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lunes, 9 de marzo de 2015

La mujer varonil

Cultivar en las mujeres las cualidades del hombre y descuidar las que les son esencialmente propias, me parece claramente laborar en su detrimento. [...] No es agradable ver a una mujer dividida en dos como una avispa; choca a la mirada y hace sufrir a la imaginación.
Jean-Jacques Rousseau, Emilio o la educación

Ha pasado el día internacional de la mujer. Pero ¿qué es lo que quieren reivindicar las mujeres? Si quieren obtener los mismos derechos políticos, sociales y económicos que los hombres, las apoyo incondicionalmente; si quieren parecerse cada vez más a los hombres en su formación cultural, en su modo de trabajo y en sus ansias expansivas, ¡vuelvan por donde vinieron, señoras y señoritas!
Leo a Otto Weininger: "La necesidad de liberación y equiparación con los hombres sólo se manifiesta en las mujeres varoniles, [...] la mujer como tal no siente la menor necesidad de emanciparse" (Sexo y carácter, primera parte, cap. VI). Según Weininger, todos los hombres tenemos algo de feminidad y todas las mujeres algo de masculinidad, y es de las mujeres más masculinas de donde surgen esos ideales "feministas", porque no es la mujer sino el macho que llevan dentro quien pugna por liberarse. Así, "las mujeres que piden la emancipación por cierta necesidad interna inducen a las restantes la tendencia a adquirir una cultura", y entonces, queriendo imitar a estos híbridos y emprendedores referentes, "surge la moda del estudio entre las mujeres y se fomenta una agitación risible que las lleva creer en una actitud que de ordinario no es otra cosa que un medio de defensa". No hay que poner "ningún obstáculo en el camino de aquellas mujeres cuyas verdaderas necesidades psíquicas [...] las impulsara hacia las ocupaciones masculinas, es decir, de las mujeres con rasgos masculinos", pero debería evitarse, para salvaguardar la salud mental de aquellas mujeres bien femeninas, debería evitarse la epidemia por contagio imitativo que Weininger, hace cien años, ya vislumbraba y que hoy se ha convertido en pandemia, por no decir en endemia. En definitiva, "no es la mujer genuina la que aspira a la emancipación, sino que este movimiento se debe a las mujeres masculinas que interpretan mal su propia naturaleza, y no reconocen los motivos de su acción cuando creen hablar en nombre de la mujer".
Sin embargo, Weininger no cree que tal perturbación social se vuelva endémica. Ha habido, dice, otros movimientos similares en el pasado, uno en el siglo X y otro en los siglos XV y XVI, y ambos perecieron sin dejar secuelas. Sospecha que nos ha tocado vivir dentro de un período evolutivo similar a esos, caracterizado por "un mínimo de gonocorismo" entre los humanos más civilizados. Hoy abundan más que nunca los hombres afeminados, y en compensación también abundan los marimachos, responsables éstos de la expansión del fenómeno tratado. Sorprende leer que a principios del siglo pasado ya se insinuaba el ideal de la mujer alta, esquelética y sin tetas ni culo que ahora es moneda corriente en los desfiles fayon. Según Weininger, el hecho de que un ideal así se imponga es un claro indicio de que los hombres están afeminándose. Sólo a un homosexual bien marica, asumido o no, puede gustarle la mujer tabla. Pero esto pasará. "Entre los animales se ha observado frecuentemente la periodicidad de fenómenos semejantes", es decir, de períodos en los que las formas intersexuales aumentan desmedidamente; luego todo vuelve a estabilizarse. Extrapolar este fenómeno al género humano es intelectualmente arriesgado y Weininger no lo hace, sólo insinúa que tal vez, con alguna probabilidad, esté ocurriendo algo tangencialmente parecido en los países más desarrollados. Esto me huele a embrionaria sociobiología, y a mí el aroma de la sociobiología me fascina. Además, ya he conversado lo suficiente en estos últimos años con innumerables hombres afeminados como para dudar del innegable componente genético que la homosexualidad posee (al menos la homosexualidad pasiva).

La mujer de hoy se queja de que ya no hay hombres. Los hombres están, pero están esperando que la mujer deje de jugar a ser hombre. Entre una mujer que se comporta como hombre y un hombre que se comporta como mujer, algunos prefieren a este último. Un travesti suele ser más femenino, y por ende más sensual, que una taxista.

jueves, 5 de febrero de 2015

La filosofía universitaria según Schopenhauer


Ingenios sórdidos y mercenarios, poco o nada solícitos con relación a la verdad, se contentan con saber según sea estimado comúnmente el saber, poco amigos de la verdadera sabiduría, ansiosos de fama y su reputación, ávidos de aparentar, poco preocupados de ser.
Giordano Bruno, Del infinito, universo y mundo

Lo primero que hago, luego de que los dos gruesos volúmenes de los Parerga y Paralipomena de Schopenhauer cayeran en mis manos (o mejor dicho en mi computadora, puesto que son ediciones virtuales), lo primero que hago es leer el ensayo titulado "Sobre la filosofía de la Universidad" que hace rato venía buscando infructuosamente, porque sé que Schopenhauer es de mi grupo, del grupo de los que entendemos que no es correcto lucrar con la filosofía, entre otras aberraciones más o menos importantes que cometen la mayoría de los profesores de filosofía universitarios. Y me doy de inmediato a la tarea de citar los pasajes que considero más relevantes; por ejemplo este, con el que me siento plenamente identificado, siendo como soy --o como era-- un ratón de biblioteca:

Los que se aman y han nacido el uno para el otro se encuentran fácilmente: las almas afines se saludan ya de lejos. En efecto, a un individuo tal le estimulará más poderosa y eficazmente cualquier libro de un filósofo auténtico que caiga en sus manos de lo que pueda hacerlo la exposición de un filósofo de cátedra (Parerga y Paralipomena, tomo I, 149[1]).

Nuestra sana curiosidad, nuestros ojos ávidos de saber, serán siempre mejores guías que los profesores. Dice también a continuación que "en los institutos se debería leer aplicadamente a Platón, que es el más eficaz medio de estimular el espíritu filosófico", algo que también suscribo, pues a mí me ha sucedido exactamente así. Leer los diálogos platónicos y enamorarme de la filosofía ha sido en mí todo un mismo proceso.
No duda Schopenhauer de que la filosofía universitaria tenga sus ventajas, pero entiende que éstas son superadas

por el perjuicio que ocasiona la filosofía como profesión a la filosofía como libre investigación de la verdad, o la filosofía por encargo del gobierno a la filosofía por encargo de la naturaleza y la humanidad (149).

Tal filosofía por encargo era dirigida, en el siglo XIX, por la Iglesia:

Mientras se mantenga la Iglesia solo se podrá enseñar en las universidades una filosofía de esa clase que, concebida con continua atención a la religión nacional, en lo esencial corra paralela a esta; y por lo tanto —en todo caso con figura enrevesada, extrañamente adornada y así difícil de comprender— en el fondo y en lo principal no sea más que una paráfrasis y apología de la religión nacional (150-1).

Hoy en día esta crítica no corresponde o corresponde poco, puesto que los contenidos universitarios, a excepción de las universidades que dependen de la Iglesia, no son interceptados en forma directa por ella. Pero no por eso cae el comentario de Schopenhauer en saco roto; otras fuerzas ideológicas han llegado en el siglo XX para remplazar aquella influencia: la corriente posmoderna en Europa continental y la analítica del lenguaje en Inglaterra y los Estados Unidos. El dogma cambia, la orientación unívoca permanece.
Un nuevo palo para los profesores a sueldo:

Por lo regular, que sea posible un ahínco tan verdadero y puro en la filosofía ningún hombre puede soñarlo menos que un docente de la misma; al igual que el Papa suele ser el cristiano más incrédulo. Por eso es sumamente infrecuente que un auténtico filósofo haya sido a la vez un docente de la filosofía (151).

Dice "sumamente infrecuente", pero no imposible. Una de las magnas excepciones a esta regla es, para Schopenhauer, Immanuel Kant.
En la época en que Schopenhauer escribía la filosofía universitaria alemana respondía, además de al interés de la Iglesia ya mencionado, también al interés del Estado. Y el mayor apologista del Estado alemán (e, indirectamente, también de la Iglesia alemana según Schopenhauer) era Hegel:

A quien [...] le quede aún alguna duda acerca del espíritu y finalidad de la filosofía universitaria, que contemple el destino de la pseudofilosofía hegeliana. ¿Acaso le ha perjudicado que su pensamiento fundamental fuera la ocurrencia más absurda, un mundo establecido en la cabeza, una bufonada filosófica, que su contenido fuera la más estéril y vacía palabrería que jamás haya satisfecho a las cabezas huecas, y que su exposición en las obras del propio autor sea el galimatías más enojoso y disparatado, y hasta recuerde los delirios de los manicomios? ¡Oh, no, ni en lo mínimo! Antes bien, durante veinte años ha prosperado y se ha hecho lucrativa como la más brillante filosofía de cátedra que alguna vez devengó sueldos y honorarios, y de hecho se ha proclamado en toda Alemania, a través de cientos de libros, como la cumbre de la sabiduría humana finalmente alcanzada (154-5).

Oír cantar a los roncos o ver bailar a los paralíticos es penoso; pero oír a una mente limitada filosofando es insoportable. Para ocultar la carencia de pensamientos reales algunos se montan un imponente aparato de largas palabras compuestas, intrincadas retóricas, periodos interminables, expresiones nuevas e inauditas, todo lo cual junto presenta una jerga todo lo difícil que sea posible y que suene erudita. Sin embargo, con todo eso no dicen nada: uno no recibe ningún pensamiento, no siente incrementado su conocimiento sino que ha de suspirar: «el traqueteo del molino lo oigo, pero no veo la harina»; o también se ve con demasiada claridad qué pobres, vulgares, triviales y burdas opiniones se esconden tras la grandilocuente ampulosidad (169).

Casi todos los jóvenes contemporáneos están tan infectados de hegelianismo como de sífilis; y así como este mal envenena todos los humores, aquel ha echado a perder todas sus capacidades espirituales; de ahí que hoy en día los eruditos más jóvenes sean en su mayoría incapaces de ningún pensamiento sano ni de ninguna expresión natural. En sus cabezas no existe un solo concepto de nada, no ya correcto, sino ni siquiera claro y definido: la confusa y vacía verborrea ha disuelto y confundido su capacidad de pensar (178).

Ya no existe (ni existirá ya nunca más, creo y espero), ni en Alemania ni en ningún otro país, una autoridad filosófica tan indiscutida como lo fue Hegel en su momento. Sin embargo, existen otras pequeñas autoridades, aquí y allá, no totalmente indiscutidas pero sí muy veneradas y a cuya veneración los profesores de filosofía en general contribuyen. Aquí en la Argentina por ejemplo (y creo que en toda Latinoamérica ocurre lo mismo), el gurú filosófico de moda es Nietzsche. Buena cantidad de profesores universitarios se arrodillan ante su altar, y la prosternación, en filosofía, nunca es aconsejable. Porque nadie acepta de buena gana que se destrone a su Dios; y entonces, cuando algún pensador se acerca con una buena nueva que contradice parcial o totalmente los designios de su antecesor, se trata por todos los medios de ocultarlo para que no interrumpa el sagrado ejercicio de la diaria genuflexión:

¡Oh, qué será de ti, mi pobre Juan del desierto, cuando, como es de esperar, lo que tú ofreces no esté concebido conforme a la tácita convención de los señores de la filosofía lucrativa! Te verán como a uno que no ha comprendido el espíritu del juego y amenaza así con estropeárselo a todos; por lo tanto, como su enemigo y adversario común. Aunque lo que tú trajeras fuera la mayor obra maestra del espíritu humano, nunca podría caer en gracia a sus ojos. Pues no estaría concebido ad normam conventionis y por lo tanto no sería de tal clase que pudieran convertirlo en objeto de su exposición de cátedra para también vivir de ello (159).

Sí, vivir de ello, vivir de la filosofía, eso es lo que realmente molesta, pues "las más altas aspiraciones del espíritu humano nunca son compatibles con el lucro: su noble naturaleza no se puede amalgamar con él" (167). Estamos en presencia de "la antigua lucha de los que viven para un asunto con los que viven de él" (160). No se puede amar a Dios y a las riquezas, decía Jesús; análogamente, nosotros decimos que si se vive para la filosofía no se puede vivir de la filosofía (y viceversa).
Dios y las riquezas se oponen; la verdad y el mundo, también:

¿Cómo podría el que busca un honrado sustento para sí, su mujer e hijos, consagrarse al mismo tiempo a la verdad? Una verdad que en todas las épocas ha sido una peligrosa compañera, un huésped mal recibido en todas partes, —y que, probablemente, por eso se la representa desnuda, porque no lleva nada consigo, no tiene nada que repartir sino que quiere ser buscada solo por sí misma. A dos señores tan distintos como el mundo [Welt] y la verdad [Wahrheit], que no tienen nada en común más que las iniciales, no se les puede servir al mismo tiempo: el intento conduce a la hipocresía, al disimulo, a la doblez (163-4).

 Por eso es que

 desde siempre muy pocos filósofos han sido profesores de filosofía y, proporcionalmente, aún menos profesores de filosofía han sido filósofos; por eso se podría decir que, así como los cuerpos idioeléctricos no son conductores de la electricidad, tampoco los filósofos son profesores de filosofía (161).

¿Por qué? Porque el filósofo escapa de la vanidad, mientras que al profesor de filosofía, en la mayoría de los casos, la vanidad es lo que lo mueve a dictar cátedra:

Casi nada obstaculiza más el logro real de conocimientos fundados o profundos, es decir, llegar a ser verdaderamente sabio, que la continua necesidad de parecerlo, el alarde de aparentes conocimientos ante los discípulos ávidos de aprender y el hecho de tener siempre una respuesta preparada para todas las preguntas imaginables (161).

El motivo por el cual Immanuel Kant escapó a este destino, digo, el de no poder ser filósofo siendo profesor, radicó en que "muy sabiamente, mantuvo separados en lo posible el filósofo y el profesor, al no exponer en su cátedra su propia teoría" (162). Y es claro que "la filosofía de Kant habría sido más grandiosa, resuelta, pura y hermosa si no hubiera estado revestida de aquel carácter profesoral" (162). Me permito aquí discrepar con Schopenhauer, y es que no creo que Kant haya sido un filósofo en el sentido en que yo defino esta palabra. Pensador filosófico sí, y de los más insignes, pero no filósofo.
Define Schopenhauer al verdadero filósofo (por ejemplo Platón, Aristóteles, Descartes, Hume, Malebranche, Locke, Spinoza y Kant, según su opinión) como aquel que piensa para sí mismo, en contraposición al profesor, que piensa para otros. Cito el párrafo en su contexto; es un poco extenso, pero de gran vuelo intelectual y poético:

La primera condición de los logros reales y auténticos en la filosofía, como en la poesía y las bellas artes, es una tendencia anómala que, contra la regla de la naturaleza humana, en lugar del afán subjetivo por el bienestar de la propia persona establece uno totalmente objetivo dirigido a una producción ajena a la persona y que, precisamente por eso, con gran acierto es denominado excéntrico y de vez en cuando es también caricaturizado como quijotesco. [...] Tal orientación espiritual es, desde luego, una anomalía sumamente infrecuente pero, precisamente por eso, sus frutos redundan en beneficio de la humanidad en el curso del tiempo; porque, afortunadamente, son de una especie que se puede conservar. Más en concreto: los pensadores se pueden dividir entre los que piensan para sí mismos y los que piensan para otros: estos son la regla; aquellos, la excepción. Los primeros son, por lo tanto, pensadores autónomos por partida doble y egoístas en el más noble sentido de la palabra: solo de ellos recibe enseñanza el mundo. Pues solo la luz que uno mismo se ha encendido ilumina después a los demás; de modo que lo que dice Séneca en sentido moral: "Es preciso que vivas para otro si quieres vivir para ti mismo", vale de él a la inversa en sentido intelectual: "Es preciso que pienses para ti si quieres haber pensado para todos" (162-3).

Reporta el profesor de filosofía cierta utilidad, pero los perjuicios que acarrea a los alumnos pesan más en la balanza, y

hasta me inclino cada vez más a opinar que sería más provechoso para la filosofía que dejara de ser un oficio y no volviera a aparecer en la vida civil representada por profesores. Es una planta que, como la rosa de los Alpes y las flores de los despeñaderos, solo crece al aire libre de la montaña y, por el contrario, degenera con los cuidados artificiales (167).

El profesor universitario, lo sepa o no lo sepa su conciencia ordinaria, ha perdido, debido a las fuerzas externas que operan sobre su pensamiento, la imparcialidad propia del librepensador, y

para rendir tributo incondicional a la verdad, para filosofar realmente, a las muchas condiciones se añade inexcusablemente la de ser independiente y no conocer ningún señor [...]. Al menos, la mayoría de aquellos que produjeron algo grande en la filosofía se hallaron en ese caso. Spinoza fue tan claramente consciente del tema, que precisamente por ello rehusó la plaza de profesor que le ofrecieron (206).

Protestan los catedráticos afirmando que si no se cobrase dinero por impartir conocimientos, la filosofía sería enseñada, y los libros de filosofía escritos, solamente por personas económicamente acomodadas, como era el caso del propio Schopenhauer. Sin embargo, "el auténtico filósofo es por naturaleza un ser frugal y no necesita mucho para vivir con independencia" (207); este filósofo austero podría obsequiar sus conocimientos gratuitamente y luego mendigar su sustento diario, tal como lo hacía Sócrates, o tener otra actividad remunerativa paralela y escribir sus libros sin intención de lucro, tal como lo hacía Spinoza. No hay, pues, excusas honorables que le permitan al pensador filosófico lucrar alegremente con sus conocimientos:

Yo sería partidario de que la filosofía dejara de ser una profesión: el carácter sublime de su afán no es compatible con eso, como lo supieron ya los antiguos. No es en absoluto necesario que en cada universidad se mantengan unos cuantos charlatanes triviales para quitar a los jóvenes de por vida las ganas de toda filosofía (207).

Y cita en su apoyo a Voltaire:

Las personas letradas que mayor servicio han prestado al escaso número de seres pensantes repartidos por el mundo son los eruditos aislados, los verdaderos sabios, encerrados en sus gabinetes, que no han argumentado en las bancas de la universidad ni han dicho cosas en mitad de las academias: y esos han sido casi siempre perseguidos (Diccionario filosófico, artículo "letras, gentes de letras").

Concluye Schopenhauer que

toda ayuda que se ofrece a la filosofía desde fuera es por naturaleza sospechosa. Pues el interés de aquella es de clase demasiado elevada como para que pudiera entablar una franca relación con este mundo de bajos sentimientos. En cambio, ella tiene su propio norte que nunca se oculta. Por eso, dejémosla en libertad sin ayudas pero también sin obstáculos; y no demos al serio peregrino consagrado y dotado por la naturaleza, en su camino al elevado templo de la verdad, un compañero al que en realidad no le importa más que un buen alojamiento y una buena cena: pues es de preocupar que, a fin de desviarse en dirección a estos, ponga a aquel un obstáculo en el camino (208).

Esto no significa que tengan que cerrar las universidades. Lo ideal sería que se siguiese dictando cátedra, pero bajo los siguientes lineamientos:

Teniendo en cuenta únicamente el interés de la filosofía, considero deseable que toda la enseñanza de esta en las universidades se limite estrictamente a la exposición de la lógica en cuanto ciencia cerrada y estrictamente demostrable, y a una historia de la filosofía desde Tales hasta Kant, que se explique completamente succincte y se curse en un semestre, a fin de que, debido a su brevedad y carácter sinóptico, deje el menor lugar posible a las opiniones propias del señor profesor y se presente simplemente como guía de un futuro estudio personal (208).

Así, los futuros pensadores egresarían prestamente de la universidad, y no saturados de dudosos conocimientos, sino ávidos de los esenciales a la naturaleza de un filósofo y munidos de las herramientas apropiadas para su disección. El autodidacta ya no disparataría tanto, y el profesor ganaría en humildad. ¿Que hay alumnos que necesitan más de un semestre para comprender la lógica y asimilar la historia de la filosofía? No, no los hay. Ese semestre constituirá un filtro que decantará a las personas que nacieron para la filosofía de aquellas otras que no están capacitadas para la empresa. No se puede pedir a la universidad que forme como filósofo a una persona que no tiene pasta para ello. El objetivo actual de la universidad --cuyo deseo es que desborden las aulas-- es propagandear la tabula rasa y afirmar con toda soltura que cualquiera puede llegar a ser un buen filósofo si estudia, se lo propone con convicción y sus profesores lo auxilian. ¡Craso error! No se puede sacar aceite de las piedras. Muchos son llamados, pero pocos son escogidos.

Los señores tienen, desde luego, buenas razones para atribuir lo máximo posible a la educación y la instrucción; e incluso, como realmente hacen algunos, para negar por completo los talentos innatos y atrincherarse por todos los medios contra la verdad de que todo depende de cómo uno haya salido de las manos de la naturaleza, qué padre le ha engendrado y qué madre lo ha concebido, y hasta a qué hora; por eso uno no escribirá ninguna Ilíada si ha tenido por madre una gansa y por padre un pasmarote; tampoco aunque estudie en seis universidades. Sin embargo, no es de otro modo: la naturaleza es aristocrática (209).

Siempre se ha dicho, y creo que con justa razón en la mayoría de los casos, que los críticos literarios son escritores frustrados, escritores sin talento. Resta decir ahora que los profesores de filosofía suelen ser filósofos frustrados, personas que creían poder llegar a comprender el entramado del mundo de manera más o menos competente y, al no darles la cabeza para tanto, se han tragado como pudieron los seis años de la licenciatura y se han conformado con ser profesores, vale decir, críticos filosóficos. El que nace para pito...
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[1] La numeración corresponde a la nomenclatura erudita de los Parerga y Paralipomena.

domingo, 4 de enero de 2015

Los dos grandes resortes de la ética

La clarividencia de un hombre que supo ver los dos resortes más poderosos que activan el comportamiento humano:

... Dejando, pues, todos los libros científicos, que sólo nos enseñan a ver a los hombres tal como ellos se han ido formando, y meditando sobre las primeras y las más simples operaciones del alma humana, creo advertir dos principios anteriores a la razón, uno de los cuales nos interesa vivamente para nuestro bienestar y el otro nos inspira una repugnancia natural si vemos sufrir o perecer a cualquier ser sensible, principalmente a nuestros semejantes (Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres).


Pero no los vio del todo claramente. Porque el impulso que "nos interesa vivamente para nuestro bienestar", y que Rousseau confunde con el instinto, no es anterior a la razón: es la razón misma --la razón práctica-- la que trabaja de esa manera. El instinto sí es anterior a la razón, pero el instinto no procura el bienestar del individuo que bajo su influjo actúa sino el bienestar de la especie a la que representa (aunque, desde luego, procurando el bienestar de la especie suele procurarse también su propio bienestar). El otro impulso que menciona Rousseau, el de la compasión, es el que se presenta cuando lo que se percibe de un suceso es un valor en peligro de desaparecer y no un cálculo de intereses, y no es la compasión en sí la que mueve la conducta (puesto que las emociones no tienen este poder), sino la respuesta volitiva a ese valor percibido. Pero estas aclaraciones más bien técnicas no opacan el mérito del ginebrino, que ya en el siglo XVIII descubrió que la ética se bandea entre estas dos opciones: el interés propio y el auxilio hacia los más necesitados. Faltole descubrir que al interés propio lo mueve la razón y solo la razón, y que al auxiliador no lo mueve la compasión sino los valores éticos que posee y a los cuales la compasión solamente colorea y acompaña.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Determinismo y libre albedrío, izquierda y derecha

Terminé hace pocas horas la lectura de un ensayo de Ted Honderich intitulado ¿Hasta qué punto somos libres? Este pensador, al igual que yo, es un decidido --aunque no dogmático-- determinista, y se queja (al igual que yo) de carecer de prosélitos en ese sentido: "Nadie o prácticamente nadie cree en el determinismo. Va contra la gran tradición de nuestra cultura. Somos prisioneros de ésta, estamos encadenados por formas heredadas de enfocar las cosas" (ibíd., cap. 9, p. 154). Así estamos, Ted, y no hay mucho que podamos hacer al respecto. Pero no nos quejemos tanto, que uno no hace filosofía para juntar prosélitos, sino para llegar a la verdad. Si llegamos a tocar la verdad, a hacerle cosquillas por lo menos, los prosélitos, antes o más bien después de nuestra muerte, nos vendrán por añadidura.
Lo más interesante del ensayo de Honderich está sobre el final, en el último capítulo, intitulado "Castigo y más". Coincide el autor conmigo en que un determinista consecuente debe, si no aborrecer el castigo hacia los delincuentes, al menos batallar por la mitigación de sus consecuencias, por eso de no creer responsables de sus acciones a las personas, criminales incluidos. Y entonces qué dice, dice que nuestro aparato judicial y legislativo presupone desde siempre la existencia del libre albedrío, y que si algún día se refutase bien refutada esta noción, estas instituciones se verían obligadas a modificar sus estamentos de raíz. Y concluye su ensayo, ya metiéndose de lleno en terreno político, con una sugerencia interesante, la de que la izquierda estaría mucho más capacitada que la derecha para realizar estas modificaciones que implicaría el desfase de la doctrina del libre albedrío para dar lugar, primero, a una duda razonable que hoy no parece existir en la cabeza de los jueces, y luego, a una sospecha firme de la inquebrantabilidad del determinismo dentro del universo fenomenológico:

¿Es la izquierda menos dada a las ideas de escarmiento individual y más dada a ideas sobre necesidades individuales? ¿Es en tal caso menos dada a actitudes y medidas políticas que contengan elementos que presuponen el libre albedrío? Se diría que sí. Si es cierto, ¿consistirá parte de la respuesta reafirmativa en acercarse políticamente a la izquierda? Que el lector responda por sí solo a esta estimulante pregunta (ibíd., párrafo final del libro).

Que el lector responda, dice Honderich, aunque él, implícitamente, ya respondió, y respondió que sí. Y yo hago lo mismo.
Pero ya escucho la procesión de los partidarios del libre albedrío (o de la libre voluntad, en el caso de los albedristas ateos o agnósticos que no quieren identificarse con una doctrina que huele a religión), ya me parece oír el vozarrón mancomunado, con Emanuel Kant a la cabeza como socio fundador del grupo, al grito de "¡sin autonomía de la voluntad la moral se derrumba!". ¿La moral se derrumba? ¿Qué moral? Permítaseme citar aquí, puesto que nos estamos mancomunando en grupos antagónicos, a otro fervoroso determinista --mucho más dogmático que nosotros--, a Ludwig Büchner:

Una sociedad que permite morir de hambre a los hombres en el dintel de casas que rebosan abundancia; una sociedad cuya fuerza consiste sólo en que el fuerte oprima y explote al débil, no tiene derecho a quejarse de que las ciencias naturales derroquen los fundamentos de su moral (Fuerza y materia, p. 250).


¿No será que la doctrina del libre albedrío conviene a estos fuertes que oprimen a los débiles, a estos propietarios de caseríos que rebosan abundancia? ¿No será que la derecha, por decirlo de una manera seca, fogonea este sentimiento interno de autonomía individual porque conjetura que el determinismo, que la idea del determinismo, de hacerse popular, conspiraría en favor de la igualdad jurídica y económica de las personas? La moral del mundo, estimados partidarios de la libre voluntad o como quieran llamarla, la moral del mundo permanecerá estancada en este charco fétido en el que ahora se debate... hasta tanto no se forme una masa crítica de hombres y mujeres que crean en el determinismo. Porque como dice Büchner en la p. 251 del libro antecitado: "¡La verdad está por cima de todas las cosas divinas y humanas, y no hay razones bastante poderosas para rechazarla!"

martes, 18 de noviembre de 2014

La caída del muro de Berlín

Se cumplieron hace unos días 25 años de la caída del muro de Berlín. No sé qué significó, o qué consecuencias trajo este acontecimiento para el país que se tomó el trabajo de construirlo y luego de demolerlo, pero para nosotros, los "tercermundistas" (que así nos llamaban en aquella época), la caída del muro trajo consecuencias nefastas. Sí, porque la Unión Soviética oficiaba de contrapeso al capitalismo norteamericano, y una vez disuelta, el ideal capitalista mutó en capitalismo salvaje, como lo sabemos bien de sobra nosotros los argentinos y los demás habitantes de Sudamérica, que pasamos una década --la del 90-- a puro ajuste, a puro despido y a pura miseria. No estoy diciendo que tal comunismo soviético era bueno, simplemente digo que era un contrapeso. Siempre es mejor, en política, que haya dos ideales nefastos y no uno; eso mantiene las cosas en un relativo equilibrio. Hoy día, el sube y baja está desbalanceado, porque el gordo comunista se levantó y se fue y lo dejó solo al gordo capitalista, al tío Sam. Y nosotros, que nos balanceábamos entre medio de ellos, caemos ahora, por pura gravedad, en las fauces del capitalismo, y a punto está el gordo de comernos crudos.

¡Contrapeso, contrapeso necesita el mundo! 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Los fragmentos de Novalis

Soñamos viajes a través del Universo, pero ¿no está el Universo dentro de nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia dentro va el camino misterioso. En ninguna parte sino dentro de nosotros, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el porvenir.
Friedrich von Hardenberg (Novalis), Fragmentos, p. 29

Primero, conocernos a nosotros mismos; después, conocer a los demás seres vivos; por último, conocer el universo. He ahí mi orden de prioridades.

Los dolores deben ser soportables por el solo hecho de ser nosotros mismos los que los originamos, pues no sufrimos más que en la medida en que somos activos en el sufrir.
Ibíd., p. 30

El dolor es una de las dos características que distinguen a los seres superiores de los inferiores: el gusano sufre, la piedra no. Del mismo modo, cuanto mayor grado de perfección alcance un ser, más agudos serán sus dolores: el hombre sufre mucho más agudamente que el gusano. Según esta progresión, cuanto más agudamente sufra un hombre, más evolucionado será. Claro que a los dolores agudos inexorablemente los sucede la otra característica inherente a los seres superiores: la capacidad de experimentar agudos placeres. Es posible que el síndrome maniacodepresivo, que la psiquiatría contemporánea considera una enfermedad, sea el estado espiritual más elevado de todos cuantos el hombre pueda registrar.

A la humanidad le toca desempeñar un papel humorístico.
Ibíd., p. 31

El amor y el humor: si no somos capaces de percibirlos y ofrecerlos, no somos personas.

La propiedad, según nuestro concepto jurídico, es sólo una noción positiva, es decir, una noción que cesará tan pronto como cese el estado de barbarie. El derecho positivo tiene que tener fundamentos positivos a priori. Propiedad es aquello que nos da la posibilidad de exteriorizar nuestra libertad en el mundo de los sentidos.
Novalis, Fragmentos, pp. 34-5
Quien percibe la vida más allá de lo que le dictan los sentidos no necesita de la propiedad para sentirse libre.

El poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio.
Ibíd., p. 40

Aquí mi amigo Novalis, según me parece, se confunde, y esta confusión asoma mucho más al leer otro fragmento de la misma página:

El poeta ordena, reúne, escoge, inventa --y a él mismo se le escapa por qué lo hace, exactamente, de esta y no de otra manera.

Si el poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio, ¿por qué se le escapa ese "por qué" que al sabio nunca se le escaparía?[1] La confusión viene de unificar en el concepto de "poeta" a dos entidades distintas. En el primer fragmento Novalis se refiere a lo que yo llamo "poeta centrípeto", mientras que en el segundo hace alusión al "poeta centrífugo". Poeta centrípeto es todo ser capaz de percibir la poesía que hay detrás de cualquier forma física o mental; estos seres sí es posible que comprendan la naturaleza mejor que el sabio. El poeta centrífugo, en cambio, se caracteriza no por saber percibir la poesía sino por tener el don de facilitarles esta percepción a otros mediante la contemplación de su arte. Poeta centrípeto es el místico, poeta centrífugo es el artista. El poeta centrípeto lo es si y sólo si además es asceta; el poeta centrífugo lo es por motivos que se desconocen, y es indiferente a su poder artístico el hecho de que sea un asceta o un canalla. Puede haber poetas que sean capaces de desarrollar estas dos facultades a la vez --San Juan de la Cruz, William Blake o Xul Solar serían quizás algunos ejemplos-- , pero lo más frecuente es que los místicos no tengan la habilidad de canalizar hacia el exterior sus visiones, y que los artistas no tengan la capacidad moral necesaria como para ser, además de transmisores, receptores[2].

La poesía es una parte de la técnica filosófica.
ibíd., p. 41

Es la famosa retórica, la misma que tantos pensadores (Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Spinoza) desdeñaron por convicción o por incapacidad --más frecuentemente por ésta que por aquélla-- y que tan indispensable se hace a la hora de que la gente se interese por la filosofía. Pero guarda el hilo, que la retórica es una parte de la filosofía, y por lo tanto debe estar subordinada a las ideas. Un ejemplo hermosísimo de dicha subordinación se nota en los diálogos de Platón; un ejemplo pantanoso de retóricas que se independizan de la razón --que ya no son retóricas sino sofismas-- lo sufrimos en Nietzsche.

La medicina tiene que llegar a ser algo muy distinto de lo que hoy es: ciencia del arte de vivir y ciencia natural de la vida.
Ibíd., p. 43

Lo será cuando los médicos sean, además de médicos, y antes que médicos, filósofos, tal como lo era Hipócrates.

Nuestras enfermedades son todas fenómenos de una sensibilidad más elevada, que quisieran transformarse en fuerzas superiores.
Ibíd., p. 46

Y lo logran, cuando atacan a la gente moralmente sana.

El sueño es un estado mixto del cuerpo y del alma. En él están ambos químicamente ligados; esparcida el alma homogéneamente por el cuerpo todo, el hombre se haya neutralizado. La vigilia es un estado de escisión, un estado extremo, en el que el alma se halla cercada, localizada.
Ibíd., p. 49

En los sueños, mientras nuestra conciencia delira, nuestro inconsciente se nutre con la Realidad misma. Según creo, las verdaderas visiones interiores se dan mientras dormimos.

Hay que separar a Dios de la Naturaleza. Dios no tiene nada que ver con ella. Él es la meta de la naturaleza, aquello con lo cual tendrá un día ésta que armonizarse.
Ibíd., p. 52

Dios es la naturaleza en sí, la naturaleza sublimada.

Todo lo que llamamos azar proviene de Dios.
Ibíd., p. 52

Azar, al revés, se lee "raza". Las razas que piensan al revés creen en el azar.

¿Por qué no tenemos un sentido eléctrico o magnético?
Ibíd., de. 58

Lo tenemos, sólo que no acertamos a descubrir su funcionamiento.

Un instinto absoluto de perfección e integridad es una enfermedad tan pronto como se muestre destructor y nocivo para lo que es imperfecto e incompleto.
Ibíd., p. 59

Un ser superior que se muestra intolerante con los inferiores, es un ser inferior.

La verdad es un error total como la salud una enfermedad también total.
Ibíd., p. 59

Las paralelas se juntan en el punto impropio del plano. Hay otras tantas definiciones de este genio de las letras que acabo de descubrir llamado Novalis que me gustaría transcribir, pero esta vez lo haré sin comentario posterior ninguno que arruine la belleza de la frase:

Hay que estar orgulloso del dolor; cada dolor es un recuerdo de nuestro alto rango (p. 30).

No sólo la facultad de reflexión funda la teoría. Pensar, sentir y contemplar hacen una sola cosa (p. 38).

La separación entre el poeta y el pensador es sólo aparente y desventajosa para ambos. Es indicio de enfermedad y de constitución enfermiza (p. 39).

El pensador sabe hacer, de cada cosa, el todo. El filósofo se vuelve poeta. El poeta representa sólo el grado más sublime del pensador o de aquel que en vez de pensar, siente. (p. 44).

Las enfermedades son un objeto sumamente importante para la humanidad, pues es su número tan inmenso y tan grande la lucha que cada hombre tiene que sostener con ellas. Todavía conocemos de una manera muy incompleta el arte de ponerlas a nuestro servicio. Es probable que sean el estímulo y el objeto más interesante de nuestra reflexión y de nuestra actividad. De seguro se podrán obtener en este terreno frutos infinitos, especialmente, a lo que me parece, en el intelectual, en el moral, en el religioso y no sé qué campo maravilloso más. ¿Llegaré a ser el profeta de esta arte? (pp. 45-6).

Dormir es digerir las impresiones sensitivas. Los sueños son excreciones; se originan por el movimiento peristáltico del cerebro (p. 49).

La fe es la sensación del saber; la idea es el saber de la sensación; el pensamiento, el pensar, predominan en el saber, como el sentir en la fe (p. 51).

Nos imaginamos a Dios de una manera personal, como también nos figuramos nosotros mismos de esta manera. Dios es tan absolutamente personal e individual como nosotros --pues lo que llamamos nuestro yo no es verdaderamente nuestro, sino su reflejo (p. 52).

Dios quiere dioses (p. 52).

Hay que buscar a Dios entre los mortales. El espíritu del cielo se revela del modo más nítido en los sucesos humanos, en nuestros pensamientos y en nuestros sentires (p. 53).

Amor absoluto, independientemente del corazón, fundado en la fe, esto es religión (p. 55).

Generalmente se comprende mejor lo artificial que lo natural. Hace falta más genio, pero menos talento para lo sencillo que para lo complicado (p. 60).

Fragmentos de esta clase son semillas literarias. Bien puede ser que se encuentre entre ellas algún grano vacío, ¿pero qué importa si una nos prende? (P19).



[1] (Nota añadida el 21/8/14.) Ya platón había comprendido tempranamente que los poetas son poetas a pesar suyo: "Respecto a los poetas me di cuenta, en poco tiempo, de que no hacían por sabiduría lo que hacían, sino por ciertas dotes naturales y en estado de inspiración como los adivinos y los que recitan los oráculos. En efecto, también éstos dicen muchas cosas hermosas, pero no saben nada de lo que dicen (Apología de Sócrates, 22b-c).
[2] (Nota añadida el 24/5/4.) Ensayista escocés Thomas Carlyle fue uno de los tantos que negó esta teoría: "En un poeta digno de ese nombre, las facultades del intelecto están entretejidas de modo indisoluble con los sentimientos morales, y el ejercicio de su arte no depende más de la perfección del uno que de los otros. El poeta que no sienta de un modo tan noble como apasionado, no logrará nunca de modo duradero hacer sentir a los demás. [...] por fortuna, el deleite en los productos de la razón y de la imaginación apenas puede separarse de, cuando menos, el amor a la virtud y a la auténtica grandeza" (Vida de Schiller, pp. 153-4). Puede que el poeta centrífugo ame la virtud tan apasionadamente como el poeta centrípeto; lo que sucede es que, a diferencia del centrípeto, el poeta centrífugo suele tener una idea muy peregrina de lo que la virtud sea. Un poeta puede amar hasta el delirio a la virtud, pero si este hombre --poeta, pero no pensador-- supone que la virtud no está reñida con la opulencia, tendremos como resultado un poeta rico, o sea un poeta inmoral. ¿Y alguien sería capaz de restar méritos a la poesía de un Shakespeare o un Goethe, dos de los más grandes poetas que hayan existido jamás (a mí no me consta, pero lo dicen "los que saben") y que han sido, a la vez, dos grandes bellacos, "amantes" de la virtud en teoría y amantes de las riquezas en la práctica? Y la historia del arte confirma que muy pocos poetas tuvieron más escrúpulos que ellos a la hora de repartir sus ganancias.

viernes, 24 de octubre de 2014

Benjamín Franklin y la conveniencia de afeitarse uno mismo

Continúo con Franklin, y con un pensamiento suyo al que suscribo:

La felicidad humana no se debe tanto a los grandes acontecimientos afortunados que raramente suceden, como a las pequeñas ventajas que se presentan cada día. De manera que si se enseña a un pobre joven a afeitarse por sí mismo y a tener su navaja en buen estado, se contribuye más a su felicidad que regalándole mil guineas. El dinero puede gastarse pronto y quedar sólo el remordimiento de haberlo gastado tontamente, pero en el otro caso se libra de la frecuente molestia de esperar a los barberos y de soportar sus dedos a veces sucios, su aliento maloliente y sus navajas sin filo; se afeita cuando más le conviene y goza del placer diario de hacerlo con un buen instrumento (Autobiografía, p. 161).

Y combino esta reflexión con este aforismo de Lichtenberg:

La pregunta: "¿Debe filosofar uno mismo?" Ha de ser contestada, paréceme, en la misma forma que otra semejante: "¿Debe uno afeitarse solo?" Si alguien me preguntara, contestaría así: "Si uno sabe hacerlo bien, es una gran cosa". Está bien, creo, que alguien intente aprender a hacerlo solo, pero que por nada haga los primeros ensayos en su propia garganta. ¡Actúa como ya antes de ti han actuado los más sabios, y no hagas el comienzo de tus prácticas filosóficas en lugares donde un error puede ponerte en manos del verdugo!

Hoy en día ya escasean los barberos de profesión, pero abundan como nunca los sofistas, los profesionales de la filosofía. Es uno de mis grandes objetivos el coadyuvar para que amengüen estos tal como aquellos amenguaron, que cada persona pueda filosofar por sí misma sin poner por ello en peligro su gaznate.

Una prestobarba filosófica, así me veo.

sábado, 18 de octubre de 2014

La receta para la perfección moral según Benjamín Franklin

Refiere Benjamín Franklin en su Autobiografía (pp. 102-3) que alrededor del año 1726 se propuso

el audaz y arduo proyecto de llegar a la perfección moral. Deseaba vivir sin cometer en ningún momento ninguna falta; dominaría todo aquello a que pudieran conducirme las inclinaciones naturales, las costumbres o las amistades. Puesto que sabía, o creía saber, lo que era bueno y lo que era malo, no veía por qué no habría de poder siempre hacer lo uno y evitar lo otro. Pero pronto comprendí que había emprendido una tarea más difícil de lo que me imaginaba.

La empresa era en realidad titánica, pero con ayuda del hábito --supuso Franklin-- podría llegar a buen puerto. A tal efecto ideó una tabla con las virtudes que consideró las más sublimes, las propias de un santo con todas las letras, y se propuso llevarlas a la práctica, pero no todas a la vez, puesto que conocía sus debilidades, sino de una en una, para irlas dominando poco a poco, como quien tiene que pelear contra muchos sujetos y, al saberse derrotado si la emprenden todos juntos contra él, les sugiere que vayan pasando de a uno, que de a uno en fila no tendrá problema en despacharlos. Consideró entonces que si a cada virtud le dedicaba una semana completa, olvidándose hasta cierto punto de las otras y centrándose en esta única para llevarla a la práctica sin fisuras, repitiendo este procedimiento en la siguiente semana con la siguiente virtud, y así con todas, cuando finalizase la prueba sería, a fuerza del hábito, una mejor persona. Con una sola de estas series, claro está, no llegaría ni por asomo a la perfección en cada rubro, por lo que se propuso realizar esta prueba varias veces al año al principio, y luego, ya más cansado del ejercicio, consideró que una vez por año sería suficiente. Dice Franklin:

Empecé la ejecución de ese plan de autoexamen y lo continué, con ocasionales interrupciones, durante algún tiempo. Me sorprendió encontrarme mucho más lleno de faltas de lo que había imaginado, pero tuve la satisfacción de verlas disminuir. [...] en total, aunque no llegué nunca a la perfección que había ambicionado, ni mucho menos, gracias a aquel empeño me convertí en un hombre mejor y más feliz de lo que hubiera sido si no lo hubiera intentado (ibíd., pp. 110 a 112).

Las virtudes que supuso Franklin eran las más apropiadas para, luego de dominarlas, llegar a ser una excelente persona de bien, eran trece, y se propuso practicarlas en el siguiente orden:

1. Templanza (no comer hasta el hartazgo; no beber hasta la exaltación)
2. Silencio (no decir más que lo que puede beneficiar a los otros o a ti mismo; evitar las conversaciones frívolas)
3. Orden (que cada una de tus cosas tenga su lugar; que cada parte de tu trabajo tenga su hora)
4. Resolución (resuelve realizar lo que debas; realiza sin falta lo que resuelvas)
5. Frugalidad (no gastes más que para hacer bien a los otros o a ti mismo; por ejemplo, no desperdicies nada)
6. Laboriosidad (no perder tiempo; estar siempre ocupado en algo útil; suprimir todas las acciones innecesarias)
7. Sinceridad (no valerse de engaños perjudiciales; pensar con inocencia y justicia; si hablas, habla de acuerdo con eso)
8. Justicia (no hagas mal a nadie ni dejes de hacer el bien a que estés obligado)
9. Moderación (evitar los extremos; evitar resentirse de las injurias recibidas tanto como se crea que lo merecen)
10. Limpieza (no toleres la suciedad en el cuerpo, las ropas y la habitación)
11. Tranquilidad (no te perturbes por nimiedades ni por accidentes comunes o inevitables)
12. Castidad (usa raramente del sexo, excepto para la salud o la procreación, nunca hasta el embotamiento y la debilidad, o en perjuicio de tu paz o reputación, o de las de otra persona)
13. Humildad (imitar a Jesús y a Sócrates)


No ha sido Benjamín Franklin, según mi modesto entender, un modelo de perfección humana ni mucho menos. Su abultado abdomen, que es prueba fiel de que no ha sabido dominar la primera de sus magnas virtudes; su abultado capital bancario en un país que por entonces tenía gran parte de su población sumida en la pobreza o la indigencia; sus persecuciones a los indios norteamericanos, las matanzas que en parte gracias a él se perpetraron, todo esto me hace suponer que no les llegó, ni a Jesús ni a Sócrates, ni siquiera hasta la uña del dedo meñique del pie izquierdo. Sin embargo, su sistema de progreso moral es digno de mención, y no solo de mención sino de imitación también, porque al fin y al cabo me parece que no le ha errado tanto Franklin en la selección de virtudes --si bien se le han quedado en el tintero unas cuantas, y no de las menos importantes. Y como yo soy, al igual que lo era Gandhi, una persona a la que le fascina realizar experimentos con la verdad, me propongo experimentar con este método frankliniano de progreso moral tal como él lo aconsejó, de a trocitos, semana por semana, para ir creando el hábito, dándole entonces la derecha por un momento al compañero Aristóteles, que afirmó en su Ética nicomaquea (ll, 6) que la virtud podía incrementarse a través de la práctica cotidiana. Comenzaré la prueba mañana mismo (respetando el mismo orden que Franklin dimensionó) con una semana entera dedicada a la templanza (definida como la definía Franklin, moderación en el comer y en el beber). Teniendo en cuenta mi proverbial habitualidad a las pruebas dietéticas restrictivas, supongo que será una de las semanas más sencillas del raid moral que estoy a punto de comenzar. ¡Recen por mí!

lunes, 13 de octubre de 2014

Malo por naturaleza

Como en una reunión hubiese colegido muchos vicios contra él Zopiro, que se jactaba de percibir el carácter de cualquiera con base en la fisonomía, se rieron de él los demás que no reconocían en Sócrates aquellos vicios; pero fue confortado por Sócrates mismo, pues dijo que aquéllos habían estado innatos en él, pero que los había alejado de sí con ayuda de la razón.
Cicerón, Disputas tusculanas, libro IV, cap. XXXVII, secc. 80


Cosas que hacía yo cuando niño: inyectaba a las gatas peludas con DDT para observar cómo se retorcían, o las asaba a la parrilla, o aún peor, encerraba a los sapos en una mantequera, los enterraba en ella y al día siguiente los desenterraba para confirmar su deceso. Sin duda el gen de la maldad me ha venido de fábrica --porque mi entorno jamás me ha incentivado a realizar tales actos--, y por ello debo estar bien alerta si es que pretendo mejorar mi carácter.

sábado, 4 de octubre de 2014

La elección suprema

El hombre tiene que elegir entre Dios y las riquezas. Esta es la eternamente inmutable circunstancia de la elección, no hay ninguna escapatoria, ni la habrá en toda la eternidad.
Sören Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo

Este mi alejamiento del mundo y de los afectos se deriva, principalmente, de mi por ahora modesto (¡y todavía incipiente!) desdén por las posesiones. Aquel que poco posee, poco es, se creyó siempre y se cree más ahora, y entonces yo quedo de lado. Pero esto ¿es tan así? ¿Es la posesión una condición sine qua non para el florecimiento de la espiritualidad?
Escuchemos, una vez más, a don Miguel de Unamuno:

La autoridad no puede fundarse sólidamente sino sobre la propiedad. [...] en efecto, la autoridad real, la autoridad oficial --y esta autoridad no desaparece, sino más bien se corrobora, en el estado socialista, según Marx, donde las cosas, los intereses, aunque sean los colectivos, gobiernan--, esa autoridad se basa en la propiedad, sea individual, sea colectiva, pero hay otra autoridad, la autoridad personal, la que tiene un sabio, un artista, un héroe, un apóstol, un santo, que no se basa en la propiedad, sino en el espíritu. A esta otra autoridad solemos llamar prestigio. Y no suelen ser los más autoritarios los más prestigiosos.
El hombre es un hijo de la tierra que aspira al cielo --sea cual fuere éste--, un hijo de la materia que tiende al espíritu, un hijo del interés que va a la idea. Se apoya en la propiedad para lograr personalidad, y sin aquélla no puede llegar a adquirir ésta.
La propiedad empieza por ser parte de nuestra persona. El hombre que no poseyera nada, un instrumento útil o cualquiera, aunque sólo fuese un palo, ni se poseería a sí mismo, es decir, no sería hombre. La palanca, el hacha, el azadón, la paleta, son una prolongación de la mano, una parte de la persona.
[...]
Tal es el concepto real de la personalidad, y del que ni podemos ni debemos prescindir. En él toma la personalidad origen. Y el sentido de continuidad, es decir, el sentido conservador, hace que ese concepto realístico de la personalidad humana persista. Pero si en él toma la personalidad origen es para elevarse sobre él. El triunfo supremo del hombre sería sobreponerse a la tierra y a la propiedad, dominarla ("La humanidad y los vivos", ensayo incluido en De esto y de aquello, tomo I, pp. 291-2).

"El hombre que no poseyera nada --dice don Miguel--, aunque sólo fuese un palo, ni se poseería a sí mismo, es decir, no sería hombre". Aquí hay un error, según me parece. No sería hombre si no utilizara ningún instrumento o herramienta, pero utilizar no es lo mismo que poseer. Yo puedo utilizar cosas, valerme de ellas, y sin embargo no poseerlas. Uso el azadón, pero no lo considero mío, y si alguien me lo pide, o me lo arrebata, lo entrego con gusto. Y después está lo otro, lo de que "el triunfo supremo del hombre sería sobreponerse a la propiedad y dominarla". Sobreponerse y dominarla no: sobreponerse y eliminarla. Sin propiedad no se puede llegar a la espiritualidad; eso es algo que me parece obvio. Salvo alguna que otra excepción muy puntual, aquel que se ha elevado a las cimas de la espiritualidad más excelsa se ha valido de la propiedad para el escalamiento[1]. Pero cuidado, porque una vez en la cima la escalera molesta, y más nos conviene deshacernos de ella que cargarla al hombro. ¿Para qué dominarla, si es sólo un medio de transporte? ¡Quemarla, quemarla o regalársela a quien nos mira desde abajo! He ahí la función de la propiedad: un medio, imprescindible si se quiere, para cumplir nuestras más profundas aspiraciones, y un lastre pesadísimo, una impedimenta estorbosa como pocas, a la hora de caminar en las alturas.



[1] En este sentido, la tesis fundamental del marxismo, esa que afirma que lo económico engendra lo espiritual, es correcta: si queremos que todo el pueblo se espiritualice, lo primero que hay que hacer es mejorar su nivel económico. El tema pasa por cómo hacer para mejorar el nivel económico del pueblo empleando medios éticamente deseables, medios virtuosos. Y en esto el marxismo yerra.