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sábado, 6 de octubre de 2018

Pessoa y el verso libre


Verso libre, verso libre,
líbrate mejor del verso
cuando te esclavice.
Antonio Machado
Para Pessoa,

el verso blanco, así llamado, es un vehículo extremadamente aburrido para escribir. [...] Pueden escribirse poemas perfectos en verso blanco, esto es, poemas que pueden ser leídos con interés y atención, y que satisfarán al lector; pero deben ser breves (EBI, § 65).

Breves o no breves, a mí los versos que carecen de ritmo y de rima bien definidos me producen sopor y aburrimiento[1].

4:42 a.m.
Burlándose de los poetas modernos, que no respetan regla ninguna cuando componen sus versos, escribe uno de los más jóvenes heterónimos de Pessoa, el doctor Pancracio:

En esta era del automóvil y del arte por el arte, no hay ninguna restricción a la longitud de la línea en poesía. Se pueden escribir líneas de dos, tres, cinco, diez, veinte, treinta sílabas o más que no tiene ninguna importancia; solo cuando las líneas de un poema contienen más que un cierto número de sílabas, esa composición es generalmente conocida por prosa. Esta dificultad de saber cuál es el número de sílabas que establece el límite entre poesía y prosa hace que sea modernamente imposible distinguir lo que es una y lo que es la otra. La distinción interna es, por supuesto, imposible. Después de algún estudio, descubrí que se puede considerar generalmente poesía cuando cada línea comienza con la letra mayúscula. Si el lector logra descubrir otra diferencia, estaría muy agradecido de que la diera a conocer (“Ensayo sobre poética”, AP 2663).

También nos ofrece Pancracio, en este mismo ensayo, su receta para escribir en verso libre:

Tome una hoja de papel, una pluma y un frasco de tinta. Escriba en lenguaje corriente (lo que técnicamente se llama prosa) lo que le apetezca decir o, mejor, si es usted capaz, lo que piense. Con la ayuda de una regla graduada, rasgue su borrador obteniendo líneas de diez centímetros o cuatro pulgadas de largo y tendrá un poema en versos blancos. Si hace falta, para redondear la medida, añada de vez en cuando algunos ¡ay!, ¡oh!, ¡ah! o, mejor aún, una breve invocación a las Musas. Esta es la receta moderna. Por supuesto que no sé directamente si este es el método que los poetas modernos utilizan. Pero al examinar sus poemas, descubrí que la evidencia interna es concluyente, apuntando siempre a tal método de composición.

11:57 A.M.
Pip, heterónimo Pessoano del cual surgiera posteriormente el doctor Pancracio, concibió en 1902 “Los ratones”, que puede considerarse como el primero, o uno de los primeros, poemas ecológicos:

Viviam sempre contentes,
No seu buraco mettidos,
Quatro ratinhos valentes,
Quatro ratos destemidos.

Despertaram certo dia
Com vontade de comer,
E logo á mercearia
Dirigiram‑se a correr.

O primeiro, o mais ladino,
A uma salsicha saltou,
E um bocado pequenino
D’essa salsicha papou.

Eu choro do rato a sina,
Que a tal salsicha matou,
Por causa da anilina
Com que alguem a colorou.

O segundo, coitadinho,
Á farinha se deitou,
E comeu um bocadinho;
Um bocadinho bastou.

Após comer a farinha
Teve elle a mesma sorte,
Pois o alumen que ella tinha
Conduziu‑o assim á morte.

O terceiro, p’ra seu mal,
Gotas de leite sorveu,
Mas o leite tinha cal;
Foi por isto que elle morreu.

O quarto, desconsolado,
A negra morte buscou,
E julgou tel‑a encontrado,
Quando veneno encontrou.

E sorvendo sublimado,
Enquanto este gastava,
(Agora invejo‑lhe o fado),
O feliz rato engordava.

É só cá n’este terreno,
Que caso assim é passado –
Até o proprio veneno
Já fôra falsificado!
(Extraído del libro 136 pessoas de Pessoa, de Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari)

Permítaseme traducir este poema al español, con su métrica y su rima:

Vivían siempre contentos,
en un buraco metidos,
cuatro ratoncitos fuertes,
valientes y decididos.

Despertaron cierto día
con voluntad de comer,
y al ver un supermercado
comenzaron a correr.

El primero, el más ladino,
a una salchicha saltó,
y un bocado pequeñito
de esa salchicha comió.

Yo lloro por su destino:
la salchicha lo mató
 por causa de la anilina
con que alguien la coloreó.

El segundo, más humilde,
en la harina se acostó
y comió solo un bocado;
solo un bocado bastó.

Después de comer la harina
corrió con la misma suerte:
el alumbre que tenía
lo condujo hacia la muerte.

El tercero, por desgracia,
gotas de leche sorbió.
La leche tenía cal,
fue por eso que murió.

El cuarto, desconsolado,
la negra muerte buscó,
y juzgó haberla encontrado
cuando veneno encontró.

Y sorbiendo y suponiendo
que con él se suicidaba,
ahora le envidio el destino:
el ratoncillo engordaba.

Es solo aquí en esta tierra
que un caso así ha pasado,
¡porque hasta el propio veneno
ya ha sido falsificado!

Será porque Pessoa tenía solo trece años cuando escribió este poema, pero creo que se lo mejoré.

11:54 P.M.
Los escritores, por lo general, tienen buena labia. Sería normal que quien se solaza creando frases escritas guste también de crearlas profusamente con la lengua. No era este, sin embargo, el caso de Pessoa. “Era una persona callada, la más silenciosa del grupo. Él era un auditivo”, dijo su amigo Almada Negreiros, y Fernando Da Costa confirma: “Conversábamos bastante, es decir, yo era el que hablaba, él estaba casi siempre callado” (citados en CF, p. 100). Da Costa agrega otro dato: “No tenía ninguna gracia”. Callado y sin gracia: mi propio nombre y mi propio apellido[2].


[1] La rima no es absolutamente indispensable, el ritmo sí. Según Antonio Colinas, “el lenguaje poético se distingue, sobre todo, del que no lo es —el poema verdadero del poema falso— por su ritmo. Esta es la condición imprescindible del verso, del microcosmo poético: a un verso lo podemos desproveer de su rima y medida, de su mensaje y de sus imágenes, pero no podemos quitarle su ritmo, su música. Y aquí es donde tenemos que desechar [...] todos aquellos versos «libres» que solo lo son en apariencia” (El sentido primero de la palabra poética, p. 140).
[2] Ángel Crespo discrepa. Según este biógrafo, Pessoa “tuvo fama de agudo, y en ocasiones inquietante, conversador” (Con Fernando Pessoa, p. 22).

lunes, 1 de octubre de 2018

Pessoa y la revolución interior


El 8 de abril de 1931, un rumor de revolución despierta en Bernardo Soares estas reflexiones:

Todo el día, en toda su desolación de nubes leves y tibias, ha sido ocupado por las informaciones de que había una revolución. Estas noticias, falsas o ciertas, me llenan siempre de un desaliento especial, mezcla de desdén y de náusea física. Me duele en la inteligencia que alguien crea que altera algo agitándose. La violencia, sea la que fuere, ha sido siempre para mí una forma desencajada de la estupidez humana. Además, todos los revolucionarios son estúpidos como, en menor grado, porque menos incómodo, lo son todos los reformadores.
Revolucionario o reformador, el error es el mismo. Impotente para dominar y reformar su propia actitud para con la vida, que es todo, o su propio ser, que es casi todo, el hombre huye hacia el querer modificar a los demás y al mundo exterior. Todo revolucionario, todo reformador es un evadido. Combatir es no ser capaz de combatirse. Reformar es no tener enmienda posible.
El hombre de sensibilidad justa y recta razón, si se encuentra preocupado con el mal y la injusticia del mundo, busca naturalmente enmendarla, primero, en aquello en que más cerca se manifiesta; y eso lo encontrará en su propio ser. Esa obra le llevará toda la vida (LDD, § 437).

¿Combatir las injusticias? Sí, pero únicamente las injusticias que yo mismo cometo. Las que cometen los demás no son de mi incumbencia y me alejan, si me las tomo a pecho, de mi real objetivo, que es enmendarme yo mismo. Allá se lo haya cada uno con su pecado.

domingo, 30 de septiembre de 2018

No mates ni destroces nada


Afirmaba Pessoa pertenecer a la Orden Templaria de Portugal, que parece que ya se había disuelto en los tiempos en que él vivió, pero eso poco le interesaba[1]. Enumeró incluso algunos mandamientos que la Orden les solicitaba sus discípulos, entre los que destaco el siguiente: “No mates ni destroces nada, porque como no sabes lo que es la vida, excepto que es un misterio, no sabes lo que haces matando o destrozando, ni qué fuerzas desencadenas sobre ti mismo si matas o destrozas” (AP 189). Yo trato de no matar ni destrozar ni siquiera a los insectos no porque tema que alguna fuerza terrible se desencadene sobre mí como consecuencia de estas matanzas, sino porque siento, previamente a cualquier razonamiento sobre conveniencias, que matar insectos inofensivos es una iniquidad; porque me repugna la acción de asesinarlos. Claro que mi posición en este sentido es ambigua, ahora que vivo rodeado de naturaleza y que muchas veces debo elegir entre matar a las hormigas o permitir que se devoren mis plantas. Y a veces las mato, no voy a negarlo.
Existe la ética perfecta, pero es infinita; para practicarla al pie de la letra deberíamos ser también nosotros infinitos.

11:56 a.m.
Tres modos de sentir la vida y la grandeza que la vida contiene, tres temperamentos sublimados y una característica que los une:

El héroe, el santo y el genio tienen una cosa en común, aparte de muchos otros aspectos que comparten: que no son importantes para sí mismos, porque cada uno, en cuanto héroe, santo o genio, se encuentra por encima de sí mismo en cuanto hombre. Cuanto más grande es el héroe, mayor es el desdén por la vida o el placer de lo que siente que no es sino el ser casual que le fue impuesto al nacer. Cuanto más noble es el santo, mayor es el desprecio por la sustancia sombría de ese doloroso ser carnal que recibe desde el nacimiento. Cuanto más alto el genio, mayor la indiferencia hacia los accidentes de expresión, el aplauso, etcétera, esto es, hacia todo lo que, siendo visible, no es sino una enfermedad o una debilidad del alma (Fernando Pessoa, EGL, pp. 69-70).


[1] Se consideraba un “iniciado, por comunicación directa de Maestro a Discípulo, en los tres grados menores de la (aparentemente extinta) Orden Templaria de Portugal” (“Nota biográfica”, 30 de marzo de 1935, incluida en EEAA, p. 113). Sin embargo en otro artículo, muy cercano en tiempo al anterior, parece contradecirse: “No soy masón, ni pertenezco a ninguna otra Orden semejante o diferente” (“La masonería”, publicado originalmente el 4 de febrero de 1935 en el Diario de Lisboa, citado en Escritos sobre ocultismo y masonería, p. 26). Lo mismo en una carta a Casais Monteiro del 13/1/35: “No pertenezco a ninguna Orden Iniciática” (AP 3007).


sábado, 29 de septiembre de 2018

Pessoa y el estilo periodístico


Sé un periodista o sé un artista. Busca el éxito inmediato o la vida eterna.
Fernando Pessoa, Aforismos y afines

A pesar de admirar la literatura de Bernard Shaw y de Gilbert Chesterton[1], Pessoa encontraba en estos autores algo fatal para el aspirante a genio: el oportunismo del aquí y el ahora. En ambos, dice, el estilo de escritura es el mismo:

Consiste en anotar lo que uno piensa sin pensarlo. Esto mismo es el periodismo —en el periodismo porque no hay tiempo; aquí porque hay periodismo—. El deseo fatal de impresionar al público esta tarde, como si no hubiera humanidad, está en la base de esta falta de excelencia (EBI, § 44).

Es un desperdicio de creatividad el tener talento de escritor y escribir como periodista, porque “hay una escisión casi completa, si no completa, entre el periodismo y la superioridad intelectual” (AP 3616). Cuando estos autores no escriben para impresionar a los vecinos, cobran altura. Son escritores a los que el periodismo tienta con su frescosidad. Desbrozados sus artículos de este defecto pueden leerse con fruición, y hasta con asombro y admiración, por quienes no compartimos con ellos ni su época ni su lugar y por tanto ninguno de sus provincianos intereses.

3:34 a.m.
“Entre esos tipos y yo hay algo personal”, dice Pessoa refiriéndose a los periodistas. Tienen una misión muy importante, tan importante, en el siglo XX, como la que tiene la religión. “La religión y el periodismo son las únicas fuerzas verdaderas”. Pero esas fuerzas verdaderas, en el caso específico del periodismo, están mal direccionadas:

Cuando se dice que el periodismo es un sacerdocio, se dice bien, pero el sentido no es el que se atribuye a la frase. El periodismo es un sacerdocio porque tiene la influencia religiosa de un sacerdote; no es un sacerdocio en el sentido moral, pues no existe, ni puede haber moral en el periodismo, que sirve al momento que pasa, en el cual no cabe, ni puede caber, moralidad (“Argumento del periodista”, AP 4075).

Existen, por lo general, en toda sociedad personas cultas y personas medio cultas. Las personas cultas son las que leen libros de alto vuelo; las medio cultas son las que leen principalmente periódicos. Sin embargo, cuando los periódicos que predominan en una sociedad son de muy baja estofa, las personas que los leen ya dejan de ser medio cultas y pasan a engrosar las filas de los ignorantes. Es el caso, según Pessoa, de su país en aquel tiempo:

Hay notables temperamentos críticos [en Portugal], pero nunca escriben en periódicos y a veces sería más justo decir que no escriben en absoluto. Hay mucha gente culta en Portugal, pero no hay medio cultos. La cultura en Portugal es de individuos, no de grupos, y esos individuos viven casi separados, a veces incluso separados de sí mismos (Carta a Rogelio Buendìa del 15/9/1923, AP 3616).


¿Serán estos los desahogos de un resentido que siempre quiso publicar artículos en los periódicos lisboetas y que las veces en que pudo hacerlo por lo general no salió bien parado? Es probable. Schopenhauer habló pestes del profesorado universitario, pero antes de hablar había intentado ser profesor. Pessoa siempre quiso ser la voz de su tiempo y de su país, al menos en lo relacionado a la cultura poética, y para lograr esto le era necesario escribir en periódicos y revistas. Lo logró a medias, y sus colaboraciones para la prensa le dejaron un sabor agridulce. Con todo, sus palabras, eso de que la cultura en Portugal es de individuos y no de grupos, siguen siendo correctas trasladadas a otras geografías y a la época presente.


[1] Muy pronto se olvida de esta admiración: “Dejé de interesarme por personas que son apenas inteligentes —Wells, Chesterton, Shaw” (AP 2809).

viernes, 28 de septiembre de 2018

El amante visual


Platón pretendía que el filósofo fuese un amante de almas y no de cuerpos; Bernardo Soares va más allá: ni almas ni cuerpos, simplemente imágenes:

Tengo del amor profundo y de su uso provechoso un concepto superficial y decorativo. Estoy sujeto a pasiones visuales. [...]
No me acuerdo de haber amado sino el «cuadro» de alguien, lo puro exterior —en que el alma no entra más que para hacer ese exterior animado y vivo y, así, diferente de los cuadros que hacen los pintores—.
Amo así: fijo, por bella, atrayente o, de otro modo cualquiera, amable, una figura de mujer o de hombre —donde no hay deseo no hay preferencia de sexo— y esa figura me obceca, me cautiva, se apodera de mí. Sin embargo, no quiero más que verla [...].
Amo con la mirada, y no con la fantasía. Porque nada fantaseo de esa figura que me cautiva. No me imagino unido a ella de otra manera [...]. No me interesa saber qué es, qué hace, qué piensa la criatura que me da, para que lo vea, su aspecto exterior.
La inmensa serie de personas y de cosas que forma el mundo es para mí una galería interminable de cuadros, cuyo interior no me interesa. No me interesa porque el alma es monótona y siempre la misma en todo el mundo; diferentes apenas sus manifestaciones personales, y lo mejor de ella es lo que transborda hacia el sueño, hacia las maneras, hacia los gestos, y así entra en el cuadro que me cautiva [...].
Así vivo, en visión pura, el exterior animado de las cosas y de los seres, indiferente, como un dios de otro mundo, al contenido: espíritu de ellos. Profundizo el ser propio en su extensión, y cuando anhelo la profundidad, es en mí y en mi concepto de las cosas donde la busco (LDD, § 245, “El amante visual”).

Don Quijote amaba en Dulcinea no lo que Dulcinea era, sino lo que él soñaba que era. Por eso no necesitaba verla y sentirla para amarla, antes al contrario, hacía (inconscientemente) todo lo posible para no acercársele, porque el real espíritu de Dulcinea, si se le acercaba, le opacaría ese espíritu ideal que él le imaginaba. Tal vez esta manera de amar de los Quijotes y los Soares sea todavía más sublime que el amor platónico.

jueves, 27 de septiembre de 2018

El anticomunismo de Pessoa


En sus “Consejos a las mal casadas” (AP 3858), Bernardo Soares, con un espíritu curiosamente didáctico, explica a las mujeres cómo traicionar a sus maridos con la mente, una práctica que consistiría en imaginarse gozando con un hombre A cuando se está copulando con un hombre B. Yo solía utilizar este truco con Javier: él era mi hombre B, el A variaba de acuerdo a las circunstancias. Muchas veces el A no era un hombre sino una mujer, Florencia por ejemplo. Esta trampa tiene su encanto, pero la traición propiamente dicha es más placentera.

10:33 A.M.
Ha sido Pessoa un furibundo anticomunista:

El comunismo no es un sistema: es un dogmatismo sin sistema —el dogmatismo informe de la brutalidad y la disolución. Si lo que hay de basura moral y mental en todos los cerebros pudiera ser barrido y reunido, y con ella se formase una figura gigantesca, tal sería la figura del comunismo, enemigo supremo de la libertad y de la humanidad (AP 1706).

Si se refiere al comunismo político, podría estar en cierto sentido de acuerdo. Si se refiere al comunismo apostólico (“ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”; Hechos 4:32), discrepo completamente.

 

11:01 A.M.
En 1917 se producen en Europa dos acontecimientos históricamente importantes y aparentemente inconexos: la revolución rusa y la aparición de la Virgen de Fátima. Pessoa reúne estos dos acontecimientos a través de esta reflexión:

El odio a la ciencia, a las leyes naturales, es lo que caracteriza la mentalidad popular. El milagro es lo que el pueblo quiere, es lo que el pueblo comprende. Que lo haga Nuestra Señora de Lourdes o de Fátima, o que lo haga Lenin, solo en eso está la diferencia (AP 874). 

Los milagros de Lenin, ya se ha visto, quedaron en el olvido. Los de la Virgen de Fátima no sé, pero han sido tan impotentes como los de Lenin para mejorar la calidad de vida del pueblo. Si me dan a elegir yo prefiero, lo mismo que Pessoa, los milagros de la ciencia.

10:28 P.M.
No era Pessoa un buen gurmet. Comía de todo, no le hacía asco a nada, pero nunca se jactó de ser un dandi de la comida. La consigna de Álvaro de Campos era la siguiente: “Comamos, vivamos y amemos sin quedar prendidos sentimentalmente a la comida, a la bebida o al amor, pues eso traería después incomodidades” (AP 888). Pessoa se atuvo fielmente a este precepto en lo que hace a la comida y amor; por la bebida —en especial por el aguardiente— creo que sintió algún cariño.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Soy multitudes




Si no supiésemos de antemano que Álvaro de Campos no existe, que no existe Ricardo Reis ni Bernardo Soares ni Alberto Caeiro ni Alexander Search, no sospecharíamos que todas esas personas provienen de una sola persona.

Yo soy una antología.
Escribo tan diversamente
que, con poca o mucha valía,
de mis poemas nadie diría
que el poeta es uno solamente.
(AP 780).

127 heterónimos le cuenta Cavalcanti Filho; para Pizarro y Ferrari[1] son 136. Entre ellos hay africanos, alemanes, brasileños, franceses, ingleses y portugueses. Hay monárquicos y republicanos. Hay aristócratas, astrólogos, adivinos, filósofos, paganos, espíritus incorpóreos y periodistas; hay un clínico general, un psicólogo y psiquiatra, un geógrafo, un grafólogo, un descifrador, un emperador romano, un mandarín, un maharajá, un pachá, un alquimista, un brujo, un panfletario y especialista en capoeira, un contable, un cristiano nuevo, un reverendo, un sir… Personajes muy diversos que tienen, todos ellos, una sola cosa en común: ser, a los ojos del mundo, unos miserables fracasados. No existe entre ellos “un único gran hombre, un héroe eminente, un hombre de éxito o miembro de la nobleza, alguien que sea reconocido u honrado por sus conciudadanos” (CF, p. 439). Ni reconocidos ni honrados: el ejército de heterónimos corrió la misma suerte que le tocó (en vida) a su creador.


[1] Cf. 136 pessoas de Pessoa, de Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari.

martes, 25 de septiembre de 2018

Exprimir al genio


“El hombre de genio —dice Pessoa— es un simple depositario de su genio. Todo su esfuerzo debe dirigirse a utilizarlo, a prepararse para utilizarlo. Si no lo hace, cuentas graves rendirá, si no a Dios, seguramente a sí mismo en el futuro” (EGL, p. 369). Es un crimen de lesa cultura tener pasta de genio y desperdiciarla confeccionando lonas durante nueve horas al día.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Pessoa el incomprendido


La esencia del genio es la desadaptación al medio; es por esa razón que el genio [...] es generalmente incomprendido en su medio.

En una jornada lluviosa, el semiheterónimo de Pessoa se desahoga:

Pienso a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que ya no pertenezca yo, estas frases que escribo durasen con loor, tendré por fin gente que me «comprenda», los míos, la familia verdadera para en ella nacer y ser amado. Pero, lejos de ir a nacer en ella, habré muerto hace ya mucho. Seré comprendido sólo en efigie, cuando el afecto ya no compense a quien murió del desafecto que sólo tuvo cuando estaba vivo.
Un día tal vez comprendan que cumplí, como ningún otro, mi deber nato de intérprete de una parte de nuestro siglo; y cuando lo comprendan han de escribir que en mi época fui incomprendido, que desgraciadamente viví entre desafecciones y frialdades, y que es una pena que así me sucediese. Y el que escriba esto será, en la época en que lo escriba, incomprendedor, como los que me rodean, de mi análogo de este tiempo futuro. Porque los hombres solo aprenden de sus bisabuelos, que ya han muerto. Solo a los muertos sabemos enseñar las verdaderas reglas de vida (Bernardo Soares, LDD, § 181).

Fernando y Bernardo tienen la misma cantidad de letras, Pessoa y Soares también. Así de parecidos eran[1].
Pecaría de hipócrita si no dijese que me siento identificado con estas palabras. Sin embargo, yo no me siento incomprendido. ¿Cómo podrían comprenderme si no me leen? Escritor incomprendido es aquel al que la gente lee y no entiende o entiende mal, yo soy simplemente un escritor desconocido. Pero es una verdad soberana aquella de que la fama póstuma es la verdadera fama, que la fama en vida suele ser de dudosa ralea. El escritor desconocido en su época vive entre desafecciones y frialdades, pero yo no creo que esto sea una pena. Los afectos y las calideces que no obtiene de su público tendrá que buscarlos en otra parte, en los amigos, en la familia, en la pareja. El hecho de ser desconocido masivamente no es una excusa para la depresión y la tristeza. Además, como decía Einstein (un famoso en vida que habría dado todo por pasar desapercibido entre sus congéneres), el tiempo es una ilusión, y yo puedo sentir el afecto y la calidez futura de quienes, cuando ya esté yo bien muerto y sepultado, se deleiten tristemente leyendo este diario.


[1] En carta dirigida a Casais Monteiro en 1935, Pessoa explica su relación de semiidentidad con Bernardo Soares: “Es un semiheterónimo porque, no siendo su personalidad la mía, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad” (AP 3007). Antes, en 1932, desde una carta a João Gaspar Simões aclaraba Pessoa que Bernardo Soares “no es un heterónimo, sino una personalidad literaria” (AP 1087).


domingo, 23 de septiembre de 2018

Hacer el bien a escondidas


¿Cuántos soy?
Bernardo Soares, Libro del desasosiego

Jorge Borges, El Hacedor

Lo contrario de no ser nada ni nadie no es ser alguien, hacer de sí mismo el más irreemplazable de los seres, sino ser muchos, mucho, todo el mundo.
Robert Bréchon, Extraño extranjero

Jorge Borges, nuestro mayor escritor, le escribe, un año antes de morir (2/1/1985), una carta simbólica al mayor escritor portugués:

La sangre de los Borges de Moncorvo y de los Acevedo (o Azevedo) sin geografía puede ayudarme a comprenderte, Pessoa. Nada te costó renunciar a las escuelas y sus dogmas, a las vanidosas figuras de la retórica y al trabajoso empeño de representar a un país, a una clase o a un tiempo. Acaso no pensaste nunca en tu sitio en la historia de la literatura. Tengo la certidumbre de que te asombran estos homenajes sonoros, de que te asombran y de que los agradeces, sonriente. Eres ahora el poeta de Portugal. Alguien, inevitablemente, pronunciará el nombre de Camões. No faltarán las fechas, caras a toda celebración. Escribiste para ti, no para la fama. Juntos, hemos compartido tus versos; déjame ser tu amigo (citado en POT, pos. 7730).

Creo que Borges se equivoca: Pessoa no escribía para él mismo sino para la fama. Para la fama póstuma.
Treinta años antes de escribir esta carta, su amigo Bioy Casares le preguntó: “¿Quiénes son los escritores que morirían si no escribieran sus libros?”. Borges desestimó a varios pesos pesados: a Wilde (“escribía para el show off”), a Wells y a Chesterton (“no diría que obedecían a una necesidad, sí que escribían divirtiéndose”). Bioy le propone a Conrad y a Cervantes, pero no les permite el ingreso a ese selecto grupo. El único escritor que cumple este requisito a los ojos de Borges, es Kafka (cf. Adolfo Bioy Casares, Borges, p. 1040). Buen ejemplo, pero se olvidó de uno que habría muerto, si le retiraran la pluma, mucho antes que el checo, y con mayores muestras de infortunio. Se olvidó de Fernando Pessoa[1].

7:13 P.M.
Escribe Pessoa en 1915:

Se dice que los herméticos de la Rosa-Cruz, secta esotérica y mágica, descubrieron, desde el inicio de los tiempos, el secreto de la vida eterna, el elixir de la vida; que, nunca muriendo, pasan de época en época, a través de los ciclos y de las civilizaciones, desapercibidos, ningunos y, con todo, por la grandeza de la cosa trascendental que crearon, mayores que todos los genios de la evidencia humana. De su secta es el precepto, que cumplen, de no darse nunca a conocer. Su presencia eterna, que vive al margen de nuestra trascendencia, vive también fuera de nuestra pequeñez.
Se me van los ojos del alma en esas figuras supuestas— ¿y quién sabe hasta qué punto reales?— que, verdaderamente, realizan el supremo destino del hombre: el máximo poder en lo mínimo de la exhibición; el mínimo de exhibición por cierto, por tener el máximo del poder. El sentido de sus vidas es divino y lejano. Me place creer que ellos existan para que pueda pensar noblemente de la humanidad (AP 2026).

Cualquiera que posea el máximo de poder procurará, necesitará, implorará un mínimo de exhibición. Hace poco cité a Alberto Caeiro:

No creo en Dios porque nunca lo vi.
Si Él quisiera que yo creyera en Él,
Sin duda que vendría a hablar conmigo
Y entraría adentro por mi puerta
Diciéndome, ¡Aquí estoy!

Dios nunca se le presentaría porque, poseyendo el máximo poder, necesita el mínimo de exhibición. Si Dios se presentase ante todo el mundo a cada momento sería un dios exhibicionista, es decir, no sería Dios. Pessoa contradice a Caeiro. ¿Quién lleva la razón? En este caso, creo que Pessoa.
Esto vale también para los humanos, para los humanos que quieren acercarse a Dios, que quieren imitarlo. Los rosacruces, haciendo gala de una gran sabiduría, mantenían su identidad en la total penumbra. Intentemos también nosotros hacer el bien a escondidas, sin que nadie nos descubra. Y en lo que concierne a los escritores, escribamos, sí, porque si no escribimos no somos escritores, y procuremos que nuestro mensaje se difunda, pero siempre agazapados, encogidos, escondidos detrás de algo, de una pared o de un seudónimo. Exhibamos nuestro mensaje y ocultemos nuestro espíritu. Tiremos la piedra y escondamos la mano. Seamos un poco rosacruces y un poco dioses.


[1] Octavio Paz coincide conmigo: “Como todos los grandes perezosos se pasa la vida haciendo catálogos de obras que nunca escribirá; y según les ocurre también a los abúlicos, cuando son apasionados e imaginativos, para no estallar, para no volverse loco, casi a hurtadillas, al margen de sus grandes proyectos, todos los días escribe un poema, un artículo, una reflexión. Dispersión y tensión. Todo marcado por una misma señal: esos textos fueron escritos por necesidad. Y esto, la fatalidad, es lo que distingue a un escritor auténtico de uno que simplemente tiene talento” (“Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo”, artículo disponible en internet). Y en relación a Borges y su no inclusión de Pessoa en la lista que le propone Bioy Casares, digamos que el mayor escritor argentino desconocía casi toda la obra del portugués en aquel entonces. Borges descubre a Pessoa recién en 1960, en ocasión de un artículo que redacta junto a su amiga Alicia Jurado sobre la literatura portuguesa del siglo XX.