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domingo, 7 de octubre de 2018

Pessoa y Crowley


Para ser cadáver sólo me faltaba morir.
Fernando Pessoa, “Lo que hizo un millonario norteamericano en Portugal”

Pessoa odiaba los espejos, seguramente porque lo que veía no le agradaba. Dice Bernardo Soares:

El hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible que hay. La naturaleza le ha concedido el don de no poder verla, así como el de no poder mirar a sus propios ojos.
Sólo en el agua de los ríos y de los lagos podía mirar su rostro. Y la postura, incluso, que tenía que adoptar era simbólica. Tenía que inclinarse, que rebajarse para cometer la ignominia de verse.
El creador del espejo envenenó al alma humana (LDD, § 420).

“Cuando era niño me besaba en los espejos” (AP 4166). Después creció y dejó de considerarse, con justa razón, una persona atractiva. Su cuerpo

es débil como el del padre, desacompasado, el mismo color sin sol, el mismo pecho chato de tuberculoso. [...] Era pálido, delgado y parecía poco desarrollado físicamente. Encorvado con el pecho encogido, tenía una manera de andar especial [...] con pasos desordenados y balanceando los brazos fláccidos (CF, p. 101).

Tenemos también el testimonio de Taborda de Vasconcelos:

Flacucho, de piernas delgadas, tórax retraído, cabeza alargada con grandes entradas, enjuto de carnes, sobrio de palabras, ensimismado y distante, tenía un aire esfíngico, en su conjunto, pues, el tipo perfecto de asténico propiamente dicho (Antropografia de Fernando Pessoa, citado en ibíd., pp. 102-3).

No era fácil sostener su narcisismo infantil dentro de tal envase, por lo que dejó de besarse a sí mismo y comenzó a sospecharse feo[1].
He aquí una diferencia sustancial entre Pessoa y quien esto escribe: mi narcisismo, lejos de disminuir, continúa viento en popa. Yo sigo deteniéndome una y otra vez ante los espejos. Aún me veo hermoso, sobre todo en épocas primaverales y estivales[2].

11:55 P.M.
Ya hemos visto que Pessoa consideraba a la magia y a la brujería como caminos “extremadamente peligrosos”. Sin embargo en 1930 se carteó con un diz que brujo, el inglés Aleister Crowley, y como resultado de aquellas cartas terminó “La Gran Bestia” —ese era su apodo— invitándose a Portugal y exigiéndole a Pessoa que oficiara de anfitrión. Este Crowley era un personaje tan perverso que

aún niño, [...] escupía en el agua bendita y martirizaba a las moscas para desafiar a Dios. En Oriente, consta que mató a un indígena para beber su sangre y sentir el placer del gusto hasta entonces desconocido. Era dado a los excesos sexuales y el alcohol. A partir de 1919, también a las drogas (cocaína, heroína, mescalina). Inició en el vicio a amigos como Aldous Huxley [...]. Crowley llegó a ser considerado por los periódicos británicos como el peor hombre de Inglaterra (CF, p. 560).

Llegó a Lisboa el 1º de septiembre de 1930, acompañado por su asistente y amante, Hanni Larissa Jaeger, una alemana de diecinueve años de la que Pessoa quedó completamente prendado[3]. Se quedó en esa ciudad por lo menos hasta el 25, fecha en que desaparece, comenzando ahí el engaño, del cual probablemente Pessoa formó parte, que consistió en hacer correr la voz, y preparar el terreno con algunas falsas pistas, para que la prensa supusiera que Crowley se había suicidado. Algunos dicen que se valió de esta triquiñuela para evitar pagar la cuenta de los hoteles en que se había hospedado y para evadir por algún tiempo a los acreedores que lo perseguían porque su editorial se había arruinado; otros conjeturan que quiso simular el suicidio solamente para preocupar a su amante. Lo cierto es que el suceso cobró tal magnitud que hasta llegaron dos agentes de la policía inglesa para investigarlo. Pessoa se lo tomó con humor: “El maestro Therion desapareció, sin que sepamos si se suicidó (como al principio yo mismo creí), o si simplemente se escondió, o si fue asesinado”; “Crowley, después de suicidarse, pasó a residir en Alemania” (cartas a João Gaspar Simões del 6/12/1930 y 5/10/1931, AP 3390 y 1049). Más tarde Crowley

volvería a Inglaterra, donde ya escuálido, con la cabeza rapada y una barbucha blanca, sobrevive con enormes sacrificios: hace horóscopos, vende píldoras de un elixir de vida, confeccionadas con su propio semen, y elabora un Thoth tarot, [...] que aún hoy es utilizado frecuentemente en Europa. Los últimos años los pasa en su tierra natal, Hastings, pobre y casi sin amigos (CF, p. 566).

Si fue este supuesto suicidio una puesta en escena de la que Pessoa participó, hay que decir que le salió bien, que (al menos por una vez en la vida) el poeta se divirtió y que, de yapa, le permitió soñar con esa niña alemana que lo dejó con la libido en las nubes. Los brujos no son de fiar, pero en este caso —tal vez porque Crowley no era en realidad un brujo sino tan solo un sujeto muy extraño— Pessoa salió indemne del encuentro y con una sonrisa en sus labios.


[1] No era narcisista pero era vanidoso. Compraba sus zapatos y sus camisas en las tiendas más exclusivas y se hacía la ropa en la sastrería más cara de Lisboa. Era muy miope, pero para que sus ojos no parecieran tan pequeños a través de los lentes utilizaba una graduación inferior a la que necesitaba para ver correctamente (cf. CF, p. 128).
[2] Jorge Borges, parecido a Pessoa en eso de conjugar la poesía con la filosofía, también compartía con el portugués su aversión hacia los espejos: [...] Hoy, al cabo de tantos y perplejos / años de errar bajo la varia luna, / me pregunto qué azar de la fortuna / hizo que yo temiera los espejos. [...] Dios ha creado las noches que se arman / de sueños y las formas del espejo / para que el hombre sienta que es reflejo / y vanidad. Por eso nos alarman (Obra poética, “Los espejos”).
[3] El 7 de septiembre almuerza Pessoa con ellos, y queda tan maravillado con Hanni que tres días después escribe un poema cuya última estrofa dice: Apetece como un barco,/tiene de capullo un qué./Dios mío, ¿cuándo me embarco?/Hambre, ¿cuándo comeré? (AP 130).

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