Mi vida está hecha de pasividad
y de sueño. Yo cultivo el odio a la acción como una flor de invernadero.
Fernando Pessoa, Plural de nadie, § 98 y 186
Para Pessoa, el hombre de altas miras espirituales actúa poco y piensa
mucho; el hombre activo es más un troglodita que un ser humano contemporáneo:
Entre la vida teórica y la
vida práctica hay un abismo, sobre el que algunos, más individuales,
no-sociales, son puente. Manda quien quiere, siervo de pensamientos
dispersos, anónimos, que por tales no son pensamientos. Dejemos la acción a aquellos
que piensan por cabeza ajena, pues existen solo para actuar. Recojámonos al
juego alado, fútil incluso, de las teorías, desilusionados de cualquier
posibilidad de que podamos actuar sobre los otros, de que seamos más en la vida
que forasteros (EEAA, p. 193).
En otro lado escribe:
Todo lo que en mí es exclusivamente
intelectual es muy fuerte [...]. La voluntad inhibidora, que es la voluntad
intelectual, es muy fuerte en mí. Poseo, incluso, bajo fuertes requerimientos
emocionales, la fuerza de no hacer.
Me falta la voluntad de actuar, la voluntad de proyectarme sobre el exterior;
lo que me resulta difícil es hacer.
[...] Quiero desarrollar mi voluntad de acción, pero lo quiero sin que mi
emoción o mi inteligencia tengan de qué quejarse” (EGL, pp. 372-3).
Coincido con Pessoa en el sentido de que yo
soy como él, pero no en el sentido de que la vida intelectual sea, per se, más valiosa que la vida activa.
Escribió Max Scheler un ensayo titulado El
santo, el genio, el héroe, en el que se describen tres tipos de
personalidades completamente distintas, pero igualmente valiosas. Estas tres
tipologías se corresponden con mis tres temperamentos ideales: el temperamento
religioso, el filosófico y el revolucionario. Y no existe superioridad de
ningún tipo entre el filósofo de vida contemplativa y el activo héroe, son tan
solo caminos temperamentales idealizados que uno toma de acuerdo al disco duro
con que vino equipado[1].
[1] El propio Pessoa admite, en otro texto, que
el ideal humano es el de ser, además de reflexivo y sentimental, eminentemente
activo: “El hombre superior piensa con mayor precisión, siente más
profundamente, desea de manera más instantánea [...]. No es frío ni severo; por el contrario, es un pensador, sin ser puramente un
pensador; sentimental, sin ser puramente sentimental; es un hombre de acción,
pero sin parecerse a una máquina” (EGL, pp. 14-15).
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