considere inútil o desagradable este resultado y prefiera que sumen veinticuatro. Será entonces que la verdad, para James, es relativa al gusto de cada quien (o de cada conglomerado humano, para que no se enoje Dewey) cuando se habla de juicios sintéticos a posteriori, siendo absoluta y objetiva cuando se habla de juicios analíticos a priori. Muy bien, pero ¿por qué no aclaró antes esta excepción? Es una excepción demasiado extensa como para haberla pasado por alto en el primer razonamiento[3].
Y ahora, una nueva incongruencia. Había dicho James que una idea es “verdadera” en tanto que creerla es beneficioso para nuestras vidas; ahora, desde la conferencia sexta, dice que las ideas verdaderas “son las que podemos asimilar, hacer válidas, corroborar, y verificar; ideas falsas, son las que no” (p. 131). Setenta páginas atrás había dicho que las ideas teológicas, en la medida en que puedan vitalizarnos, son verdaderas, pero ahora dice que una idea es verdadera si y solo si puede verificarse, y evidentemente las ideas teológicas carecen de la virtud de la verificabilidad, de modo que son verdaderas por un lado y falsas por el otro, y todo esto para un mismo sujeto que las analiza, no verdaderas para una persona y falsas para otra como decía en un principio, sino verdaderas y falsas a un mismo tiempo y dentro de la cabeza de un mismo sujeto: esto es lo incomprensible. Alguien podrá suponer que el pensamiento de James “evolucionó” desde la primera dirección hacia la segunda, pero estas conferencias se dictaron una tras otra en continuado, lo que hace decididamente improbable esta evolución. Todo esto es, simplemente, una insensatez. Dejó de lado, nuevamente sin explicarnos por qué, el criterio del beneficio y la utilidad para centrarse en el criterio, más carnapiano, de la verificabilidad. Ya no le interesa que tal o cual proposición nos resulte útil: si no podemos verificarla, es falsa.

La verdad acontece a una idea. Llega a ser cierta, se hace cierta por los acontecimientos. Su verdad es, en efecto, un proceso, un suceso, a saber: el proceso de verificarse (p. 131).

De lo que se deduce, por ejemplo, que la Teoría de la Relatividad General fue falsa hasta el eclipse de 1919, que ofició como prueba de una de sus predicciones, y a partir de ahí verdadera. Einstein la parió falsa en 1915, pero cuatro años después, gracias a los esfuerzos del astrónomo británico Sir Arthur Eddington, la teoría se tornó auténtica. Si lo apurasen un poco, James afirmaría sin dudarlo que el mayor mérito es de Eddington y no de Einstein, pues para él es más importante verificar un estado de cosas que descubrirlo y describirlo.
William James fue un apóstol del sentido común, al que dedicó íntegramente su quinta conferencia:

Todo hombre, aunque esté instruido, se inclina a pensar en una cosa según el dictado del sentido común [...]. Nuestras últimas y más críticas filosofías son meras modas y fantasías comparadas con esta natural lengua madre del pensamiento.
Así, pues, aparece el sentido común como un estadio perfectamente definido de nuestra comprensión de las cosas; estadio que satisface de un modo extraordinariamente acertado los propósitos por los que pensamos. Las cosas existen, incluso cuando no las vemos. Sus géneros existen también; actúan por sus cualidades y sobre estas cualidades actuamos nosotros; y estas cualidades también existen. [...] En este estadio de la filosofía han permanecido sin excepción todos los pueblos no europeos. Es suficiente para todos los fines prácticos necesarios de la vida; entre los de nuestra raza, sólo algunos temperamentos sofistas, espíritus pervertidos por el saber, como Berkeley los llama, han podido sospechar que el sentido común no es absolutamente cierto (pp. 119-20).

Respondo a esto con la definición que del sentido común nos da Voltaire desde su Diccionario filosófico: “Un estado intermedio entre la estupidez y el ingenio". Para Voltaire, decirle a un hombre que tiene sentido común es más una injuria que un halago, "porque es significar que no es completamente estúpido, pero que carece de inteligencia”. El sentido común es la inteligencia del vendedor de zapatos, inteligencia puesta al servicio de un fin práctico y nada más. Para los pragmatistas, este tipo de inteligencia es más que suficiente, con ese grado de inteligencia se conforman. Algunos de nosotros, sin negar que nuestro cerebro sea un producto evolutivo que nació pura y exclusivamente con fines de supervivencia tal como las alas de la mariposa o las espinas del cardo, algunos de nosotros aspiramos a rebasar esa prístina finalidad y encaminarlo hacia otras orillas[4].
Pero vamos a lo que, metafísicamente hablando, más nos interesa: nuestra conciencia individual, ¿se diluye o no se diluye tras nuestra muerte física? Esta pregunta, cuya respuesta concreta nadie (que esté vivo) parecía conocer, es despachada sumariamente, como de taquito, por Guillermo James:

Si existiera alguna idea que, si la admitiéramos, nos ayudara para mejor orientarnos en la vida, entonces sería realmente mejor para nosotros creer en tal idea [...]. Lo que nos conviene es verdadero (ibíd., p. 62).

Lo que nos conviene es verdadero. O sea que si nos hace bien creer en la vida después de la muerte, el problema está resuelto: ¡la vida después de la muerte existe! Claro que a quienes les perturba esta idea no tienen más que rechazarla e inmediatamente la vida posmorten será una superchería. Este era el caso del propio James, quien objetaba la existencia de Dios y de cualquier tipo de escatología porque ideas de esa calaña lo enredaban

en paradojas metafísicas que son inaceptables. [...] como ya tengo en la vida bastantes dificultades sin necesidad de soportar estas inconsistencias intelectuales, personalmente renuncio a lo Absoluto (p. 63).

Se produce aquí una nueva modificación del criterio de demarcación entre verdad y falsedad. Niega lo Absoluto no porque le parezca una idea inútil o desvitalizadora sino porque produce inconsistencias dentro de su sistema de pensamientos. Pero esto mismo es lo que yo hago: adopto criterios metafísicos en base a si se insertan o no dentro del rompecabezas mental que voy armando sin importarme si esa metafísica me resulta útil o inútil en la vida cotidiana. Pretendo evitar la paradoja, y esto no tiene nada que ver con el criterio pragmatista. Si mi metafísica me exigiera desterrar lo Absoluto, pero a la vez necesitara este concepto para mejor vivir, desterraría lo Absoluto de mi sistema de pensamientos y me resignaría a ello. Seguramente seguiría, como Unamuno, necesitando a Dios, pero lo necesitaría con el corazón y ya no con la cabeza. William James, si quiere ser consecuente con su pragmatismo, tiene que afirmar que lo Absoluto es falso no porque este concepto lo enrede en inconsistencias intelectuales, sino porque la idea de lo Absoluto lo desvitaliza, le quita fuerzas para vivir —como dice que les ocurre a los orientales que adhieren al fatalismo—. Si es así que lo diga claro y lo aceptaremos, pero que no meta la lógica o la buena trabazón de conceptos en el medio, porque no es esto lo que había considerado necesario para captar verdades que no sean por sí mismas evidentes como las de la matemática.
Hemos tocado el tema de la existencia de Dios y el de la inmortalidad de las conciencias individuales; falta tocar, para completar el podio de los grandes misterios metafísicos, el tema del determinismo y el libre albedrío. En realidad se ha tocado al comienzo de este análisis, y daba la sensación de que a James no le interesaba el problema porque consideraba que no se diferenciaban ambas posturas en sus consecuencias prácticas. Pues ahora, llegando al término de su alocución, parece que cambió de parecer, volcándose decididamente hacia la opción albedrista[5]. En su conferencia séptima da a entender que las consecuencias prácticas de creer en el libre albedrío son mucho más alentadoras para los espíritus activos que las consecuencias prácticas de creer en la dupla racionalismo-determinismo:

Para el racionalismo la realidad está ya hecha y completa desde la eternidad, en tanto que para el pragmatismo está aún haciéndose y espera del futuro parte de su estructura. De un lado se ve al Universo como absolutamente seguro, de otro como siguiendo todavía sus aventuras (p. 163).

El Dios de James (cuando se decidía a creer en él, pues hemos visto que en general lo desdeñaba) le dejaba al ser humano un papel fundamental en su plan cósmico:

Supongamos que el autor del mundo presentara el caso antes de la creación diciendo: «Voy a hacer un mundo no ciertamente para ser salvado, sino un mundo cuya perfección será meramente condicional, siendo la condición que cada uno de sus agentes obre lo mejor que pueda. Os ofrezco la oportunidad de vivir en tal mundo. Su seguridad, como veis, carece de garantía. Es una aventura real, con un peligro real y, sin embargo, puede ser vencido. [...] La mayoría de nosotros daría la bienvenida a la proposición y añadiría su fíat al fíat del creador (conferencia octava, p. 183).

Necesitaba James, para sentirse un aventurero, un universo abierto en el cual nuestras propias decisiones tuvieran peso y no fueran un simple reflejo de las decisiones divinas[6]. Lo vemos así transformado en un perfecto católico, sí, católico y no protestante como sus compatriotas, porque son los católicos los que creen en la salvación por las obras y no en la salvación por la fe. Sin embargo, estos zangoloteos de James entre el ateísmo y el catolicismo, entre no creer en lo Absoluto porque tal hipótesis le perjudica su consistencia intelectual y creer en un Absoluto de una manera tan integral que el propio Absoluto sea él mismo, decidiendo la salvación o la destrucción del universo… me desconciertan un poco. Un malpensado podría suponer que esta defensa del libre albedrío, que es el concepto religioso que mayor adhesión provoca en la grey cristiana —incluida también la masa de protestantes no eruditos—, se le hizo necesaria teniendo en cuenta su manía propagandística, su deseo de captar ovejas para su rebaño, y el hecho de que los norteamericanos han sido siempre, en general, un pueblo muy devoto. De ahí que culmine sus conferencias con una declaración de principios que el mismo papa Francisco podría envidiar:

Podemos creer, por las pruebas que la experiencia religiosa nos ofrece, que existen poderes superiores y que actúan para salvar al mundo con arreglo a líneas ideales semejantes a las nuestras (conferencia octava, p. 188).

Pero es esta una cuestión personal, no corresponde imponer la fe a quien no la necesita o la considera inútil, lo mismo que no corresponde imponer el ateísmo a los creyentes. Aquí está el punto fuerte del pragmatismo, su tolerancia para con los que piensan distinto, su eclecticismo pluralista. Lamentablemente, un solo punto fuerte no alcanza para recuperar a una filosofía (o un método filosófico, como solía decir James) que ha caído, excepto en los Estados Unidos, en un saludable olvido.



[1] Lo mismo pensaba Nietzsche: el conocimiento humano cumple la función de mantenernos en la existencia, tiene un valor meramente utilitario. Posiblemente James haya bebido de esta fuente.
[2] John Dewey protesta con ardor contra esta interpretación del principio fundamental del pragmatismo: Un concepto de la verdad que hace de ella un simple instrumento de ambición y exaltación privada es tan repulsivo que causa asombro que haya críticos que han atribuido ese concepto a unos hombres en su sano juicio. En realidad, verdad como utilidad significa servicio para contribuir a la reorganización de la experiencia que la idea o teoría proclama que es capaz de realizar. No se mide la utilidad de una carretera por el grado en que se presta a los designios de un salteador de caminos. Se mide por cómo funciona en la realidad como tal carretera, como medio fácil y eficaz de transporte y de comunicación pública. Lo mismo ocurre con la aprovechabilidad de una idea o de una hipótesis como medida de su verdad" (La reconstrucción de la filosofía,  cap. VI, p. 169). No es el provecho individual el criterio de verdad de los pragmatistas, sino el provecho común, pero entonces la cosa se complica ya demasiado, porque ¿quién define lo que es el provecho común? ¿Común para quién? ¿Para la familia de Dewey, para el pueblo norteamericano, para el mundo en general? Porque está visto que lo que suelen hacer los norteamericanos cuando buscan un aumento en su vitalidad es precisamente desvitalizar al resto de los mortales, ¡no me venga Dewey a decir que sus intereses son comunitarios! Si son convenientes para los norteamericanos las guerras por motivos económicos que frecuentemente incentivan, no lo son para mí ni para la mayoría de los habitantes del planeta, de modo que su criterio de verdad sigue siendo harto precario y harto subjetivo. Ceñirse a los propios apetitos es más lógico cuando se equipara verdad con utilidad, porque cada uno conoce sus propios deseos y no puede equivocarse: esta es la verdad, porque a mí me sirve, y se acabó el problema. Pero Dewey quiere ajustar el criterio de verdad a un deseo generalizado, a un bienestar ecuménico, lo cual es imposible, porque todos deseamos cosas diferentes, todos nos vitalizamos de modos muy distintos, de manera que lo único repulsivo aquí es pretender hablar por todos, hacer creer que se busca el interés de todos, cuando lo que se busca es imponer un provincianismo filosófico cuyo imperativo es la acción a todo trance y la retribución, imperativo que por fortuna no ha cruzado la frontera del país que lo vio nacer y que pretendió exportarlo.
[3] ¿Será que James no tenía bien en claro la diferencia entre juicios analíticos y sintéticos? Transcribo desde la conferencia séptima, p. 166: "En una operación quirúrgica, oí una vez preguntar a un espectador a un médico por qué el paciente respiraba tan profundamente. «Porque el éter es un excitante respiratorio», contestó el doctor. [...] Pero esto es como decir [...] que tenemos cinco dedos porque somos pentadáctilos". No, no es lo mismo. La definición de "pentadáctilo" es "que tiene cinco dedos", luego es este un juicio analítico, porque el predicado del juicio está incluido en el sujeto; en el primer juicio, el predicado no está incluido en el sujeto, porque en la definición del éter no aparece que sea un excitante respiratorio, este dato lo agrega el médico por su cuenta, debido a que observó este fenómeno en todos los pacientes sometidos a este anestésico. Luego es este un juicio sintético a posteriori.
[4] Un cerebro programado con fines adaptativos o evolutivos propicia lo que doy en llamar "inteligencia utilitaria" o inteligencia a secas; un cerebro que anhela sobrepasar esa función de mera supervivencia propicia lo que doy en llamar "inteligencia trascendente" (ver entrada del 20/7/97).
[5]  (Nota añadida el 17/1/17.) Los padres de James eran calvinistas y lo educaron en esa fe, y todos sabemos lo que opinan los calvinistas consecuentes del libre albedrío. Pero James, hacia los veintiocho años de edad, logró dejar atrás el calvinismo, creencia que lo sumía en tal desesperación que algunas veces llegó a coquetear con el suicidio. En 1870, después de una crisis de fe, escribió en su diario: “Mi primer acto de libre albedrío será creer en el libre albedrío” (cf. el Cuaderno amarillo de Salvador Pániker, p. 300), y a partir de ahí su actitud hacia la vida se tornó mucho más optimista.

[6] En esta empresa tuvo James un inesperado aliado procedente de estas pampas: "El marqués de Laplace, hacia 1814, juega con el proyecto de cifrar en una sola fórmula matemática todos los hechos que componen un instante del mundo, para luego extraer de esa fórmula todo el porvenir y todo el pasado… James interviene; conjetura que el universo tiene un plan general, pero que la recta ejecución de ese plan queda a nuestro cargo. Nos propone así un mundo vivo, un mundo inacabado, cuyo destino incierto y precioso depende de nosotros [...]. Para un criterio estético, los universos de otras filosofías pueden ser superiores [...]; éticamente, es superior el de William James. Es el único, acaso, en el que los hombres tienen algo que hacer” (Jorge Borges, Textos recobrados (1931-1955)). Se pliega Borges a la idea —que en general yo también considero correcta— de que los pueblos fatalistas tienden a la inacción y los pueblos albedristas todo lo contrario; pero de ahí a decir que es éticamente superior la acción al pensamiento y a la contemplación hay un trecho muy grande. Jesús, por de pronto, que de ética sabía algo, opinaba todo lo contrario (cf. Lucas 10:38-42).





sábado, 3 de septiembre de 2016

Rudolf Carnap y la filosofía-excrecencia

“Lo más que se ha demostrado —Dice Alfred Ayer— es que los enunciados metafísicos no caen dentro de la misma categoría de las leyes de la lógica, o de las hipótesis científicas”, pero de aquí no se infiere que los enunciados metafísicos no sean ni verdaderos ni falsos ni que no tengan sentido (El positivismo lógico, introducción). ¡Por fin un lógico lógico! Y también dice, respecto de la demoledora objeción que afirma que el principio de verificación no es él mismo verificable, que “el Círculo de Viena tendió a ignorar este problema”. Tomaron este principio como una especie de convención, “como algo convencional”. Pero ¿qué diferencia puede haber entre una convención así y otra que pudiéramos adoptar respecto de cualquier problema metafísico? Por la metodología empleada en la elección de sus premisas, los grandes metafísicos y los empiristas lógicos no difieren en nada.


El anhelo de simplificación es higiénico, siempre y cuando no se aplique sobre lo irreductible. El positivismo lógico quiere "pulir" a la filosofía, quitarle sus excrecencias, y en eso (¡Hegel, Heidegger!) podemos estar de acuerdo. El problema es que para estos pensadores casi todo tema filosófico es una excrecencia. La metafísica es una excrecencia, la ética es una excrecencia[1] y también la estética; nos queda tan solo la lógica o, de manera más estricta, el análisis lógico del lenguaje --porque decir que la investigación científica es parte de la filosofía se me antoja una exageración—. Pero quitarse los problemas del camino al modo del avestruz, metiendo la cabeza bajo la tierra y decretando que no existen, no es un modo sensato de proceder ni en la vida misma ni en la filosofía, y mucho menos sensato si se trata que los más grandes y graves problemas que la humanidad viene cargando desde hace siglos. Ya lo dijo Julián Marías:

Si la filosofía decide volverse de espaldas a un problema, no por eso deja de estar ahí. Lo que pasa es que la filosofía pierde su condición fundamental: la ra­dicalidad. No es que la filosofía "deba" ser radical, sino que consiste en serlo, en ir a las raíces, y sin ello desapa­rece su carácter filosófico: es el precio que cuesta la sim­plificación de la realidad (Sobre el cristianismo, “La filosofía actual y el ateísmo”).



[1] Moritz Schlick, uno de los fundadores del Círculo de Viena, era el único integrante del grupo que excluía de esta lista de parias a la ética. Decía que la ética se ocupa de cuestiones de hecho y que por tanto debe tratarse como una ciencia.

lunes, 29 de agosto de 2016

Intuición y conocimiento según Carnap

“Las intuiciones irracionales —dice Carnap— no pueden ser llamadas «conocimiento»”, a menos que tengan “la forma de proposiciones cuya verdad o falsedad se pueda decidir” (La construcción lógica del mundo, parág. 181). Las intuiciones intelectuales que yo postulo, y que son irracionales en el sentido de que no es mi razón la que me las indica, tienen forma de proposiciones y su verdad o falsedad se puede decidir. No por medio de la experiencia, pero yo puedo decidir si tal proposición metafísica es verdadera o falsa de acuerdo a otros considerandos. No estoy libre del yerro, puedo suponer que tal proposición metafísica es verdadera cuando en realidad es falsa y viceversa, pero eso no me inhabilita para considerar esta búsqueda como un intento de conocimiento. Errar es humano, y los científicos, intentando conocer (en el sentido ortodoxo del término), también yerran, a pesar de que sus proposiciones son empíricamente contrastables.

lunes, 22 de agosto de 2016

Carnap y los cuentos de hadas

Para ser un lógico, Rodolfito Carnap ha resultado bastante contradictorio. Hemos dicho ayer que, según él, los cuentos de hadas, aunque sean falsos, tienen pleno sentido; pero hete aquí que ahora, y tan solo un párrafo más abajo, sostiene que todo lo que se nos dice y que no podemos verificar, “nosotros tampoco lo podremos comprender”. Equipara lo comprobable con lo comprensible, y esto es incomprensible. Porque si se consiente, como todos hemos consentido, que las proposiciones metafísicas son incontrastables, entonces tendríamos que aceptar junto con Carnap que “no puede haber proposiciones metafísicas plenas de sentido”. Los cuentos de hadas “tienen pleno sentido” y la proposición que indica que Dios existe no. Los cuentos de hadas son falsos; la proposición de la existencia de Dios no llega ni siquiera a eso. Pero uno se pregunta, ¿a cuento de qué viene esa discriminación en favor de los cuentos de hadas siendo que las hadas, lo mismo que los dioses, no pueden verificarse? “El sentido de una proposición —sostiene— descansa en el método de su verificación. Una proposición afirma solamente todo lo que resulta verificable con respecto a ella”. Pero ¿cómo verificamos las proposiciones que aparecen dentro de un cuento de hadas? Imposible hacerlo; ¿y entonces por qué insiste en que los cuentos de hadas tienen pleno sentido? Si lo tienen, entonces también lo tienen las proposiciones metafísicas, que son tan incomprobables como la existencia de las hadas.

Se me dirá que los cuentos de hadas no tiene la pretensión de ser verdaderos mientras que los juicios metafísicos sí, y en ello radica la diferencia. Pero ¿quién dice que todos dan por sentado que los cuentos de hadas constituyen una mentira? Muchos niños los escuchan y los toman por completamente verídicos. Y ¿no estamos nosotros, los adultos escuchadores de cuentos metafísicos, en la misma situación gnoseológica que los niños que esperan la llegada de los reyes magos? Los reyes magos, supuestamente, no existen, pero no constituye un sinsentido el hecho de aguardar su llegada. Tal vez Dios tampoco exista, pero mientras no estemos seguros de ello no hay sinsentido alguno en esperarlo, en desearlo y en establecer hipótesis de trabajo que lo incluyan. Sed como los niños, decía Jesús. En la inocencia está la salvación. La salvación de las almas, pero también la salvación de nuestro aparato cognitivo. Gente como Carnap pretende, so pretextos de limpieza, cercenarlo, circuncidarlo. Nosotros preferimos conservarlo entero, por más que a veces no huela tan bien como el aparato de los positivistas.

domingo, 21 de agosto de 2016

Carnap y la impostura de algunos diz que metafísicos

En 1932, cuatro años después de su ensayo sobre La construcción lógica del mundo, escribió Carnap un artículo titulado "La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje" (incluido en El positivismo lógico, de Alfred Ayer). En dicho artículo se puede leer lo siguiente: "En el campo de la metafísica (incluyendo la filosofía de los valores y la ciencia normativa), el análisis lógico ha conducido al resultado negativo de que las pretendidas proposiciones de dicho campo son totalmente carentes de sentido". La crítica de Carnap apunta sus cañones directamente hacia la metafísica de Heidegger (su obra cumbre, El ser y el tiempo, había sido publicada en 1927) y también al sistema de Hegel. Cita, para ilustrar su tesis, un párrafo de Heidegger:

La nada es la negación de la totalidad de lo ente, lo absolutamente no-ente. Pero de este modo, ponemos a la nada bajo la determinación superior de lo negativo, esto es de lo que tiene carácter de no y, con ello, según parece, de lo negado. Ahora bien, según la doctrina dominante y nunca cuestionada de la «lógica», la negación es una acción específica del entendimiento. Entonces, al plantearnos la pregunta por la nada e incluso la pregunta por su cuestionabilidad, ¿cómo podemos pretender despedir al entendimiento? ¿Pero es tan seguro lo que estamos presuponiendo? ¿Representa el no, la negatividad, y con ella la negación, la superior determinación bajo la cual cae la nada como un modo particular de lo negado? ¿Sólo hay la nada porque hay el no, es decir, la negación? ¿O es más bien al contrario? ¿Sólo hay la negación y el no porque hay la nada? Todo esto no está decidido, ni siquiera ha alcanzado todavía la dignidad de pregunta expresa. Pero nosotros afirmamos que la nada es más originaria que el no y la negación (¿Qué es la metafísica?, 1929, pp. 4-5).

Vale también incluir aquí un aserto de Hegel: "El puro ser y la pura nada son lo mismo" (Ciencia de la lógica, libro I), que el mismo Heidegger encomia:

Esta frase de Hegel tiene toda legitimidad. Ser y nada se pertenecen mutuamente, pero no porque desde el punto de vista del concepto hegeliano del pensar coincidan los dos en su indeterminación e inmediatez, sino porque el propio ser es finito en su esencia y sólo se manifiesta en la trascendencia de ese Dasein que se mantiene fuera, que se arroja a la nada (ibíd., p. 12).

Ante semejantes dislates es lógico, es súperlogico, que Carnap rebaje a la metafísica y la considere inferior incluso a los cuentos de hadas y a los mitos:

Las proposiciones de los cuentos de hadas no entran en conflicto con la lógica sino solo con la experiencia; tienen pleno sentido aunque sean falsas. La metafísica no es tampoco una "superstición"; es perfectamente posible creer tanto en proposiciones verdaderas como en proposiciones falsas, pero no es posible creer en secuencias de palabras carentes de sentido.

¡Completamente de acuerdo! En lo que no estoy de acuerdo es en considerar a Hegel y a Heidegger como grandes metafísicos cuando no fueron sino grandes embaucadores. Todas esas frases pomposas, oscuras, abstractas, todas esas flatus vocis a que nos acostumbraron estos "pensadores" y sus acólitos han desprestigiado a la metafísica ante los ojos de quienes de metafísica nada conocen, como los positivistas lógicos por ejemplo, pero la han dejado incólume ante quienes han descubierto a tiempo la impostura.

Por un lado, los falsos metafísicos como Heidegger y Hegel; por el otro, los que reniegan de la metafísica como Carnap. Y en el medio los auténticos metafísicos, que dicen cosas claras, sin rodeos, con carne y con sustancia y a quienes las balas de los positivistas y los flatos de los charlatanes les pasan por arriba.

domingo, 14 de agosto de 2016

El problema cuerpo-mente según Carnap

Otra cuestión metafísica, sin duda muy controvertida, es la de la relación cuerpo-mente. Este no es, según Carnap, "solamente uno de los problemas tradicionales de la filosofía [...], sino que ha llegado a ser el problema principal de la metafísica actual" (La construcción lógica del mundo, cap. 22). Sin desmerecer la cuestión, yo creo que los principales problemas metafísicos actuales son los de siempre: la existencia de Dios, la existencia del libre albedrío y la inmortalidad de las conciencias individuales. El "problema psicofísico", como lo llama Carnap, es de gran relevancia metafísica, pero queda muy relegado en importancia en comparación con los otros tres.
Dicho esto, establezcamos las proposiciones en disputa en este terreno, que según Carnap son tres:

1) El interaccionismo.
2) El paralelismo.
3) La filosofía de la identidad.

El interaccionismo afirma que existe una relación de causa-efecto en ambas direcciones: los procesos cerebrales pueden causar procesos psíquicos y viceversa. El paralelismo niega esta relación de causa-efecto y admite solo una correspondencia funcional (en paralelo, sin interferencias) entre lo físico y lo psíquico. Finalmente, la filosofía de la identidad "no acepta absolutamente que haya una dualidad en el género de objetos, sino que concibe lo físico y lo psíquico como los dos «lados» de un mismo algo que es «su fondo»". A mí me parece que la tercera proposición sale sobrando y que la disputa se centra en conocer si la esencia de la relación cuerpo-mente tiene visos interaccionistas o paralelistas. Y es esta "esencia" del problema lo que fastidia a Carnap, porque no existe, según él, ningún indicio empírico que nos ayude a resolver la cuestión hacia un lado o hacia otro. "No se puede imaginar --concluye-- una situación más desalentadora". Desalentadora, concluyo yo, para quien forma sus juicios más íntimos en base a verificaciones detectivescas, pero no para quien admite la existencia de las intuiciones intelectuales puras. Y que no me venga a decir Carnap que las intuiciones intelectuales puras, es decir, los juicios que nos sugieren un estado de cosas y que no se apoyan ni en la lógica ni en la experiencia, no existen, porque ¿cómo sabe que no existen? Carnap solo afirma lo que puede ser, potencialmente, verificado o refutado por la experiencia, y este juicio que niega la existencia de los problemas metafísicos no tiene nada de experimental y por ende no es carnapiano. Carnap puede muy bien manejarse por la vida sin echar mano de estos juicios, pero no puede afirmar que no existen (ni que existen), sin que todo su edificio lógico-empírico se desmorone[1].
Por lo demás, yo creo que es perfectamente lógico, lógico en un sentido metafísico, plantearse la existencia del "problema psicofísico" y decantarse por una de las posibles opciones. Y mi opinión a este respecto no ha variado: afirmo la existencia del paralelismo psicofísico, no creo que las vivencias tengan relación con los procesos neurales y viceversa (véase la entrada del 16/5/3). ¿Y en qué me baso, me preguntará Carnap, para decidirme por esta solución y no por la otra? Pues me baso en mi sistema metafísico, que consta de muchas ruedas y engranajes, uno de los cuales, fundamental como pocos, es el hilozoísmo, y el hilozoísmo pide, para ser lógico (¡sí, metafísicamente lógico, la metafísica también necesita de la lógica!), la compañía y el auxilio de la hipótesis del paralelismo psicofísico. Y que no se me indague ahora sobre los orígenes y los fundamentos de mi adhesión al hilozoísmo, porque no podría precisarlos. Cuando uno decide creer en la metafísica y adoptar una metafísica en particular, las proposiciones metafísicas le van surgiendo una tras otra, van cayendo como fichas de dominó en nuestra mesa espiritual, y nos ponemos en la tarea de armar el dominó de tal manera que las fichas todas queden encadenadas y que el círculo se cierre. La ciencia, en el sentido verificacionista, falsacionista o predictivo del término, no tiene nada que hacer en este juego, y eso es lo que les molesta a quienes tienen a la ciencia en un pedestal, cual si fuera la piedra de toque para la solución de todos los problemas. La metafísica de cada quien se arma con proposiciones que deben presentar una relación lógica entre sí. Una relación lógica, no una relación empírica. Justamente por eso, por no tener una relación directa con la empiria y sí con la lógica, tienen los sistemas metafísicos mucho mayor interés que los paradigmas de la ciencia. Demostrar, lo que se dice demostrar, no pueden demostrarse los sistemas metafísicos; lo que sí se puede hacer es investigar su consistencia, y la consistencia de mi sistema metafísico me pide aceptar como cierta la hipótesis del paralelismo psicofísico. Pruebas no tengo, pero tengo razones para hacerlo, y las razones siempre me han parecido mucho más interesantes que las demostraciones.



[1] Ya Julián Marías había realizado una crítica similar de la impostura intelectual del Círculo de Viena: “La tesis de que no tiene sentido más que lo empíricamente controlable, ¿es empíricamente controlable? Porque al filósofo que suscribe esa tesis se me ocurre preguntarle: ¿cómo lo sabe usted? Ah, lo sabe por fuentes que en rigor para él no son válidas. Hay un paso o salto a otro género. El filósofo que niega sentido a todo enunciado no empíricamente controlable, está haciendo un enunciado no empíricamente controlable. Si un filósofo se limitara a enunciar sólo tesis empíricamente controlables, estaríamos encantados con él y no habría nada que objetar. Pero si se atreve a dar un paso más y decir que sólo tienen sentido esas tesis, me pregunto cómo lo sabe. Y entonces resultaría que podemos tener respeto por la práctica del que elimina de su filosofía toda referencia al problema de Dios, pero no me sentiría igualmente respetuoso frente al que en nombre de la controlabilidad empírica me lo prohíbe. Si es en nombre de otras cosas, y con buenas razones, está bien; pero si es en nombre de ese criterio, no lo acepto, porque su principio no es empíricamente controlable” (Julián Marías, Sobre el cristianismo, ensayo titulado “La filosofía actual y el ateísmo”).

lunes, 8 de agosto de 2016

La cruzada antimetafísica de Carnap

Las grandes ruedas metafísicas y las más pequeñas epistemológicas tal vez giren mucho más lentamente que las pequeñas ruedas científicas, pero todas ellas son partes orgánicas de nuestro enorme sistema de conocimiento.
Imre Lakatos, Matemáticas, ciencia y epistemología [pp. 169-70]

Según Carnap, cualquier proposición tiene sentido si y solo si tiene contenido fáctico. Y si hablamos de proposiciones científicas, además de contenido fáctico tienen que ser comprobables. La proposición "hay un color rojo que despierta horror al verlo" no es comprobable, ya que, en palabras de Carnap, "no sabemos de qué manera se podría tener una vivencia en que se fundamente dicha proposición" (Pseudoproblemas en la filosofía, p. 27), pero tiene contenido fáctico, pues "podemos imaginar una vivencia semejante y describir sus características". La proposición "en el cuarto contiguo hay una mesa de tres patas", además de tener contenido fáctico, es comprobable, "dado que se puede indicar en qué condiciones [...] ocurrirá una vivencia perceptiva de cierta clase en que se fundamente dicha proposición". Es entonces una proposición de índole científica, más allá de si resulta, luego de la constatación, verdadera o falsa. Por último están las proposiciones del tipo "esta piedra está triste", que ni son comprobables ni tienen contenido fáctico, y por lo tanto carecen de sentido. Pues bien: Carnap afirma que la totalidad de las proposiciones metafísicas pertenecen a este último grupo. Toma como ejemplos las tesis del realismo y del idealismo: A) los objetos que percibo existen en sí mismos (realismo), y B) los objetos que percibo solo existen en mi conciencia (idealismo). Según Carnap, no interesa saber cuál de estas proposiciones es verdadera y cuál falsa; no son ni lo uno ni lo otro, porque "no podemos reconocer que tengan sentido para la ciencia" (ibíd., p. 34). Concuerdo con Carnap en que dichas proposiciones no tienen contenido fáctico y que por lo tanto no tienen sentido para la ciencia, pero eso no significa que no tengan sentido y que no puedan ser o verdaderas o falsas. No puedo demostrar estas tesis ni describir, al modo científico, sus características, pero esos impedimentos no son suficientes, en un sentido lógico, para negar la posibilidad de que una de estas dos proposiciones se verifique en la realidad. Carencia de sentido e indemostrabilidad fáctica no tienen por qué ir de la mano. Incluso el mismo ejemplo que da Carnap, "esta piedra está triste", para mí es claro que constituye un aserto con pleno sentido y que será o bien verdadero, o bien falso, dependiendo de la posibilidad de que las piedras puedan o no entristecerse e independientemente de los medios empíricos con que contemos para determinar la existencia o inexistencia de estos pétreos sentimientos. Porque si no podemos afirmar o negar que tal o cual piedra esté triste, tampoco podemos hacerlo respecto de tal o cual señor que tenemos enfrente y que llora a moco suelto, pues esas lágrimas y esos mocos que percibo no son más que signos de la tristeza que yo, positivamente, no percibo, ni percibe nadie que no sea el señor en cuestión, y entonces su tristeza es incomprobable por medios empíricos. Es incomprobable, dirá Carnap, pero es una proposición con contenido fáctico esta que le atribuye tristeza a este hombre. Ciertamente, y en esto admito que se distingue de la proposición referente a la piedra, porque el hombre manifiesta signos que nos hacen suponer que se emociona, mientras que la piedra no nos los ofrece. Pero estos signos, o la inexistencia de los mismos, no nos inhabilitan para calificar de verdadera o de falsa la proposición, es decir, para afirmar que tiene sentido. La proposición "aquel hombre está triste" puede ser verdadera o falsa. Puede simular que llora y estar de lo más contento. Y la piedra podrá no manifestar signo ninguno de su tristeza y sin embargo estar triste, en cuyo caso la proposición es verdadera, o estar impedida, de acuerdo al concurso de las leyes naturales, de manifestar emoción alguna, por lo que la proposición resultaría falsa. Se puede decir que estas proposiciones no son científicas, que no tienen injerencia en el ámbito de la ciencia, pero no se puede decir que no tengan sentido alguno ni que no merezcan relevancia dentro del vivenciar humano.
"Los objetos que percibo existen en sí mismos" es una proposición metafísica que puede ser verdadera o falsa. Las proposiciones metafísicas son sintéticas y a priori. Sintéticas, porque el predicado no se deduce conceptualmente del sujeto de la oración (en este caso, la existencia en sí de los objetos no se deduce del hecho de que pueda percibirlos), y a priori, porque nada me dice la experiencia que pueda justificar esta sentencia. Pero, a diferencia de lo que opinaba Kant, yo creo que los juicios sintéticos a priori pueden ser falsos, de modo que no estoy cierto de que los objetos existan en sí mismos o no. Todo lo que se puede hacer respecto de las proposiciones metafísicas, puesto que no podemos apoyarlas o refutarlas de manera contundente a través de la experiencia, es considerarlas, arbitrariamente, o bien verdaderas o bien falsas. También puede uno desinteresarse de ellas como se desinteresaba Carnap, pero no puede uno considerarlas como carentes de sentido. Y subrayo arbitrariamente porque nuestra inclinación hacia una u otra proposición metafísica parece una inclinación arbitraria puesto que no podemos fundamentarla con argumentos científicos, pero en muchos casos no lo es. Es arbitraria cuando nuestra inclinación obedece a un deseo mundano, pero en otras ocasiones la que nos sugiere la certeza de una proposición de este tipo es nuestra intuición intelectual. En estos casos, la arbitrariedad desaparece.

Habiendo quedado claro, me parece, que las proposiciones metafísicas tienen sentido, digo ahora también que tienen mucho mayor importancia que las proposiciones científicas, porque es a través de las proposiciones metafísicas que se desenvuelven la cultura y la ética de los pueblos y no a través de las proposiciones científicas, que tan solo circulan por sus periferias. Tomemos el ejemplo de la siguiente proposición metafísica: "Los animales han sido creados para usufructo del hombre". Esta tesis la tomó por verdadera el mundo occidental desde el comienzo del judaísmo hasta nuestros días (aunque en los últimos años ha comenzado a cuestionarse) y ha causado mucho más daño (en el ámbito de la ecología, de la nutrición, de la empatía, del ejercicio físico, etc.) que la invención de la bomba atómica, del gas mostaza, de la picana eléctrica y del glifosato. ¡Mire usted, estimado Rodolfo, si no tienen sentido e injerencia dentro de nuestra cultura las proposiciones metafísicas! Claro está que prefiero, ante esta metafísica perversa, la posición carnapiana de desligarse del problema y mirar para otro lado; pero si se pudiera, en lugar de eliminar la metafísica, purificarla, impidiendo que la gente avale proposiciones falsas para dar paso solo a las verdaderas, las relaciones humanas mejorarían a pasos agigantados. Les guste o no a Carnap y a la mayoría de los actuales epistemólogos, que van queriendo limpiar la teoría del conocimiento de todo vestigio metafísico, les guste o no, las proposiciones metafísicas continúan conformando, para bien o para mal, el corazón y el cerebro de los pueblos, mientras que las proposiciones científicas y sus derivados tecnológicos constituyen, a lo sumo, sus brazos y sus piernas. Los pueblos caminan y operan gracias a la ciencia, pero viven, piensan y sienten a través de la metafísica.

martes, 2 de agosto de 2016

Causalidad y necesidad de según Carnap

Paso ahora al capítulo 20 de la Fundamentación lógica de la física de Carnap. Aquí el autor niega, siguiendo a Hume, que el concepto de causalidad lleve implícito el concepto de necesidad. Que un efecto se produzca a partir de una causa y que esta causa se explicite a través de una o más leyes científicas descubiertas por el hombre no implica que ese efecto deba producirse necesariamente, pues las leyes científicas, dice Carnap, pueden fallar en sus predicciones. Y es claro que las leyes científicas pueden errar en sus predicciones, pero yerran porque son falsas, no porque la causalidad deje de operar en tal o cual momento. Cuando un meteorólogo anuncia lluvias y estas no se producen, no es que la ley de causa y efecto haya quedado en suspenso, sino que los datos empíricos (las condiciones iniciales) y las leyes de la meteorología con que contaba eran falsos o insuficientes. Ya lo he dicho: todas las leyes científicas son falsas y por lo tanto no se puede predecir nada con total seguridad, pero esto no rompe el vínculo indisoluble existente entre los conceptos de causalidad y necesidad. Son falsas las leyes científicas porque siempre admiten excepciones, y admiten excepciones porque sus enunciados, ya sean gramaticales o matemáticos, son finitos. Lo que hay que considerar a la hora de hablar, en sentido filosófico, de la causalidad, no son las leyes científicas que el hombre ha descubierto, sino las leyes naturales, que son las que rigen el mundo, hayan sido o no descubiertas. Estas leyes no admiten excepciones y sus predicciones son totalmente confiables, pero existe un problema: los enunciados que las describen tienen una longitud infinita. Nunca podremos conocer las leyes naturales en su total completitud, no porque no existan, sino porque sus enunciados jamás podrán entrar ni dentro de nuestras cabezas ni dentro de nuestros pizarrones. Son esos enunciados los que implican necesidad, y necesidad lógica, necesidad pura y cristalina. Los enunciados de nuestras imperfectas leyes de la ciencia podrán provocar algún fallido pronóstico e incentivar así la posición humeana según la cual lo único que relaciona las causas con los efectos es la costumbre de observarlos regularmente unidos; manejémonos mejor con leyes naturales cuando hablemos de filosofía y dejemos las leyes de la ciencia a los científicos, que mucho mejor provecho les sacan que el que pueden extraerle los epistemólogos. La ciencia aplicada es imperfecta en su finitud, es barrosa, cenagosa, y la necesidad no se sigue de sus principios con la regularidad que sería de desear; pero esto no invalida la relación causalidad-necesidad, la cual impera sin fisuras no en el ámbito de la ciencia experimental sino en la ciencia a secas, en la Ciencia. Todo es falsedad en los postulados científicos que conocemos; solo hay verdad en la Ciencia. Verdad, causalidad y necesidad. Pero como esta Ciencia es infinita, jamás la conoceremos, a menos que nosotros mismos seamos infinitos.

lunes, 1 de agosto de 2016

El empirismo según Carnap

"El empirismo --dice Carnap-- puede ser definido como el punto de vista según el cual lo sintético a priori no existe" (Fundamentación lógica de la física, cap. 18). Entonces yo paso a engrosar las filas de los empiristas dentro del ámbito de la epistemología, de la fundamentación del conocimiento científico, pero me aparto del empirismo en cuanto ingreso al ámbito de la gnoseología, de la teoría del conocimiento en general, científico y no científico, porque yo creo, a diferencia de Carnap, que la metafísica no es una ilusión y que utiliza en sus aserciones juicios sintéticos a priori.