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viernes, 12 de octubre de 2018

Pessoa el nómade


El marinero de corazón oscuro sabe
que hay hogares felices porque no son suyos.
Fernando Pessoa, “Desolation”

A pesar de que casi nunca salió de Lisboa, gustaba Pessoa del nomadismo:

Entre 1905 y 1920, el momento del asentamiento definitivo en la casa de la rua Coelho de Rocha, el poeta cambió de domicilio quince o veinte veces. En la larga lista de viviendas que habitó se contaban, por lo demás, casas enteras y cuartos alquilados. [...] No sabemos a ciencia cierta, por lo demás, por qué el poeta cambió de vivienda al ritmo de una vez por año. Zenith sugiere al respecto que en el fondo le debía complacer (CT, p. 85).

El lugar más incómodo que tuvo como vivienda fue el que ocupó entre enero de 1915 y finales de 1916. En ese entonces lo encontramos

instalado en el lúgubre sótano de una lechería, [...] durmiendo de prestado, gracias a la veneración de un hombre iletrado que acostumbraba asistir a la tertulia de la Brasileira devorando las palabras del poeta, con los ojos extasiados, como si estuviera oyendo a un dios del Olimpo. [...] El sótano [...] medía más de dos metros de ancho por dos y medio o tres de largo, y donde apenas cabía un catre, el catre donde el pobre poeta pasaba sus noches (JGS, pp. 238-9)[1].

Luego pasó por otros tres o cuatro lugares hasta que por fin, en 1920, su madre, viuda por segunda vez y muy enferma, regresó a Lisboa proveniente de Sudáfrica y Pessoa se mudó con ella, viviendo en la casa alquilada por Teca, una de sus medio hermanas, en un pequeño cuarto, hasta el final de su vida.
Ángel Crespo especula que tanto cambio de domicilio se debía, en parte, a que no quería ser molestado por los amigos y conocidos que ya sabían su dirección (cf. sus Estudios sobre Pessoa, p. 10). Más allá de la anhelada privacidad y de las razones económicas que en algunos momentos lo obligaron a mudarse, instalarse definitivamente no lo convencía. Tenía espíritu de bohemio y de gitano.

11:58 p.m.
El cuarto que ocupó Pessoa en su última casa, la de la rua Coelho da Rocha, era “pequeño, oscuro, caliente. Deprimente, según su testimonio. Y sin ninguna ventana” (CF, p. 313). Alberto Caeiro, premonitoriamente, escribe en 1914: “Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas” (El guardador de rebaños, XLIV). En ese cuartucho escribió durante sus últimos quince años. La escritura, en los auténticos escritores, se abre paso ante cualquier adversidad. Una vida desértica que sin embargo, en ese desierto, engendra flores.


[1] Según Eduardo Freitas da Costa, no vivió en este sótano dos años, sino un mes y medio, y ese lugar no habría sido tan pequeño e incómodo como lo pinta Simões (cf. CT, p. 110). Cavalcanti Filho tampoco le cree al primer biógrafo (cf. CF, p. 481).


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