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sábado, 11 de febrero de 2017

La crítica de Vaz Ferreira al pragmatismo de James

Me parece que algunos de mis críticos sufren mucho debido a su incapacidad casi patética para comprender las tesis que intentan refutar.
William James, El significado de la verdad, prefacio

De todos los críticos del pragmatismo de James, el que ha resultado más demoledor, claro e inteligente ha sido el uruguayo Carlos Vaz Ferreira. Y como por ser latinoamericano su crítica no ha trascendido demasiado, la transcribiré aquí con algún detalle:

Mientras los pragmatistas se han limitado a mantenerse en el terreno especulativo, y a dar una teoría de la verdad, no han hecho [...] más que explicar la verdad. Pero, de esta explicación de la verdad, han pretendido sacar consecuencias prácticas, y, en este punto, llamo la atención de ustedes de la manera más especial sobre el gravísimo error cometido.
La confusión fundamental de James y de los otros pragmatistas, ha consistido en pretender sacar consecuencias prácticas de lo que no hubiera debido ser más que una definición o explicación de la verdad. Han cometido el mismo sofisma que hubiera cometido Berkeley si hubiera pretendido sacar consecuencias prácticas de su idealismo.
Supongamos que los argumentos de Berkeley nos han convencido: que nos hemos hecho idealistas: lo cual quiere decir que hemos admitido que la materia no es otra cosa que estados de conciencia. Una vez que hemos admitido esta doctrina, ¿hay algo cambiado en la práctica? ¿Significará, la admisión del idealismo, que, desde ese momento, lo que era, por ejemplo, duro, pesado, suave, blando, sólido, líquido o gaseoso, deje de ser lo que era antes? ¿Implicará, por ejemplo, que desde ese momento no deberemos ya tener miedo de que nos atropelle un vehículo o de que nos caiga un andamio en la cabeza? [...] Porque seamos idealistas ¿ya no deberemos, como antes, evitar el golpe de un arma filosa o el de un objeto pesado? No, en manera alguna. Hemos explicado la materia por estados de conciencia; pero los estados de conciencia siguen siendo lo mismo que antes. [...]
Pues bien: a mí me parece evidente que los pragmatistas, al pretender deducir consecuencias prácticas de sus teorías de la verdad, han caído exactamente en ese mismo sofisma.
¿La verdad se reduce a las consecuencias próximas y remotas, reales y posibles, de una proposición o doctrina?
Perfectamente. Aun suponiendo que admitamos nosotros esa explicación de una manera plena y sin reserva alguna, aun en ese caso, lo que era verdad antes de admitirla, sigue siendo verdad después: lo que era error antes, sigue siendo error ahora: lo que era verdadero o falso, dudoso o probable, legítimo o ilegítimo desde el punto de vista lógico, sigue siendo exactamente lo que era antes. Debemos seguir temiendo al error, después de ser pragmatistas teóricos, como debemos seguir temiendo a los trenes o a los golpes, después de ser idealistas teóricos. No hay nada modificado.
El sofisma consiste, pues, en haber procurado sacar, de una definición de la verdad, consecuencias prácticas, relativas a nuestras relaciones con la verdad. Exactamente como el sofisma de un berkeleyano que no hubiera comprendido el sistema, hubiera podido consistir en sacar de una definición de la materia, consecuencias prácticas, mecánicas, referentes a nuestras relaciones con la materia.
Voy a presentar otro aspecto del mismo sofisma.
Admitamos siempre la teoría pragmatista de la verdad. La verdad se reduce a consecuencias: la verdad es consecuencias.
¿De qué consecuencias se trata? ¿De todas las consecuencias, actuales y futuras, reales y posibles, conocidas y desconocidas, previsibles e imprevisibles (como a veces, en ciertos momentos, lo sostienen los pragmatistas)? ¿O bien se trata de algunas consecuencias; por ejemplo: de las consecuencias que pueden percibirse, que pueden preverse: de las consecuencias que ocurren en un momento dado o en una época dada; de las que afectan a un individuo determinado o a una sociedad determinada?
En el primer caso, como he procurado explicarlo, el pragmatismo teórico no afecta absolutamente en nada las reglas de creencia; en el segundo caso sí las afecta. Es entonces cuando el pragmatismo podría tener consecuencias prácticas: pero es entonces cuando el pragmatismo se vuelve una doctrina funesta.
La verdad de una doctrina, nos dicen loe pragmatistas, se reconoce en su "éxito"... Palabra elástica, vaga y de mal uso. ¿De qué éxito se trata? ¿De un éxito concreto, temporal, que ocurre en un momento dado para una persona, para varias personas, para una sociedad? ¿Reconocemos (como dice Schiller) la verdad de una idea en que podemos cabalgar sobre ella? Muy bien: en ese caso, si yo sostengo que Dios es Dios y Mahoma su profeta, y si lo sostengo en Turquía, cabalgo sobre esa idea; si lo sostengo en la República del Uruguay, no cabalgo. ¿Eso quiere decir que la idea, en el primer caso, sea verdadera, y en el segundo caso sea falsa? Inmediatamente responderían los pragmatistas: "¡No! Hay que tomar ampliamente las consecuencias: no se trata del éxito de una persona, ni siquiera, tal vez, del éxito de una sociedad; se trata, no solamente de consecuencias próximas, sino de consecuencias remotas, y aun de consecuencias posibles"; pero en ese caso, volvemos otra vez a la primera doctrina; y entonces el pragmatismo —fíjense bien en esto-- queda encerrado en un dilema: o bien su definición de la verdad se refiere a todas las consecuencias tomadas con la mayor amplitud, y entonces no modifica la práctica; o bien modifica la práctica, pero es prescindiendo de algunas consecuencias posibles, por lo menos, de las creencias; y, en este caso, modifica la práctica en mal sentido, y el pragmatismo se vuelve un sistema funesto, porque nos conduce a tomar en muchísimos casos el error por verdad, buscando el criterio del éxito. Error y verdad, aun en el sentido amplio de los mismos pragmatistas.
[...]
William James, como procuraré dentro de un momento mostrarlo con citas de sus obras, piensa y escribe en un estado de oscilación continua [...]. A veces toma el pragmatismo en un sentido; a veces, en otro; justifica, por ejemplo, el pragmatismo teórico, y después pasa a justificar el pragmatismo práctico como si fuera una consecuencia de él. Cuando encuentra alguna dificultad y sin darse cuenta de ello, vuelve al primer sentido; y esto explica, entre otras cosas, la buena fe evidente con que se queja de haber sido mal comprendido.
Procuraremos ver claro esto con algunas citas. Sigan ustedes este párrafo:
Al frente de esta corriente de lógica científica se hallan Schiller y Dewey con la explicación pragmática de lo que significa la verdad en todos los sitios (William James, El pragmatismo[1]).
Significa: noten que aquí se trata de lo que yo he llamado el pragmatismo teórico, esto es, de una explicación de la verdad.
Estos profesores dicen que en todas partes verdad —en nuestras ideas y creencias— significa lo mismo que en la ciencia. No quiere decir, explican, sino que las ideas (que no son sino partes de nuestra experiencia) llegan a ser ciertas en cuanto nos ayudan a entrar en relación satisfactoria con otras partes de nuestra experiencia.
De modo que continúa el autor tomando el pragmatismo en el sentido teórico: se trata de la significación de la verdad. Y, después de unas pocas líneas, continúa así:
Cualquier idea sobre la que podamos cabalgar, por así decirlo, cualquier idea que nos conduzca prósperamente de una parte de nuestra experiencia a otra, enlazando las cosas satisfactoriamente, laborando con seguridad, simplificándolas, ahorrando trabajo es verdadera; esto es, verdadera instrumentalmente.
Creo que, después de la explicación precedente, ustedes han podido notar con facilidad cómo el autor se pasa, se corre, del primer sentido al segundo. En las primeras líneas del pasaje, habla de lo que la verdad significa: hace lo que haría Berkeley al decirnos que la materia se compone de estados de conciencia —lo cual no debe modificar en nada nuestras relaciones mecánicas con la materia —; pero, en la parte final del pasaje, nos dice que una idea en la cual podemos cabalgar, es una idea verdadera. ¿Qué quiere decir cabalgar? Es evidente que aquí se refiere a un éxito personal; en todo caso, limitado; que aquí piensa únicamente en algunas de las consecuencias prácticas de la idea. Un mahometano, por ejemplo, cabalga sobre su mahometismo, a condición de estar en Turquía. ¿Quiere decir eso que su mahometismo sea verdadero? No, aun dentro de la teoría de James, aun dentro de la teoría que admitía al principio de su pasaje, porque allí no se trataba únicamente de algunas consecuencias, sino de todas, incluso todas las posibles; pero en la segunda mitad del pasaje, se refiere únicamente al éxito práctico, a ese éxito concreto que traduce únicamente algunas de las consecuencias de la doctrina. [...]
Véase en la siguiente frase un ejemplo típico de la aplicación viciosa del pragmatismo:
Si las ideas teológicas prueban poseer valor para la vida concreta, serán verdaderas para el pragmatismo en la medida en que lo consigan. Su verdad dependerá enteramente de sus relaciones con las otras verdades que también han de ser conocidas.
Una consecuencia de este orden no se deduce, en manera alguna, del pragmatismo teórico. El pragmatismo teórico consistía en sostener que la verdad, analizada, se reduce a las consecuencias de las doctrinas; pero a condición de que entren todas las consecuencias, no sólo reales sino posibles. Mas aquí no se trata de eso: el autor habla de “la vida concreta”. Una persona determinada, o una sociedad determinada, encuentra, en un momento dado, "éxito": éxito de cualquier orden, sea material, sea espiritual, en ciertas ideas teológicas. Aun dentro del pragmatismo teórico, eso no quiere decir que sea aplicable a dichas ideas teológicas la definición de la verdad: se ha prescindido de consecuencias remotas, de consecuencias posibles, y la prueba de que es así, es que, este criterio de verdad, podríamos nosotros aplicarlo a otras ideas teológicas, que el mismo James reconocerá, como otro cualquiera, que son falsas (por ejemplo, el fetichismo, o la adoración de los animales), y que, sin embargo, en su tiempo, han tenido, como diría James, un valor para la vida concreta…
Es, pues, siempre, el mismo error. Un berkeleyano que comprendiera inteligente y consecuentemente su sistema, nos diría: "La materia se reduce a estados de conciencia. Pero todas nuestras reglas de conducta con relación a la materia, sean racionales, sean instintivas, lo mismo que nuestros sentimientos hacia la materia; todo eso, debe quedar". [...] Pues bien: exactamente del mismo modo, aun cuando se admita el pragmatismo teórico de James, ha de quedar subsistente, por una parte, toda la lógica, a condición, naturalmente, de que sea lógica buena: como queda subsistente el arte de edificar, dentro del idealismo de Berkeley, así ha de quedar subsistente, dentro del pragmatismo teórico, el arte de pensar. E igualmente, por otra parte, como quedan subsistentes, dentro del idealismo de Berkeley, nuestros instintos relativos a la materia, así también han de quedar subsistentes nuestros instintos y nuestros sentimientos relativos a la verdad, aun dentro del pragmatismo teórico de James. Por ejemplo: ese sentimiento que hace que nosotros distingamos lo verdadero de lo que tiene éxito, ese sentimiento que nos conduce a reprobar la conducta de los que adoptan creencias teniendo en cuenta su éxito, todos estos sentimientos, son legítimos, y deben quedar, dentro de la teoría de James, y siempre que ella sea debidamente comprendida.
Diré solamente que la verdad es una especie de lo bueno y no como se supone corrientemente una categoría distinta de aquello coordinada con ello. La verdad es el nombre de cuanto en sí mismo demuestra ser bueno como creencia.
Esta es una confusión de términos, que puede llevar a una confusión de ideas.
Supongamos que un hombre es mahometano en Turquía, y otro es mahometano en el Uruguay. En estos dos casos, hay un elemento común y un elemento distinto. El elemento común, es el que nosotros estamos acostumbrados a llamar verdad o falsedad de la doctrina, idéntico en un caso o en otro; y el elemento distinto, es un elemento de éxito, o, si ustedes quieren, de bien.
William James, como cualquiera, es muy libre de designar esos dos elementos con el mismo nombre; pero en ello no encontramos ningún beneficio, y sí, al contrario, graves inconvenientes.
Sin duda, la cuestión de designación será una cuestión de palabras. Pero es indudable que, en el hecho, hay en esos dos casos un elemento común que no es de la misma clase que el otro elemento; y, por consiguiente, es razonable y práctico seguir llamando al uno "verdad" y al otro "éxito", como estamos acostumbrados a hacerlo.
Naturalmente que un pensador como James tenía que tropezar en esta dificultad, y había de procurar resolverla.
Véase este párrafo, que es característico:
Acabo de decir que lo que nos conviene es verdadero, a menos que la creencia no entre en conflicto incidentalmente con otra ventaja vital. Ahora bien: en la vida real, ¿con qué beneficios vitales se halla más expuesta a chocar cualquier creencia particular nuestra? ¿Con cuáles sino con los beneficios vitales aportados por otras creencias, cuando éstas prueban ser incompatibles con aquéllas? En otras palabras, el enemigo mayor de cualquiera de nuestras verdades puede serlo el resto de nuestras verdades.
Si se comprende bien este párrafo, se ve la prueba más acabada de aquella oscilación de William James. En sus ejemplos concretos anteriores (como, por ejemplo, en el de las ideas teológicas, que cité hace un momento), él se refiere a algunas consecuencias de las doctrinas; tropieza con la dificultad, y entonces se refugia, como ahora, en el pragmatismo amplio, puramente teórico, que abarcaría todas las consecuencias de las doctrinas, sin darse cuenta de que, una vez que sea ese el pragmatismo que él admita, no tiene derecho a sacar de él ninguna consecuencia práctica.
[...]
Un párrafo muy interesante para la crítica:
Nuestra obligación de buscar la verdad es parte de nuestra obligación general de hacer lo que paga.
(Pagar, en el sentido de dar resultados)
El pago que dan las ideas verdaderas es la única razón de nuestro deber de adoptarlas. Idéntica razón existe en el caso de la riqueza o de la salud. La verdad no nos reclama otra cosa, ni nos impone otra clase de deber que lo que hacen la salud o la riqueza. Todas estas imposiciones (claims) son condicionales; los beneficios concretos que ganamos son lo que queremos significar cuando llamamos un deber a la persecución de la verdad. En el caso de la verdad, las creencias falsas trabajan tan perniciosamente, a la larga, como las creencias verdaderas trabajan beneficiosamente.
Esta imagen puede perfectamente servirnos para acabar de comprender, si aún fuera preciso, el sofisma capital del pragmatismo. Voy a servirme de la misma comparación: Lo que James no ha sabido ver, aunque sus expresiones literales indiquen otra cosa, es que, la verdad, paga, es cierto; pero paga a crédito. El sofisma del pragmatismo práctico ha sido no ver más que el pago al contado, o, cuando más, en materia de crédito, no ver muy lejos. De manera que, si bien teóricamente los pragmatistas tienen en cuenta el crédito en toda su extensión […], cuando pretenden sacar consecuencias prácticas de la doctrina, o no ven el crédito, o lo ven con una vista muy estrecha o muy corta. (Naturalmente, hay una diferencia; la imagen es imperfecta desde un punto de vista, y es éste: que, el crédito de la verdad, es infinito: quiero decir con esto que nunca puede limitarse de antemano el beneficio o la cantidad de beneficio que una verdad pueda rendir. Salvo esta diferencia, la misma metáfora de James es adecuada para suministrarnos un ejemplo de su paralogismo).
De manera que la conducta práctica (teniendo en cuenta ese crédito ilimitado de la verdad), la conducta práctica verdaderamente razonable y útil, aun pragmáticamente, consiste en no pensar en el pago. Justamente porque nadie puede determinarlo de antemano; justamente porque nadie puede saber la cantidad de beneficio que una verdad puede darnos; justamente porque podemos considerar ese beneficio como prácticamente ilimitado, nuestra conducta práctica más razonable, aún desde el punto de vista pragmatista, es la de buscar la verdad incondicionalmente y prescindiendo en absoluto de esos beneficios: dándolos por seguros.
[…]
Dentro de los principios pragmáticos, no podemos rechazar una hipótesis si se siguen de ella consecuencias utilizables para la vida. Las concepciones universales, como cosas que hay que tener en cuenta, pueden ser tan reales para el pragmatismo como lo son las sensaciones particulares. No tienen en verdad ningún significado y ninguna realidad, si no tienen ningún uso. Pero si tienen algún uso, tienen, en esa misma proporción, significado.
Ustedes mismos notan ya que en algunos casos, como en éste, las aplicaciones de la doctrina se vuelven demasiado groseras; y precisamente ello ocurre a consecuencia siempre de la misma falacia: después de haber sentado una doctrina que se referiría a todas las consecuencias reales y posibles, presentes y futuras, las cuales nunca pueden preverse de antemano, James, en ciertos momentos, piensa sólo en las consecuencias inmediatas o visibles, concretamente, en un momento dado, en una época dada, y nos dice, por ejemplo, que "no podemos rechazar una hipótesis si se siguen de ella consecuencias utilizables". ¿En qué está pensando James en este momento?... Consecuencias "utilizables": ¿cuándo? ¿Para quiénes?... Al hablar así, evidentemente, James está pensando sólo en consecuencias utilizables en un momento dado, para un individuo, para una sociedad. Oscila, pues, se corre de una a otra concepción; y de una doctrina sin duda seria y profunda, como el pragmatismo teórico, puede llegar, en virtud de esa oscilación, a consecuencias tan groseras como las que se exponen en el pasaje leído.
El criterio de James hubiera podido aplicarse a cualquier doctrina falsa, en la época en que dominaba; y si esa doctrina falsa ha sido sobrepasada por la humanidad, ha sido gracias a la acción de los que rechazaban las hipótesis no obstante sus consecuencias utilizables, y a pesar de la acción de los que se atenían inconscientemente a la estrecha y grosera regla pragmatista.

(Carlos Vaz Ferreira, “El pragmatismo” (1909), ensayo incluido en el libro Tres filósofos de la vida, pp. 148 a 161.)[2]




[1] El resto de las citas que trae a colación Vaz Ferreira también pertenecen a este libro de James.
[2] Henri Bergson no coincide con Vaz Ferreira: "Se ha dicho que el pragmatismo de James no era más que una forma del escepticismo, que rebajaba la verdad, que la subordinaba a la utilidad material, que desaconsejaba, que desalentaba la búsqueda científica desinteresada. Una tal interpretación jamás vendrá al espíritu de quienes lean atentamente la obra" (El pensamiento y lo moviente, cap. VIII, p. 202). Deberemos, pues, Vaz Ferreira y yo, leer nuevamente el libro de James, y esta vez con mayor atención…

viernes, 10 de febrero de 2017

El amor a la verdad en William James

Dijo Henri Bergson refiriéndose a William James:

 

Nadie amó la verdad con más ardiente amor. Nadie la buscó con más pasión. Una inmensa inquietud le animaba y, de ciencia en ciencia, de la anatomía y la fisiología a la psicología, de la psicología a la filosofía, marchaba, tenso sobre los grandes problemas, despreocupado de lo demás, olvidado de sí mismo (El pensamiento y lo moviente, cap. VIII, p. 202).

 


Si esto es verdad, si esto es verdad en el sentido ortodoxo de la palabra y no en el sentido pragmatista, cabe aquí aplicar enteramente aquel adagio tan popular y tan triste: Porque te quiero, te aporreo…

jueves, 9 de febrero de 2017

William James, adicto a las conferencias

Peirce era demasiado rigorista en sus explicaciones y por eso su filosofía no trascendió. James, en cambio, cometió el error opuesto: fue un escritor demasiado poco rigorista, y por eso su filosofía es lógicamente débil[1].

Planeó James escribir un tratado sobre pragmatismo serio y enjundioso que despejara todas las dudas que sus críticos le señalaban, pero este plan fue relegado una y otra vez debido a su actividad favorita:

 

Durante los últimos años de James su deseo de terminar su sistema y su debilidad por las conferencias públicas estaban en pugna perpetua. [...] Estaba evidentemente motivado por un impulso característico a comunicar sus últimas ideas a los demás sin esperar a darles forma técnica o sistemática; y se sentía al mismo tiempo ansioso de someter sus pensamientos privados a la prueba social (Ralph Perry, El pensamiento y la personalidad de William James, cap. XXXII, p. 297).

¿Qué era más “pragmático”, dictar una serie de conferencias que, periodismo mediante, lo catapultarían cada vez más alto como referente del pensamiento norteamericano, o escribir un libro pormenorizado sobre el mismo asunto, lo que le demandaría mucho más tiempo y energías mentales, y cuyo éxito no sería inmediato como el de las conferencias, sino que sobrevendría algún tiempo después, quizá después —como suele suceder con los grandes pensadores— de que su espíritu ya no esté en este mundo?

Durante los años 1905-1906, en que James estuvo tan atareado dando conferencias de divulgación, “El Libro” aún ocupaba sus pensamientos: preparó dos esbozos de este. Pero en lugar de llevarlos a cabo, permitió que lo absorbiera nuevamente la actividad de conferenciante (ibíd., p. 299).

Las conferencias eran para él como una droga. En 1905 dictó una serie de cinco, sucesivamente, en Wellesley, en Chicago y en Glenmore. Dictó otras en el verano de 1906 en Harvard, en el otoño en Lowelly, y esas mismas en el invierno de 1907 en Nueva York, ante un auditorio récord de más de mil personas. Estaba en “el punto más alto de mi existencia, en lo que se refiere a [...] ser reconocido”. Pero el pensamiento coherente y sistemático y el reconocimiento popular no siempre van de la mano. La atención pública que lograron estas conferencias “embarcó al autor en una cantidad tan grande de escritos de agradecimiento, interpretación y controversia, que lo obligó a posponer nuevamente el tratado técnico. ¡Tal fue el castigo por el éxito!” (ibíd., p. 299)[2]. Se comportó en esto William James como un auténtico pragmatista en el mal sentido del término. Las conferencias eran pan para hoy, éxito, reconocimiento y dinero para hoy, mientras que el tratado técnico era, con suerte, pan para mañana, pan para sus hijos o sus nietos tal vez; pan remoto e incierto; pan para la posteridad. Y como el pragmatismo, en su sentido carroñero y miserable, prioriza el éxito presente y palpable a costa de los éxitos lejanos en tiempo y espacio, James siguió conferenciando hasta su muerte, lo que le reportó gran reputación…, y nosotros nos quedamos sin el tratado técnico.

Las verdades “pagan”, decía James[3]. Por eso sus conferencias eran sin duda muy verdaderas: le pagaban buen dinero por dictarlas. Pero ¿y el tratado? El tratado posiblemente no pague, o, mejor dicho, no le pague a él, no le reporte dividendos, ni pecuniarios ni de renombre, de modo que ¿para qué escribirlo?

¿Qué habría sido de la cultura filosófica occidental si la mayoría de los pensadores hubiese razonado así, pragmáticamente, a la hora de desarrollar y publicitar sus ideas?




[1] Cometió también otro error, o lo cometieron más bien sus padres al dotarlo de un temperamento jovial y extravertido. "Se supone —dijo Peirce— que todo metafísico tiene algún defecto radical que encontrar en todos los demás, y no encuentro un defecto más grave en los nuevos pragmatistas que el de ser vivaces. Para ser profundo es requisito ser aburrido" (Obra filosófica reunida, tomo II, p. 264 de la edición electrónica). Me gustaría no concordar con este aserto, pero concuerdo.
[2] Lo más serio y técnico que James publicó fueron sus Principios de psicología, pero esta obra no está emparentada sino de manera tangencial con la teoría pragmatista. Demoró doce años en finalizar este tratado, y eso que en 1890, año en que lo publicó, no era ni por asomo el solicitado conferenciante en que se convertiría quince años después.
[3] "Nuestra interpretación de la verdad es una interpretación de verdades, en plural, de procesos de conducción realizados in rebus, con esta única cualidad en común, la de que pagan" (William James, El pragmatismo, conferencia sexta). Pagar, en el sentido de dar resultados.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Charles Peirce, un pragmatista lógico pero ininteligible

A mi viejo amigo Charles Sanders Peirce, a cuyo compañerismo filosófico en los viejos tiempos y a cuyos escritos en años más recientes debo más inspiración y apoyo de lo que puedo expresar o recompensar.
William James, La voluntad de creer, dedicatoria

Esta visión antiuniversalista y excesivamente plástica del concepto de verdad postulada por James no era aceptada por todos los pragmatistas norteamericanos. Charles Peirce, el verdadero fundador de la escuela pragmatista, la rechazó, y propuso rebautizar su filosofía para diferenciarla de la de James:

En la actualidad la palabra [pragmatismo] empieza a encontrarse de vez en cuando en revistas literarias, donde se abusa de ella de la manera despiadada que las palabras deben esperar cuando caen en las garras literarias. [...] Entonces, el autor, encontrando a su criatura del “pragmatismo” así promovida, siente que es hora de dar un beso de despedida a su niño y de abandonarlo a su más elevado destino, mientras que para el propósito preciso de expresar la definición original tiene el gusto de anunciar el nacimiento de la palabra “pragmaticismo”, que es lo suficientemente fea para estar a salvo de secuestradores (“Qué es el pragmatismo”, artículo publicado por Peirce en The Monist, XV, abril de 1905, incluido en su Obra filosófica reunida, tomo II, pp. 576-7 de la edición electrónica).

Escribe Peirce que tanto James como Schiller han hecho que esa palabra implique “la voluntad de creer, la mutabilidad de la verdad, la solidez de la refutación al movimiento de Zenón y el pluralismo en general” (ibíd., tomo II, p. 785). Desde una carta fechada el 7/3/1904, reconviene a James del siguiente modo: “Tú y Schiller lleváis el pragmatismo demasiado lejos para mí. No quiero conducirlo a la exageración sino mantenerlo dentro de los límites establecidos por las evidencias a su favor” (ibíd., p. 40). En 1907, año en que James publicara El pragmatismo, escribió un artículo de idéntico nombre a través del cual estrecha notablemente el significado del término y lo circunscribe al terreno de la lingüística. El pragmatismo, dice, es “solo un método para averiguar los significados de las palabras brutas y de los conceptos abstractos” (ibíd., p. 687).
Pero el estilo de Peirce era oscuro y erudito, todo lo contrario del estilo de James, de ahí que su pensamiento no trascendiera las fronteras universitarias. Sus escritos se inclinaban demasiado hacia el rigorismo matemático, y el propio James, que lo admiraba como pensador y a la vez le aconsejaba “popularizar” su filosofía, se lo hacía notar constantemente. A las puertas de unas conferencias que dictaría Peirce en Cambridge en el invierno de 1898, y para que sus concepciones pudiesen medrar tal como medraban las suyas, le sugería James lo siguiente luego de recibir el borrador del programa:

Lamento que estés tan apegado a la lógica formal. Conozco nuestra escuela de graduados de aquí, y también la conoce Royce, y ambos estamos de acuerdo en que hay sólo tres hombres que podrían quizá seguir tus diagramas y relativos. […] Hay materia suficiente en los dos primeros volúmenes del prospecto de tu sistema para dar un breve curso sin entrar en ningún simbolismo matemático [...]. Ahora sé un buen muchacho y elabora un plan más al alcance de todos. No deseo que el auditorio se reduzca a tres o cuatro alumnos, y no veo cómo podríamos evitarlo con el programa que propones...  difícilmente te imaginas qué poco interés existe en los aspectos puramente formales de la lógica. [...] Escríbeme entonces si aceptas todas estas condiciones y, por favor, haz que las conferencias contengan lo menos matemático que haya en ti (carta de James a Peirce del 22/12/1897, citada por Ralph Perry en El pensamiento y la personalidad de William James, p. 287).


Estas recomendaciones se repitieron una y otra vez, hasta que Peirce se cansó y estalló: “Es muy hiriente que me digas a cada momento que soy totalmente incomprensible” (carta a James del 3/10/1904, citada en ibíd, p. 292). Pero James tenía razón: Peirce fue siempre incomprensible para los asistentes a sus conferencias y también para sus lectores “no iniciados”. Y al decir de Ralph Perry, también fue mal comprendido por el propio James: “El movimiento moderno conocido como pragmatismo es en gran medida resultado de la interpretación equivocada que James hizo de Peirce” (ibíd., p. 285). Si esto es así, lo que hoy se conoce popularmente como pragmatismo es una regurgitación mal digerida de otro sistema mucho más serio y coherente, pero muy mal explicado. Por eso siempre recalco la importancia de escribir bien y en forma llana. Si Peirce hubiese sido tan buen escritor como lo fue James, tal vez el pragmatismo habría padecido menos inconsistencias lógicas que las que tuvo en manos de su más conspicuo propagandista.

martes, 7 de febrero de 2017

El pragmatismo en los tribunales

Otro que protestaba contra el concepto de verdad pragmatista defendido por William James era el pensador norteamericano Josiah Royce:


En lo que atañe a nuestro concepto de la verdad, consideremos un caso que haga de piedra de toque, a fin de ayudarnos a responder esa pregunta. Supongamos que en el estrado de los testigos de un tribunal aparece un testigo que se niega a prestar el juramento ordinario, porque tiene escrúpulos de conciencia, en virtud del hecho de que es un pragmatista de fecha reciente, el cual posee una hermosa y nueva definición de la verdad, solo en términos de la cual puede prestar juramento. Supongamos, además, que le sea concedida entera libertad para expresar su juramento a su manera, y que, en consecuencia, enuncie con escrupulosidad técnica la definición de la verdad que profesa mi colega: “Juro decir todo lo que es conveniente, y solo lo que es conveniente, a fin de que me ayude en la experiencia futura”. Yo pregunto: ¿consideráis que este testigo ha expresado en forma adecuada aquel concepto de la naturaleza de la verdad que vosotros deseáis realmente que tenga en cuenta un testigo? Naturalmente, si él fuese un pragmatista típico, os divertiríais en escuchar su testimonio en los tribunales o en cualquier otra parte. Pero ¿aceptaríais su fórmula? (Filosofía de la fidelidad, cap. VII, secc. V, p. 235).

lunes, 6 de febrero de 2017

El pragmatismo, o el fin anteponiéndose a los medios

Una exquisita definición de Alexis de Tocqueville:

Escapar al espíritu de sistema, al yugo de las costumbres, de las máximas de familia, de las opiniones de clase, y hasta cierto punto de las preocupaciones nacionales; no tomar la tradición sino como un indicio y los hechos presentes como un estudio útil para obrar de otro modo distinto y mejor, buscar por sí mismo y en sí mismo la razón de las cosas y dirigirse al resultado, sin detenerse en los medios, y consultar el fondo sin mirar la forma, tales son los principales rasgos que caracterizan lo que llamaré método filosófico de los norteamericanos (La democracia en América, libro segundo, primera parte, capítulo I).

“Dirigirse al resultado, sin detenerse en los medios”. Esto fue escrito en 1840. Vemos así que el pragmatismo norteamericano es algunos años más antiguo que William James. La filosofía llegó a Norteamérica de la mano de los puritanos, quienes no solo fueron los pioneros de la colonización del nuevo mundo, sino también los pioneros en cuestiones de pensamiento. Y así como los primeros puritanos norteamericanos eran hombres de acción y no tanto de palabras, así también la filosofía puritana que exportaron “fue un sistema práctico enderezado a la acción” (Herbert Schneider, Historia de la filosofía norteamericana, p. 21), justamente la filosofía que necesitaba el nuevo país que estaba naciendo para desarrollarse con celeridad y ponerse a la par de las naciones europeas.
Tomemos como ejemplo de esto de dirigirse al resultado sin reparar en los medios, el tema de los linchamientos, ahorcamientos y ajusticiamientos sumarios de todo tipo que abundaron en el territorio norteamericano en el siglo XIX. En las colonias, sobre todo en las del oeste, no existían, por lo general, ni jueces ni jurados, incluso a veces ni comisarios había que hiciesen respetar la ley y aplicasen el castigo correspondiente a los malhechores. Tenían, pues, los pobladores que defenderse como pudieran. Si pescaban in fraganti a un bandido o a un asesino, y podían reducirlo, directamente lo asesinaban, no existía otro medio para poner a resguardo la incipiente sociedad que se veía amenazada constantemente por este tipo de sucesos. Esta modalidad de justicia nos parece ahora monstruosa, pero algo había que hacer con los malvivientes para evitar la disolución social y la emigración de la gente honrada y trabajadora. El procedimiento era cruel, pero no había otro. Hoy, existiendo jueces, policías y cárceles en todos lados, las ejecuciones sumarias y los linchamientos casi han desaparecido de los Estados Unidos y de la faz de la tierra.

Pasemos ahora a la filosofía norteamericana. En Norteamérica estaba todo por hacer, había que cultivar los campos, defenderse de los indios, construir viviendas, criar el ganado, en fin, empezar de cero. Muy poco tiempo para pensar, porque el tiempo se consumía casi completo en el hacer. De ahí que se comprenda y hasta se justifique un sistema de pensamientos que priorice la acción, que ponga por encima de todo el resultado y muy por debajo los medios a emplear para obtenerlo. Porque la melindrosidad en los medios exige criterios, cavilaciones, estudios previos, en definitiva, tiempo, y en las colonias norteamericanas todo era urgencia. Así nació el espíritu pragmático norteamericano. Pero así como los linchamientos, siendo imposibles de evitar en un principio, ya no se implementan en Norteamérica, porque el sistema judicial norteamericano ha evolucionado en este sentido, así también la filosofía norteamericana, caracterizada por ese burdo pragmatismo, debería evolucionar hacia otras doctrinas en las que lo teórico sea prioritario y el amor a la indagación superior al amor a la utilidad. El pragmatismo, como método filosófico, es hoy día un anacronismo, un linchamiento a la filosofía, un apaleamiento del concepto de verdad como concordancia del juicio con el hecho. Si los jueces norteamericanos han tenido la grandeza de abolir los linchamientos porque ya no son propios de esta época, ¿por qué los pensadores norteamericanos no abolen el pragmatismo, siendo que ahora las circunstancias ya no los apuran tanto y les sobra el tiempo como para idear algún otro sistema menos rústico? Si no lo hacen, no creo que sea tanto por convicción sino por falta de humildad, por no querer reconocer los errores de su tradición filosófica, o por pereza mental.

domingo, 5 de febrero de 2017

Pragmatismo y capitalismo

Dijo Max Horkheimer:

El pragmatismo, al intentar la conversión de la física experimental en el prototipo de toda ciencia y el modelamiento de todas las esferas de la vida espiritual según las técnicas de laboratorio, forma pareja con el industrialismo moderno, para el que la fábrica es el prototipo del existir humano, y que modela todos los ámbitos culturales según el ejemplo de la producción en cadena sobre una cinta sinfín o según una organización oficinesca racionalizada. Todo pensamiento, para demostrar que se lo piensa con razón, debe tener su coartada, debe poder garantizar su utilidad respecto de un fin. Aun cuando su uso directo sea “teórico”, es sometido en última instancia a un examen mediante la aplicación práctica de la teoría en la cual funciona. El pensar debe medirse con algo que no es pensar; por su efecto sobre la producción o por su influjo sobre el comportamiento social (Crítica de la razón instrumental, cap. I, p. 49).

No se sabe si William James elaboró su teoría pragmatista para congraciarse con el capitalismo de su país o si el capitalismo de su país adoptó la filosofía de James luego de convencerse de que el resto de las filosofías en danza no congeniaban con él. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que la filosofía de James y el espíritu del capitalismo van de la mano y son inseparables. El capitalismo es el egoísmo trasplantado al terreno de la política; el pragmatismo (por más que Dewey proteste) es el egoísmo trasplantado al terreno de la filosofía. No es que el capitalismo, por su propia influencia, produzca gentes egoístas: es que las gentes egoístas tienden a buscar refugio y cobijo en el capitalismo. Y no es que la teoría de James se proponga eliminar el altruismo: es que los que descreen del altruismo y piensan solamente en su propio bienestar suelen ser pragmatistas en el sentido práctico y también filosófico de la palabra[1].



[1] Bertrand Russell opinaba que el pragmatismo es una filosofía superficial, propia de un país inmaduro (cf. Richard Rorty, ¿Esperanza conocimiento?, p. 7). Coincido: Estados Unidos es un país filosóficamente inmaduro. Para otras cuestiones está mucho más maduro que cualquier país europeo.

domingo, 29 de enero de 2017

¿A quién le interesa el pragmatismo?

Los servicios de la religión, su utilidad para el individuo y la utilización que de ellos hace el propio individuo en el mundo constituyen los mejores argumentos de veracidad.
William James, Las variedades de la experiencia religiosa [p. 503]

“Mi reino no es de este mundo” decía Jesús. Algo parecido dicen los filósofos, los auténticos filósofos. El problema, para estos auténticos filósofos, es el de traducir a conceptos o sentires de este mundo ese reino trasmundano. Pero aparece William James y dice que no, que el reino de la filosofía es propiamente de este mundo, que de aquí, y solo de aquí, se debe extraer el jugo filosófico a partir del cual modularemos nuestras ideas. Y si aparece lo metafísico, lo que no tiene una explicación estrictamente racional y científica, no lo niega ni lo desestima: lo pone al servicio de lo que a él más le interesa: la retribución. Si la metafísica retribuye, existe. “Mi reino —diría James— es propiamente de este mundo. Y si existe algo que no es de este mundo, yo lo amoldo a él y lo utilizo para mi propio beneficio y el de mis semejantes”. Este es el pragmatismo de William James, una filosofía hecha al gusto de quienes desean medrar en la tierra. Pero para los que no deseamos medrar en este mundo sino en el otro —y no me refiero al mundo de ultratumba sino al mundo del pensamiento—, el programa que James nos ofrece nos parece insulso y mostrenco. Si a los pragmatistas les sirve, adelante. A mí me resulta demasiado poco ambicioso[1].



[1] Y ¿qué implica el objetivo de buscar verdades prácticas, que sirvan para medrar en la tierra? Implica competir con nuestros coterráneos y vencerlos, eventualmente por las armas. Por eso el pragmatismo, más que una filosofía para los pueblos democráticos, es una filosofía ideal para las naciones voraces e imperialistas. Esto lo hizo notar muy a tiempo, antes de que se esparciera el peligroso virus, el inefable Bertrand Russell: "El culto de la fuerza, tal como lo encontramos en Nietzsche, no se encuentra en la misma forma en William James, que, pese a ensalzar la voluntad y la vida de acción, no desea que la acción sea belicosa. Pese a todo, el individualismo excesivo de la teoría pragmática de la verdad se relaciona intrínsecamente con el recurso a la fuerza. Si existe una verdad no-humana, que un hombre puede conocer y otro no, existe un criterio exterior a los contendientes al que podemos exigir que se someta la disputa [...]. Pero si, por el contrario, el único medio de descubrir cuál de los contendientes tiene razón, es esperar y ver quién tiene éxito para decidir la cuestión, no hay más principio que el de la fuerza" (Ensayos filosóficos, p. 155, “El pragmatismo”). Según Russell, la filosofía que está directamente relacionada con los regímenes democráticos no es el pragmatismo sino el empirismo (cf. Sus Ensayos impopulares, p. 30, "Filosofía y política"). Por eso rescata y elogia el radical empirismo de James, pero le molesta que le haya anexado esa extraña concepción de la verdad que lo echa todo a perder.

domingo, 8 de enero de 2017

El pragmatismo de William James

Acabo de terminar las pruebas de un pequeño libro llamado “Pragmatismo” [...]. No me sorprendería que dentro de diez años se lo evaluara como un libro “que hizo época”, pues no puedo abrigar duda alguna respecto del triunfo definitivo de ese modo general de pensar.
Carta de William James a su hermano, 4 de mayo de 1907

Sea lo que fuere la verdad, no es [para William James] nada estático. Ella cambia con las conveniencias de vuestra experiencia. Y, por consiguiente, aquellos que conciben el reino de la verdad como esencialmente eterno son objeto de la furia filosófica más encantadora de mi colega.
Josiah Royce, Filosofía de la fidelidad, VII, III

Habiendo glosado, el pasado año, varios textos de Rudolf Carnap, fiel representante del Círculo de Viena, me propongo glosar ahora a quien fuera su gran predecesor. Porque el pragmatismo fue eso, fue la antesala de aquel salvaje intento del positivismo lógico de descartar los problemas filosóficos más interesantes, más acuciantes y más desesperantes como si fueran trastos viejos que para nada sirven y a nada conducen. Y si hablamos de pragmatismo, hablamos, por antonomasia, de William James. Carnap, sin James y los pragmatistas, seguramente no habría sido el mismo pensador antimetafísico que ahora conocemos, por eso viene a cuento estudiar ahora el pragmatismo de James. ¿Que hubiese sido mejor glosar primero a James y luego a Carnap? Seguramente; pero como mis análisis se mueven al antojo de mis deseos y no con rigorismo cronológico, y como mis deseos, el año pasado, se dirigían hacia el pensamiento de Carnap y no al de James, comencé por el primero y desdeñé al último. En fin, siempre me mereció más respeto la figura de Carnap que la de James, y también por eso lo prioricé. El pragmatismo, filosóficamente hablando, era para mí algo indigno de ser refutado, algo que se refuta solo, sin necesidad de contraargumentos. Esta actitud, sin embargo, no es digna de un pensador que se precie de serlo, y es por eso que no puedo declarar culpable de charlatanería a tal o cual orientación filosófica sin un juicio previo que sustente mi postura. Pues bien, ¡que comience la sesión!
Para William James, las discusiones que se suscitan en torno a determinados postulados metafísicos (hay excepciones) son una pérdida de tiempo, puesto que cualquier postura que se adopte no influirá en lo más mínimo en los quehaceres diarios de la persona que la sostenga. El pragmatismo, dice, no es una filosofía,

es un método para apaciguar las disputas metafísicas que de otro modo serían interminables. ¿Es el mundo uno o múltiple? ¿Libre o determinado? ¿Material o espiritual? He aquí unas cuantas nociones, cada una de las cuales puede o no adaptarse al mundo, y las discusiones sobre estas nociones son interminables. El método pragmático en tales casos trata de interpretar cada noción, trazando sus respectivas consecuencias prácticas. ¿Qué diferencias de orden práctico supondría para cualquiera que fuera cierta tal noción en vez de su contraria? Si no puede trazarse cualquier diferencia práctica, entonces las alternativas significan prácticamente la misma cosa y toda disputa es vana. Cuando la discusión es seria, debemos ser capaces de mostrar la diferencia práctica que implica el que tenga razón una u otra parte (Pragmatismo, conferencia segunda, p. 46).

No empezamos bien, porque en este párrafo James parece dar a entender que el problema metafísico del libre albedrío y el determinismo no influye en la vida práctica de las personas, y esto no puede ser más errado. Si las gentes estuviesen completamente convencidas de que la hipótesis determinista es verdadera en esencia, desaparecería del planeta todo sistema penal punitivista; las cárceles, tal como las conocemos habitualmente, carecerían de sentido y serían demolidas. Nadie, hablando en general, culparía a nadie de nada, porque las culpabilidades se desplazarían desde el individuo hacia el sistema educativo que lo moldeó y hacia la herencia genética con la que fue dotado. Yo pienso que un convencimiento cabal de la veracidad del determinismo estricto modificaría la vida práctica de las personas de manera mucho más radical que cualquier otra idea o suceso o invención o desastre natural o lo que fuere. Todo el andamiaje mental del convencido daría una vuelta de campana y esto repercutiría inexorablemente sobre sus diarios movimientos y sus diarias decisiones.
Unas páginas más adelante, después de afirmar que la mayoría de las querellas metafísicas constituyen una pérdida de tiempo, no tiene reparos en ponerse del lado del cientificismo en la disputa causa eficiente-causa final: “El darwinismo desalojó de una vez para siempre de la mente de los hombres de ciencia la idea de una causa final” (ibíd., p. 58), como si este problema tuviese importancia solo en la ciencia y no en metafísica. La existencia o no de una teleología intrínseca en el universo es la cosa más metafísica que puede plantearse, y ni Darwin ni Laplace por un lado, ni Eduard von Hartmann y Teilhard de Chardin por el otro, han sido capaces de arrojar ni media prueba tan contundente o irrefutable como para que podamos decir que en el universo existen o no existen las causas finales. Han tirado ideas, han sugerido, pero probado, no han probado nada. A lo sumo, lo que puede decirse es que después de Darwin las explicaciones científicas han tendido a eliminar el factor teleológico, pero esta teleología, saliendo de la ciencia y entrando en la metafísica, permaneció inconmovible, y aun no pocos científicos la siguen utilizando, a no ser que les prohibamos llamarse científicos a los psicólogos, a los sociólogos y a los economistas, que razonan, en variadas ocasiones, de manera teleológica.
Pensar teleológicamente —ya lo he dicho—, es pensar religiosamente. La pregunta sobre el porqué de un suceso es una pregunta filosófica; la pregunta sobre el para qué, es una pregunta religiosa. ¿Por qué sucedió tal cosa?, pregunta alguien, y ese alguien es un aprendiz de filósofo; pero quien, ante el mismo suceso, pregunta ¿para qué sucedió eso, con qué finalidad?, este otro será seguramente un hombre de fe. La fe, la teología, Dios, ¿son para James cuestiones metafísicas? Sí, lo son; pero no es necesariamente inútil armarse con alguna de estas ideas y adoptarla en la vida cotidiana:

Si las ideas teológicas prueban poseer valor para la vida, serán verdaderas para el pragmatismo en la medida en que lo consigan (ibíd., p. 60).

Según los principios pragmatistas, si la hipótesis de Dios actúa satisfactoriamente, en el más amplio sentido de la palabra, es verdadera (p. 187).

¿Qué significa esto? Significa que si creemos en Dios, y esta nuestra creencia multiplica nuestra vitalidad, entonces esta creencia nos es útil y, por tanto, verdadera (lo que no se puede hacer es debatir sobre estas cuestiones, porque no son empíricas). Si esta creencia, por el contrario, nos trajese más conflictos que armonías, sería falsa. Te pido lector que no sonrías socarronamente y que continúes con el análisis del pensamiento pragmatista. El mismo James parece darse cuenta de que ha dicho una burrada e intenta recomponer la situación:

Comprendo bien la extrañeza que debe producir a algunos oírme decir que una idea es «verdadera» en tanto que creerla es beneficioso para nuestras vidas[1]. [...] Seguramente admitirán ustedes que si no fueran buenas para la vida las ideas verdaderas o si su conocimiento fuera positivamente desventajoso y las ideas falsas las únicamente útiles, entonces la noción de que la verdad es divina y preciosa, y su consecución un deber, nunca habría llegado a convertirse en dogma. En un mundo como este, nuestro deber sería evitar la verdad, más bien (ibíd., p. 61).

Yo estoy de acuerdo en que la verdad es divina y preciosa, pero no divina y preciosa para mí, ni para William James, sino divina y preciosa en sí, para quien sepa captar lo que de divino y precioso tienen las cosas de este mundo. Que la mierda tiene buen sabor es un aserto de lo más verdadero para una mosca, pero para mí no lo es, y para James creo que tampoco. Estamos en la senda del más rancio relativismo: lo que es verdadero para una mosca es falso para un ser humano, y lo que es verdadero para ciertas personas es igualmente falso para otras. ¿Es esto ilógico? De ninguna manera, siempre y cuando no se insista en que este relativismo epistemológico es verdadero, que es lo que hace James. En todo caso será verdadero para él, si es que tal idea lo vitaliza. Para mí es falso, y no en razón de que me desvitaliza sino porque me conduce hacia las más disparatadas consecuencias. Y aquí viene en mi apoyo Max Horkheimer:

El sentido de conceptos tales como Dios, causa, número, substancia o alma no consiste en otra cosa, según asevera James, que en la tendencia de la noción dada a inducirnos a actuar o a pensar. Si el mundo llegara a una etapa en la que no solo dejase de preocuparse por tales entidades metafísicas, sino también por los asesinatos que se cometieran tras de fronteras cerradas o simplemente bajo la protección de la oscuridad, habría de concluir que los conceptos acerca de tales asesinatos no significan nada, que no representan “ideas definidas” o verdades, puesto que “no modifican sensiblemente” nada para nadie. ¿Cómo habría de reaccionar alguien notoriamente contra tales conceptos si diera por establecido que su único significado consistiría en esa reacción suya? (Crítica de la razón instrumental, I, p. 46).

Un hombre viola a un inocente niño. ¿Realmente lo violó? Si esta violación a mí no me interesa, o no me conduce hacia ninguna inclinación práctica, o me desvitaliza, la tal violación es falsa, nunca existió. Esto es lo que se deduce de la filosofía de James. La risa socarrona, pues, estaba bastante justificada[2]. El problema —problema para James, si es que quiere pasar a la historia como un pensador que respetaba las leyes de la lógica— es que unas páginas más adelante, este crudo relativismo muta en clásico y cordial objetivismo al referirse a las verdades matemáticas y a los juicios analíticos a priori en general, afirmando que aquí se habla de verdades que tratan no con objetos sensoriales sino con objetos mentales, y que este tipo de verdades posee un carácter “eterno” (VI, p. 135). Estas verdades no son determinadas por la experiencia sino

por la propia estructura de nuestro pensar. Y así como no podemos jugar con las experiencias sensibles, mucho menos podemos hacerlo con las relaciones abstractas. Nos obligan y debemos tratarlas en forma consecuente, nos gusten o no los resultados (p. 136).

¿Nos gusten o no los resultados? ¿No habíamos quedado en que los juicios que no nos sirven para nada o que nos estorban son redondamente falsos? Acá dice James que no, que uno más uno sigue siendo dos para los pragmatistas, por más que alguno de ellos considere inútil o desagradable este resultado y prefiera que sumen veinticuatro. Será entonces que la verdad, para James, es relativa al gusto de cada quien (o de cada conglomerado humano, para que no se enoje Dewey) cuando se habla de juicios sintéticos a posteriori, siendo absoluta y objetiva cuando se habla de juicios analíticos a priori. Muy bien, pero ¿por qué no aclaró antes esta excepción? Es una excepción demasiado extensa como para haberla pasado por alto en el primer razonamiento[3].
Y ahora, una nueva incongruencia. Había dicho James que una idea es “verdadera” en tanto que creerla es beneficioso para nuestras vidas; ahora, desde la conferencia sexta, dice que las ideas verdaderas “son las que podemos asimilar, hacer válidas, corroborar, y verificar; ideas falsas, son las que no” (p. 131). Setenta páginas atrás había dicho que las ideas teológicas, en la medida en que puedan vitalizarnos, son verdaderas, pero ahora dice que una idea es verdadera si y solo si puede verificarse, y evidentemente las ideas teológicas carecen de la virtud de la verificabilidad, de modo que son verdaderas por un lado y falsas por el otro, y todo esto para un mismo sujeto que las analiza, no verdaderas para una persona y falsas para otra como decía en un principio, sino verdaderas y falsas a un mismo tiempo y dentro de la cabeza de un mismo sujeto: esto es lo incomprensible. Alguien podrá suponer que el pensamiento de James “evolucionó” desde la primera dirección hacia la segunda, pero estas conferencias se dictaron una tras otra en continuado, lo que hace decididamente improbable esta evolución. Todo esto es, simplemente, una insensatez. Dejó de lado, nuevamente sin explicarnos por qué, el criterio del beneficio y la utilidad para centrarse en el criterio, más carnapiano, de la verificabilidad. Ya no le interesa que tal o cual proposición nos resulte útil: si no podemos verificarla, es falsa.

La verdad acontece a una idea. Llega a ser cierta, se hace cierta por los acontecimientos. Su verdad es, en efecto, un proceso, un suceso, a saber: el proceso de verificarse (p. 131).

De lo que se deduce, por ejemplo, que la Teoría de la Relatividad General fue falsa hasta el eclipse de 1919, que ofició como prueba de una de sus predicciones, y a partir de ahí verdadera. Einstein la parió falsa en 1915, pero cuatro años después, gracias a los esfuerzos del astrónomo británico Sir Arthur Eddington, la teoría se tornó auténtica. Si lo apurasen un poco, James afirmaría sin dudarlo que el mayor mérito es de Eddington y no de Einstein, pues para él es más importante verificar un estado de cosas que descubrirlo y describirlo.
William James fue un apóstol del sentido común, al que dedicó íntegramente su quinta conferencia:

Todo hombre, aunque esté instruido, se inclina a pensar en una cosa según el dictado del sentido común [...]. Nuestras últimas y más críticas filosofías son meras modas y fantasías comparadas con esta natural lengua madre del pensamiento.
Así, pues, aparece el sentido común como un estadio perfectamente definido de nuestra comprensión de las cosas; estadio que satisface de un modo extraordinariamente acertado los propósitos por los que pensamos. Las cosas existen, incluso cuando no las vemos. Sus géneros existen también; actúan por sus cualidades y sobre estas cualidades actuamos nosotros; y estas cualidades también existen. [...] En este estadio de la filosofía han permanecido sin excepción todos los pueblos no europeos. Es suficiente para todos los fines prácticos necesarios de la vida; entre los de nuestra raza, sólo algunos temperamentos sofistas, espíritus pervertidos por el saber, como Berkeley los llama, han podido sospechar que el sentido común no es absolutamente cierto (pp. 119-20).

Respondo a esto con la definición que del sentido común nos da Voltaire desde su Diccionario filosófico: “Un estado intermedio entre la estupidez y el ingenio". Para Voltaire, decirle a un hombre que tiene sentido común es más una injuria que un halago, "porque es significar que no es completamente estúpido, pero que carece de inteligencia”. El sentido común es la inteligencia del vendedor de zapatos, inteligencia puesta al servicio de un fin práctico y nada más. Para los pragmatistas, este tipo de inteligencia es más que suficiente, con ese grado de inteligencia se conforman. Algunos de nosotros, sin negar que nuestro cerebro sea un producto evolutivo que nació pura y exclusivamente con fines de supervivencia tal como las alas de la mariposa o las espinas del cardo, algunos de nosotros aspiramos a rebasar esa prístina finalidad y encaminarlo hacia otras orillas[4].
Pero vamos a lo que, metafísicamente hablando, más nos interesa: nuestra conciencia individual, ¿se diluye o no se diluye tras nuestra muerte física? Esta pregunta, cuya respuesta concreta nadie (que esté vivo) parecía conocer, es despachada sumariamente, como de taquito, por Guillermo James:

Si existiera alguna idea que, si la admitiéramos, nos ayudara para mejor orientarnos en la vida, entonces sería realmente mejor para nosotros creer en tal idea [...]. Lo que nos conviene es verdadero (ibíd., p. 62).

Lo que nos conviene es verdadero. O sea que si nos hace bien creer en la vida después de la muerte, el problema está resuelto: ¡la vida después de la muerte existe! Claro que a quienes les perturba esta idea no tienen más que rechazarla e inmediatamente la vida posmorten será una superchería. Este era el caso del propio James, quien objetaba la existencia de Dios y de cualquier tipo de escatología porque ideas de esa calaña lo enredaban

en paradojas metafísicas que son inaceptables. [...] como ya tengo en la vida bastantes dificultades sin necesidad de soportar estas inconsistencias intelectuales, personalmente renuncio a lo Absoluto (p. 63).

Se produce aquí una nueva modificación del criterio de demarcación entre verdad y falsedad. Niega lo Absoluto no porque le parezca una idea inútil o desvitalizadora sino porque produce inconsistencias dentro de su sistema de pensamientos. Pero esto mismo es lo que yo hago: adopto criterios metafísicos en base a si se insertan o no dentro del rompecabezas mental que voy armando sin importarme si esa metafísica me resulta útil o inútil en la vida cotidiana. Pretendo evitar la paradoja, y esto no tiene nada que ver con el criterio pragmatista. Si mi metafísica me exigiera desterrar lo Absoluto, pero a la vez necesitara este concepto para mejor vivir, desterraría lo Absoluto de mi sistema de pensamientos y me resignaría a ello. Seguramente seguiría, como Unamuno, necesitando a Dios, pero lo necesitaría con el corazón y ya no con la cabeza. William James, si quiere ser consecuente con su pragmatismo, tiene que afirmar que lo Absoluto es falso no porque este concepto lo enrede en inconsistencias intelectuales, sino porque la idea de lo Absoluto lo desvitaliza, le quita fuerzas para vivir —como dice que les ocurre a los orientales que adhieren al fatalismo—. Si es así que lo diga claro y lo aceptaremos, pero que no meta la lógica o la buena trabazón de conceptos en el medio, porque no es esto lo que había considerado necesario para captar verdades que no sean por sí mismas evidentes como las de la matemática.
Hemos tocado el tema de la existencia de Dios y el de la inmortalidad de las conciencias individuales; falta tocar, para completar el podio de los grandes misterios metafísicos, el tema del determinismo y el libre albedrío. En realidad se ha tocado al comienzo de este análisis, y daba la sensación de que a James no le interesaba el problema porque consideraba que no se diferenciaban ambas posturas en sus consecuencias prácticas. Pues ahora, llegando al término de su alocución, parece que cambió de parecer, volcándose decididamente hacia la opción albedrista[5]. En su conferencia séptima da a entender que las consecuencias prácticas de creer en el libre albedrío son mucho más alentadoras para los espíritus activos que las consecuencias prácticas de creer en la dupla racionalismo-determinismo:

Para el racionalismo la realidad está ya hecha y completa desde la eternidad, en tanto que para el pragmatismo está aún haciéndose y espera del futuro parte de su estructura. De un lado se ve al Universo como absolutamente seguro, de otro como siguiendo todavía sus aventuras (p. 163).

El Dios de James (cuando se decidía a creer en él, pues hemos visto que en general lo desdeñaba) le dejaba al ser humano un papel fundamental en su plan cósmico:

Supongamos que el autor del mundo presentara el caso antes de la creación diciendo: «Voy a hacer un mundo no ciertamente para ser salvado, sino un mundo cuya perfección será meramente condicional, siendo la condición que cada uno de sus agentes obre lo mejor que pueda. Os ofrezco la oportunidad de vivir en tal mundo. Su seguridad, como veis, carece de garantía. Es una aventura real, con un peligro real y, sin embargo, puede ser vencido. [...] La mayoría de nosotros daría la bienvenida a la proposición y añadiría su fíat al fíat del creador (conferencia octava, p. 183).

Necesitaba James, para sentirse un aventurero, un universo abierto en el cual nuestras propias decisiones tuvieran peso y no fueran un simple reflejo de las decisiones divinas[6]. Lo vemos así transformado en un perfecto católico, sí, católico y no protestante como sus compatriotas, porque son los católicos los que creen en la salvación por las obras y no en la salvación por la fe. Sin embargo, estos zangoloteos de James entre el ateísmo y el catolicismo, entre no creer en lo Absoluto porque tal hipótesis le perjudica su consistencia intelectual y creer en un Absoluto de una manera tan integral que el propio Absoluto sea él mismo, decidiendo la salvación o la destrucción del universo… me desconciertan un poco. Un malpensado podría suponer que esta defensa del libre albedrío, que es el concepto religioso que mayor adhesión provoca en la grey cristiana —incluida también la masa de protestantes no eruditos—, se le hizo necesaria teniendo en cuenta su manía propagandística, su deseo de captar ovejas para su rebaño, y el hecho de que los norteamericanos han sido siempre, en general, un pueblo muy devoto. De ahí que culmine sus conferencias con una declaración de principios que el mismo papa Francisco podría envidiar:

Podemos creer, por las pruebas que la experiencia religiosa nos ofrece, que existen poderes superiores y que actúan para salvar al mundo con arreglo a líneas ideales semejantes a las nuestras (conferencia octava, p. 188).

Pero es esta una cuestión personal, no corresponde imponer la fe a quien no la necesita o la considera inútil, lo mismo que no corresponde imponer el ateísmo a los creyentes. Aquí está el punto fuerte del pragmatismo, su tolerancia para con los que piensan distinto, su eclecticismo pluralista. Lamentablemente, un solo punto fuerte no alcanza para recuperar a una filosofía (o un método filosófico, como solía decir James) que ha caído, excepto en los Estados Unidos, en un saludable olvido.



[1] Lo mismo pensaba Nietzsche: el conocimiento humano cumple la función de mantenernos en la existencia, tiene un valor meramente utilitario. Posiblemente James haya bebido de esta fuente.
[2] John Dewey protesta con ardor contra esta interpretación del principio fundamental del pragmatismo: Un concepto de la verdad que hace de ella un simple instrumento de ambición y exaltación privada es tan repulsivo que causa asombro que haya críticos que han atribuido ese concepto a unos hombres en su sano juicio. En realidad, verdad como utilidad significa servicio para contribuir a la reorganización de la experiencia que la idea o teoría proclama que es capaz de realizar. No se mide la utilidad de una carretera por el grado en que se presta a los designios de un salteador de caminos. Se mide por cómo funciona en la realidad como tal carretera, como medio fácil y eficaz de transporte y de comunicación pública. Lo mismo ocurre con la aprovechabilidad de una idea o de una hipótesis como medida de su verdad" (La reconstrucción de la filosofía,  cap. VI, p. 169). No es el provecho individual el criterio de verdad de los pragmatistas, sino el provecho común, pero entonces la cosa se complica ya demasiado, porque ¿quién define lo que es el provecho común? ¿Común para quién? ¿Para la familia de Dewey, para el pueblo norteamericano, para el mundo en general? Porque está visto que lo que suelen hacer los norteamericanos cuando buscan un aumento en su vitalidad es precisamente desvitalizar al resto de los mortales, ¡no me venga Dewey a decir que sus intereses son comunitarios! Si son convenientes para los norteamericanos las guerras por motivos económicos que frecuentemente incentivan, no lo son para mí ni para la mayoría de los habitantes del planeta, de modo que su criterio de verdad sigue siendo harto precario y harto subjetivo. Ceñirse a los propios apetitos es más lógico cuando se equipara verdad con utilidad, porque cada uno conoce sus propios deseos y no puede equivocarse: esta es la verdad, porque a mí me sirve, y se acabó el problema. Pero Dewey quiere ajustar el criterio de verdad a un deseo generalizado, a un bienestar ecuménico, lo cual es imposible, porque todos deseamos cosas diferentes, todos nos vitalizamos de modos muy distintos, de manera que lo único repulsivo aquí es pretender hablar por todos, hacer creer que se busca el interés de todos, cuando lo que se busca es imponer un provincianismo filosófico cuyo imperativo es la acción a todo trance y la retribución, imperativo que por fortuna no ha cruzado la frontera del país que lo vio nacer y que pretendió exportarlo.
[3] ¿Será que James no tenía bien en claro la diferencia entre juicios analíticos y sintéticos? Transcribo desde la conferencia séptima, p. 166: "En una operación quirúrgica, oí una vez preguntar a un espectador a un médico por qué el paciente respiraba tan profundamente. «Porque el éter es un excitante respiratorio», contestó el doctor. [...] Pero esto es como decir [...] que tenemos cinco dedos porque somos pentadáctilos". No, no es lo mismo. La definición de "pentadáctilo" es "que tiene cinco dedos", luego es este un juicio analítico, porque el predicado del juicio está incluido en el sujeto; en el primer juicio, el predicado no está incluido en el sujeto, porque en la definición del éter no aparece que sea un excitante respiratorio, este dato lo agrega el médico por su cuenta, debido a que observó este fenómeno en todos los pacientes sometidos a este anestésico. Luego es este un juicio sintético a posteriori.
[4] Un cerebro programado con fines adaptativos o evolutivos propicia lo que doy en llamar "inteligencia utilitaria" o inteligencia a secas; un cerebro que anhela sobrepasar esa función de mera supervivencia propicia lo que doy en llamar "inteligencia trascendente" (ver entrada del 20/7/97).
[5]  (Nota añadida el 17/1/17.) Los padres de James eran calvinistas y lo educaron en esa fe, y todos sabemos lo que opinan los calvinistas consecuentes del libre albedrío. Pero James, hacia los veintiocho años de edad, logró dejar atrás el calvinismo, creencia que lo sumía en tal desesperación que algunas veces llegó a coquetear con el suicidio. En 1870, después de una crisis de fe, escribió en su diario: “Mi primer acto de libre albedrío será creer en el libre albedrío” (cf. el Cuaderno amarillo de Salvador Pániker, p. 300), y a partir de ahí su actitud hacia la vida se tornó mucho más optimista.

[6] En esta empresa tuvo James un inesperado aliado procedente de estas pampas: "El marqués de Laplace, hacia 1814, juega con el proyecto de cifrar en una sola fórmula matemática todos los hechos que componen un instante del mundo, para luego extraer de esa fórmula todo el porvenir y todo el pasado… James interviene; conjetura que el universo tiene un plan general, pero que la recta ejecución de ese plan queda a nuestro cargo. Nos propone así un mundo vivo, un mundo inacabado, cuyo destino incierto y precioso depende de nosotros [...]. Para un criterio estético, los universos de otras filosofías pueden ser superiores [...]; éticamente, es superior el de William James. Es el único, acaso, en el que los hombres tienen algo que hacer” (Jorge Borges, Textos recobrados (1931-1955)). Se pliega Borges a la idea —que en general yo también considero correcta— de que los pueblos fatalistas tienden a la inacción y los pueblos albedristas todo lo contrario; pero de ahí a decir que es éticamente superior la acción al pensamiento y a la contemplación hay un trecho muy grande. Jesús, por de pronto, que de ética sabía algo, opinaba todo lo contrario (cf. Lucas 10:38-42).