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miércoles, 15 de abril de 2020

Nietzsche y el placer de torturar


Hitler apeló a lo inconsciente que había en su público, al insinuar que era capaz de forjar un poder en cuyo nombre cesaría la opresión que pesaba sobre la naturaleza oprimida. La persuasión racional jamás puede ser tan eficaz, puesto que no se adecua a los impulsos primitivos reprimidos de un pueblo superficialmente civilizado.
Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental [p. 129]

El Marqués de Sade hizo escuela y Nietzsche fue su mejor alumno:

La sympathia malevolens [simpatía malévola] es una propiedad normal del hombre: ¡y, por tanto, algo a lo que la conciencia dice sí de todo corazón! [...] Yo he apuntado, con dedo cauteloso, hacia la espiritualización y «divinización» siempre crecientes de la crueldad, que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas en un importante sentido incluso la constituyen). [...] Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía. Esta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano —demasiado humano—, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre (La genealogía de la moral, II, 6).

Jean Améry, un sobreviviente de los campos de exterminio nazis que fue prolijamente torturado en esas bacanales de la crueldad que presagiaba y aguardaba Nietzsche con entusiasmo, con erótico frenesí, le responde a este incitador de infiernos, para que quede claro que la “fiesta” no era completa:

Así habló quien soñaba con la síntesis del bárbaro y del superhombre. Deben darle replica aquellos que fueron testigos de la fusión del monstruo y del subhombre; estaban presentes en forma de víctimas, cuando una cierta humanidad realizó la crueldad en la alegría festiva, como Nietzsche mismo había expresado (Más allá de la culpa y la expiación, p. 147).

Solo puede ser nietzscheano quien no ha leído a Nietzsche o quien comparta con Nietzsche y con el verdugo ese placer que experimenta la gente deforme al torturar a un semejante. No hay manera de racionalizar esto, no hay manera. Hay que estar demente para aprobar la tortura, para hacerle propaganda, y hay que ser un pensador muy mediocre para admirar la filosofía de alguien que reivindica estos procedimientos.

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